La democracia es el pilar del Estado social de derecho. Sobre ella descansa la posibilidad de construir una sociedad donde las decisiones colectivas se tomen a partir de la voluntad de los ciudadanos. Así, la libertad de elegir y ser elegido no solo es un derecho fundamental, sino también un deber que compromete a todos los miembros de la comunidad.

Sin embargo, uno de los mayores enemigos de la democracia es la abstención. Quienes deciden no participar en las elecciones, aunque ejercen una decisión personal, terminan debilitando el sistema democrático. La indiferencia frente a los procesos electorales y el incumplimiento de las obligaciones cívicas afectan la legitimidad de las instituciones. El abstencionismo puede ser una opción individual, pero difícilmente puede considerarse la correcta cuando lo que está en juego es el rumbo de un país.

Con el voto se construye el futuro. Cada ciudadano, sin importar su ideología o su orientación política, tiene en sus manos una herramienta poderosa para influir en el destino de la nación. Sin embargo, el ejercicio democrático no termina al marcar el tarjetón. La elección de quienes ocuparán el Senado y la Cámara de Representantes no debe entenderse como un acto aislado, seguido de indiferencia o desinterés.

Por el contrario, la participación ciudadana debe continuar después de las elecciones. Hacer seguimiento a los programas de gobierno, observar el comportamiento de los congresistas, revisar los proyectos de ley que presentan y evaluar su compromiso con el bienestar colectivo es una tarea igualmente importante.

La democracia no se limita a votar; también exige vigilancia, control y compromiso permanente.

Delegamos en nuestros representantes la función legislativa del país con la expectativa de que trabajen en beneficio de la sociedad y con prevalencia del interés general. En el fondo, todos queremos lo mismo: mejores servicios públicos, oportunidades de desarrollo y condiciones dignas de vida. Pero esos objetivos no se logran únicamente con deseos; requieren participación, responsabilidad y exigencia ciudadana.

Existe un viejo principio que afirma que el pueblo es quien elige y que la voz del pueblo es la voz de Dios: Si el Congreso proviene directamente de la voluntad popular, el pueblo tiene el derecho y el deber de exigir resultados.

Ya hicimos la tarea de elegir a nuestros representantes al Senado y a la Cámara. Ahora corresponde ejercer el deber cívico de hacer control político desde la ciudadanía. Es momento de exigir que cumplan con su trabajo: que asistan a las sesiones, que estudien los problemas del país, que presenten proyectos que beneficien a la sociedad y que legislen pensando en el progreso y en las necesidades reales de sus regiones.

El Congreso debe ser un escenario para construir país, no un espacio para negociar influencias ni para favorecer intereses particulares. Quienes hoy ocupan una curul deben recordar que su legitimidad nace del voto ciudadano y que su responsabilidad es responderle al pueblo que los eligió. Solo así la democracia podrá fortalecerse y el nuevo Congreso estará verdaderamente a la altura del mandato popular.

@oscarborjasant