Festina lente, significa en latín apresúrate despacio. Augusto, emperador, la adoptó como principio de gobierno del imperio romano: equilibrio entre eficiencia y calma. Fomenta la toma de decisiones analíticas en vez de la impulsividad. La premisa estratégica de la esencia romana fomentaba avanzar con determinación, pero sin destruir los cimientos que sostienen el orden. Evitaban así, que la prisa destruyera lo que no estaba listo para ser reemplazado.
El debate climático se polariza entre urgencia ambiental y realismo económico. Varios países, sin coyundas frente al dilema, han optado por garantizar energía suficiente, barata y confiable, sin negar la transición. EE. UU. ha ratificado su intención de fortalecer la producción doméstica de energía, incluso con carbón. No menciona términos climáticos, pero sí económicos: primero seguridad energética, empleo y competitividad, ya que la transición no será a costa de un aparato productivo que demanda suministro confiable, por supervivencia, no por ideología. En Latam, Argentina proyecta extraer, vía fracking, hasta la última gota de petróleo no convencional del enorme yacimiento Vaca Muerta, base ya de una nueva era dorada. En México el fondo es parecido. Prepara esquemas de inversión público-privada, que abrirían la puerta al fracking para desarrollar gas no convencional. Su perspectiva es la soberanía energética: reducir dependencia del gas importado, blindar la industria y evitar vulnerabilidad. Ninguno niega la transición, pero todos la respaldan con producción propia mientras las renovables alcanzan firmeza y escala. Evitando así desmantelar su base energética sin tener una alternativa estable. En contraste, Colombia ha desplegado una estrategia de restricción a nuevos contratos de exploración y rechazo fóbico al fracking. Discurso coherente con una apuesta ambiental, pero la solidez energética no responde a discursos, sino a oferta y demanda. ¿El resultado? crítico: reservas de gas decrecientes y mayor dependencia de importaciones de gas costoso. Importarlo no es un pecado económico, pero no es sensato hacerlo si aún existe potencial doméstico. Implica salida de divisas, exposición a volatilidad externa, incrementos en facturas de hogares, industrias y generación eléctrica, inflación y pérdida de competitividad. Este modelo de transición, sin respaldo, afecta a quienes dice proteger. Una economía emergente no puede debilitar su seguridad energética sin consolidar, ex ante, fuentes alternativas firmes. EE. UU. prioriza seguridad, México y Argentina soberanía, Colombia escoge una renuncia anticipada.
En un mundo de tensiones geopolíticas, guerras energéticas y precios volátiles, la autonomía energética no es un lujo, es un seguro y debe primar sobre la transición. El negacionismo fósil y el idealismo ambiental se compensan en un punto medio: producir energía responsablemente mientras se construye futuro verde. Transición sin energía no es transición: es vulnerabilidad. ¡Festina lente!
@achille1964








