Durante décadas, Venezuela fue para Colombia más que un vecino: fue nuestro mercado natural. Cercano, grande, y lógico para una parte importante de nuestra producción agrícola. Antes de la crisis política, Venezuela llegó a ser uno de los principales destinos de las exportaciones colombianas de alimentos. Cuando esa puerta se cerró, miles de productores colombianos perdieron uno de sus mercados más dinámicos sin tener buenas alternativas. Hoy, con el restablecimiento de las relaciones comerciales, esa oportunidad vuelve a abrirse: Colombia no puede desperdiciarla.

Desde la reapertura fronteriza, el comercio bilateral ha empezado a recuperarse, en 2025 las ventas superaron los 875 millones de dólares, 10 % superior frente al año anterior. Sin embargo, estos resultados están lejos de los niveles históricos alcanzados en la década de 2000, cuando el intercambio comercial entre ambos países superó los 7.000 millones de dólares anuales. En este contexto, el sector agropecuario colombiano se constituye como un eje estratégico para profundizar el comercio bilateral.

La razón del interés por Venezuela es simple: el país necesita alimentos, y su aparato productivo agrícola sufrió un fuerte deterioró durante años recientes. Mientras tanto, Colombia ha desarrollado una oferta agrícola diversificada y competitiva: desde pollo, huevos y lácteos hasta arroz, aceite, frutas, confitería y alimentos procesados. Muchos de estos productos ya están regresando al mercado venezolano vía ventas locales en municipios fronterizos, y el comercio formal sigue expandiéndose.

La geografía también juega a nuestro favor: Venezuela no es un mercado distante como Asia o Europa, sino que está a pocas horas por carretera. Más del 80 % del comercio binacional fluye por los pasos fronterizos de Norte de Santander y La Guajira, lo que reduce considerablemente los costos logísticos frente a otros destinos internacionales. Esto es crucial para el sector agropecuario, donde el volumen y la rapidez de los envíos son clave para la competitividad.

Los mercados agrícolas funcionan con escala: cuanto más puede vender un productor, más puede invertir, modernizarse y generar empleo rural. En otras palabras, el acceso al mercado venezolano puede convertirse en uno de los motores más rápidos para dinamizar la economía agrícola colombiana. Pero aprovechar esta oportunidad exige una estrategia clara y coordinada.

Colombia debe fortalecer la infraestructura logística fronteriza: puentes, aduanas, controles sanitarios y transporte deben operar con eficiencia para facilitar el comercio legal y reducir el contrabando. Es fundamental también crear un sistema financiero binacional que permita pagos seguros entre empresas, pues durante años la ausencia de mecanismos bancarios formales incentivó el comercio informal.

Se deben establecer acuerdos sanitarios y fitosanitarios ágiles para que los productos agrícolas colombianos puedan entrar sin trabas burocráticas. El Gobierno y el sector privado deben trabajar de la mano para consolidar cadenas agroindustriales orientadas al mercado venezolano, incluyendo alimentos procesados, proteínas animales y productos de valor agregado.

Colombia no puede repetir los errores del pasado. La relación con Venezuela nunca será fácil ni predecible, pero ignorar ese mercado sería un error estratégico. A veces el crecimiento económico no está en lugares lejanos, sino al otro lado de la frontera. En el caso del agro colombiano, ese futuro puede volver a llamarse Venezuela.

X: @SimonGaviria