Colombia se aproxima a una nueva cita electoral en un clima que, para gran parte de la ciudadanía, se percibe como un callejón sin salida. En este escenario, los extremos han logrado imponerse con posiciones radicales desde sus orillas políticas e ideológicas, dejando a un grupo grande del electorado en la disyuntiva hacia que lado tomar.
Del lado izquierdo, se presenta un sector que busca el mando del continuismo, de una dinámica política que privilegió la imposición y el discurso divisivo sobre el consenso y la ejecución técnica. Por el otro lado, surge la figura del outsider, una posición que se vende como la única bandera de renovación frente al sistema, pero que carece de experiencia desde lo público y visibiliza una actitud revanchista.
En medio de este ruido ensordecedor, la Gran Consulta emerge no solo como una opción viable, sino como una herramienta democrática indispensable para rescatar la política como el arte de lo colectivo.
Para quienes se niegan a ser encasillados en los fanatismos de orilla, este mecanismo permite convocar a un gran bloque de electores capaces de entender que los problemas del país no tienen un color ideológico único ni soluciones mágicas. No se trata de buscar un punto medio carente de carácter, sino de reivindicar el valor estratégico de andar en grupo, recordándonos que el próximo gobierno debe ser el resultado de una inteligencia compartida y no el triunfo de una facción sobre otra.
Esta vía se consolida como un escenario natural para construir puentes y establecer alianzas desde la diferencia. La viabilidad de la democracia colombiana hoy depende de un liderazgo que no llegue a improvisar, que posea una experiencia probada en lo público y que se mantenga libre de señalamientos y juicios éticos.
El país reclama un candidato con la capacidad de integrar visiones diversas bajo un propósito común de estabilidad, seguridad y crecimiento económico. Al decantar la amplia baraja de nombres en una sola cabeza, la consulta permite alinear esfuerzos y unir en lugar de atomizar, invitando a visibilizar un peso electoral contundente que interprete el sentir de un pueblo que no desea ser más un instrumento útil de la polarización.
Votar en una consulta de este tipo representa un acto de auténtica rebeldía contra el establecimiento de la división. El país no necesita levantar más muros internos; necesita líderes con la madurez política suficiente para sentarse con quien piensa distinto y encontrar allí las soluciones que la realidad nacional reclama.
@KeliPuche


