El PIB de Colombia creció 2,6 % en 2025, un resultado que, a primera vista, podría parecer alentador. Sin embargo, al analizar la composición de ese crecimiento, emergen señales preocupantes: el país completa tres años consecutivos con tasas por debajo de su promedio histórico cercano al 3,5 %, y la expansión reciente se sustentó casi exclusivamente en el consumo privado y el gasto público. La inversión y las exportaciones, pilares del crecimiento de largo plazo, aportaron de manera limitada, evidenciando la fragilidad de la dinámica económica actual. Esto refleja problemas estructurales que requieren atención y reformas efectivas.

La tasa de inversión cayó hasta 16 % del PIB, el nivel más bajo en seis décadas, mostrando una pérdida significativa de capacidad productiva y un debilitamiento del crecimiento futuro. La inversión no es solo un indicador macroeconómico: constituye la base sobre la que se generan empleo formal, innovación y productividad. Hoy, con la inversión debilitada, se compromete la sostenibilidad del crecimiento, y sus efectos se perciben con mayor claridad en las regiones.

En ciudades de la región Caribe, donde predominan micro y pequeñas empresas, esta caída se traduce en decisiones aplazadas, menos contrataciones formales y retrasos en proyectos estratégicos. La prudencia empresarial ante la incertidumbre reduce el dinamismo económico regional, limitando la capacidad de estos territorios para convertirse en motores de desarrollo.

Los hogares enfrentan presiones crecientes sobre su poder adquisitivo. Las remesas, que habían sido un soporte clave del consumo familiar, alcanzaron su punto máximo en 2025 y podrían reducirse cerca de 8 % en 2026. Los ingresos del sector cafetero también se ven afectados por menores precios internacionales, y el mercado laboral difícilmente mantendrá el ritmo reciente. En conjunto, estos factores moderan la capacidad de consumo, principal motor de la expansión reciente, evidenciando que depender de impulsos transitorios no es sostenible.

En consecuencia, las proyecciones para 2026 se ajustaron a la baja: el crecimiento esperado pasó de 2,8 % a 2,3 %. Más allá de la cifra, el mensaje es claro: el país necesita recuperar la inversión y, con ella, la confianza de empresarios y consumidores. Esto requiere reglas claras, estabilidad institucional y señales coherentes de mediano plazo, condiciones esenciales para que regiones y economías locales prosperen de manera inclusiva.

Crecer no basta. Colombia requiere invertir, construir capacidad productiva y generar confianza. Solo así los números podrán traducirse en oportunidades reales para toda la población.

* Directora ejecutiva de Fundesarrollo