Estos días leí sobre un estudio que calculaba cuánto se necesita para vivir en Bogotá en 2026. Una persona sola necesita dos millones, y una familia ocho millones. Eso sin contar arriendo que es aproximadamente un 40% adicional en ambos casos. Y más allá de las cifras, conecté enseguida con un dolor que vengo escuchando hace tiempo: la plata no alcanza para llegar a final de mes.
Lo dicen quienes salen todos los días a ganarse la vida, formales e informales por igual. En Colombia el panorama es aún más complejo: cerca del 56 % del empleo es informal. Es decir, más de la mitad del país vive sin ingreso fijo y depende de lo que logre conseguir ese día. Con salario o viviendo del rebusque, la realidad termina siendo la misma: la estabilidad mínima sobre la cual construir un proyecto de vida se siente cada vez más lejana.
Basta con mirar lo cotidiano: la pareja que cada año ve como les sube el arriendo y entiende que su salario no creció al mismo ritmo. Que también destina buena parte de su ingreso en pasajes y pierde dos horas diarias en trayectos largos. Ese mismo hogar que cambia de marcas en el mercado o fía en la tienda porque la inflación de los alimentos sigue aumentando. Es un problema estructural: los costos de vivienda, transporte, alimentos y servicios públicos crecen más rápido que los ingresos. El presupuesto no alcanza.
Subir el salario puede aliviar, pero si esos costos siguen escalando, el alivio dura poco. Por eso el debate no puede limitarse a cuánto sube el salario. Tiene que enfocarse en cómo reducimos los gastos que se comen el sueldo. Ese es un rol principal del Estado: dar las condiciones a sus ciudadanos para que sea más fácil lograr esa tranquilidad.
¿Cómo? En vivienda, ampliando la oferta de programas que han demostrado resultados, como Mi Casa Ya. Lo que ha funcionado no puede dejarse de lado; sin continuidad el techo propio vuelve a alejarse. En educación, que sea gratuita y pertinente; que nadie deje de estudiar por falta de plata y que lo que se enseñe prepare para trabajar y ganar mejor. En alimentos, tomando decisiones claras para evitar a toda costa la inflación; que hacer mercado no dependa del dólar o de ineficiencias que terminan pagando las familias. En transporte, invirtiendo en sistemas masivos eficientes y subsidiados que reduzcan el costo del tiquete, porque cada peso que baja en movilidad es un peso que respira el hogar. Y para la costa Caribe, lograr que de verdad baje la energía; no más promesas vacías.
Al final no estamos hablando solo de cifras, sino de estabilidad. De esa tranquilidad básica que permite planear, ahorrar y proyectarse. Mientras los costos crezcan más rápido que los salarios, la frustración seguirá acumulándose. El verdadero desafío no es solo que la economía crezca, sino recuperar la certeza de que trabajar sí permite vivir con dignidad. Que la plata, de verdad, vuelva a alcanzar.








