En Colombia hay liderazgos que se construyen en silencio y otros que nacen desde la controversia. Abelardo De la Espriella pertenece a esta última categoría: un liderazgo que no pasa desapercibido, que divide opiniones y que, justamente por eso, moviliza.
Su fuerza no radica en su visibilidad mediática, ni en su trayectoria jurídica. Está en algo que hoy escasea en la política: la claridad. Mientras muchos candidatos intentan agradar a todos, Abelardo ha optado, por lo contrario: decir lo que piensa y asumir los costos.
Si algo lo caracteriza es la noción de autoridad. No una autoridad abstracta, sino una asociada al orden, a la disciplina institucional y a la idea de que el Estado debe recuperar presencia en territorios donde hoy parece ausente.
En un país golpeado por la inseguridad, el irrespeto por la ley y la sensación de impunidad, ese discurso encuentra eco. No porque prometa milagros, sino porque conecta con una necesidad real, creer que el Estado puede volver a ejercer autoridad.
Si Abelardo De la Espriella llegara a la Presidencia, hay escenarios que vale la pena considerar. Primero, una narrativa fuerte de autoridad institucional. Colombia necesita recuperar confianza en sus instituciones. Segundo, una política criminal más clara. Su formación jurídica podría traducirse en propuestas más estructuradas para enfrentar el delito y fortalecer el sistema. No comparto la idea de que la solución esté en más cárceles o en medidas como la cadena perpetua, pero sí creo que es necesario recuperar la autoridad del Estado sin renunciar a las garantías. Tercero, un liderazgo sin ambigüedades. En momentos de incertidumbre, la claridad, incluso para quienes discrepan, genera cierta estabilidad.
Si un eventual gobierno suyo logra equilibrar firmeza con institucionalidad, podría surgir un país con mayor sensación de orden. Pero si esa fuerza se transforma en rigidez, el riesgo sería polarizar aún más la sociedad.
Pero el verdadero reto no sería llegar al poder, sino gobernar. Porque la fuerza retórica y la fuerza política no siempre son la misma cosa. Gobernar exige construir consensos y entender que el poder no se ejerce solo desde la voluntad, sino desde la institucionalidad. La prueba será demostrar que la firmeza puede coexistir con la prudencia y que la autoridad no excluye el respeto por la diversidad democrática.
Por eso, más que preguntarse si Abelardo puede llegar a la Presidencia, la verdadera pregunta es otra: ¿Puede convertir su fuerza personal en fortaleza institucional? En política, el liderazgo individual es el punto de partida. La verdadera grandeza está en convertirlo en un proyecto de país.
@CancinoAbog


