No encuentro otra palabra que “despelote” para describir lo que estamos viviendo en este extraño proceso electoral, que ha puesto en evidencia todas las fallas del sistema político y electoral.
Todo surge a partir del momento en que dejamos de tener partidos políticos de verdad y los reemplazamos por micro empresas electorales que no representan a nada ni a nadie. Nos llenamos de logos y siglas sin ningún contenido ideológico o programático. Por eso se reparten avales a diestra y siniestra y los candidatos, sin rubor, se pasan de una etiqueta política a otra.
Son muchos los ejemplos. El más claro es el de las organizaciones indígenas, afrodescendientes o ambientalistas que apoyan candidatos así no tengan nada que ver con la razón de ser de su existencia. A varias de ellas, como al Partido Verde Oxígeno, no se les conoce militancia ni causa alguna y, por eso, son capaces de avalar a dos candidatos presidenciales de orillas políticas totalmente distintas.
Lo que ha ocurrido con las consultas es otra muestra de la distorsión del sistema político. En todas partes existen mecanismos para que cuando haya varios candidatos al interior de un mismo partido político, la discrepancia se resuelva a voto limpio. Y así, como pasa en Estados Unidos o en España, la corriente que resulta ganadora pone el candidato.
Aquí las consultas se volvieron abiertas. Eso desnaturaliza su razón de ser, pues militantes de un partido terminan influyendo en las decisiones de otro. Las consultas, por cuenta de la reposición de votos, más que un mecanismo democrático, se volvieron para muchos una fuente de financiación. Justamente por esa razón es que la ley establece que un candidato que ya participó en una consulta interpartidista no pueda participar en otra.
Ese momento preelectoral de las consultas también deja un vacío sobre la financiación. Hoy vemos a candidatos que prácticamente no existen en las encuestas gastándose chorros de plata en asesores que, en ocasiones, cobran varios millones de dólares. ¿De dónde salen tantos billetes? Y esos gastos “preliminares” no cuentan para los topes sobre financiación ilegal.
Otra prueba de esa desnaturalización es la utilización del mecanismo de firmas que fue concebido para facilitar la participación de quienes no estuvieran dentro de las estructuras partidistas. Eso quedó en que curtidos gamonales políticos, que han desfilado por todos los cargos del Estado, usan las firmas para presentarse como “outsiders”. Es más, hay quienes combinan los dos mecanismos, vienen de una estructura partidista o tienen una y simultáneamente recogen firmas. La recolección de firmas no manifiesta una orientación determinada en la medida en que las mismas pueden avalar cualquier cantidad de candidatos. Al contrario, eso ha servido para encarecer más la política por cuanto hay empresas dedicadas a su recolección y los candidatos ni siquiera tienen que ocuparse de conseguirlas.
También ha quedado en evidencia la inconveniencia de tener un organismo con el nombre de Consejo Nacional Electoral, encargado de resolver las controversias y que es de origen claramente político, pues cada uno de los consejeros representa un partido.
En el caso de la discusión sobre si el senador Cepeda, ya escogido en una consulta anterior, podía participar en otra, se puso en evidencia que los magistrados cercanos al gobierno o políticos que hicieron parte de éste, votaron en función de lo que serían esos intereses políticos y que los que representan a otras organizaciones lo hicieron de manera distinta, con lo que un debate jurídico se convierte en una decisión política. Y lo que faltaba, que como pasa en el Congreso o en la disputa partidista, haya “magistrados” que a última hora cambian de voto como parece haber ocurrido ahora.
Todo eso es posible por la forma como fue concebido este organismo. Ojalá que el nuevo gobierno, cualquiera que sea su orientación, le presente al país un proyecto de reforma política real para que dejemos de seguir viviendo de ficciones. Una reforma política para que: haya partidos; las consultas sean verdaderamente internas; no se dé el “voltearepismo” inclusive a nivel del propio organismo electoral; los aspirantes no ronden de sigla en sigla hasta encontrar quien los acoja; tengamos una democracia electoral de verdad y no una basada en mentiras.
@gomezmendeza








