La Guacherna, la “parranda en Carnaval” que la eterna novia de Barranquilla, Esthercita Forero, rescató e institucionalizó hace ya 52 años, es el primer latido de una ciudad que se prepara para disfrutar de su pasión desenfrenada. Este 2026, el desfile nocturno, ahora de inicio vespertino, regresa a su viernes natural y lo hace en dimensiones históricas, como si la Arenosa quisiera reiterarle a Colombia y al mundo entero que aquí ni la tradición ni el patrimonio se guardan en vitrinas, sino que se bailan, se cantan y comparten en las calles.
Más de 20.000 artistas en escena convertirán el recorrido en un verdadero “Río de Voces y Faroles”, un concepto que no es simple metáfora, sino una declaración de identidad. Los bailes cantados, la raíz sonora del Caribe y del río Magdalena, serán protagonistas en una apertura sin precedentes. Merecido espacio para danzas patrimoniales que han sostenido la memoria colectiva cuando no había tarimas ni reflectores. Allí está el corazón de la fiesta.
El regreso de 27 grupos ganadores del Congo de Oro es otra señal poderosa. Es de celebrar que vuelvan a ocupar sus lugares de honor en este desfile para dialogar con las nuevas expresiones folclóricas y sonoridades. Muchas de ellas figuran entre los más de 35 artistas y orquestas en vivo que refrendarán cómo unas y otras no se excluyen, se enriquecen.
Prepárese, porque el recorrido —por su participación masiva— se extenderá más de lo habitual. Lo que demanda, y las autoridades locales deben tenerlo claro, responsabilidades adicionales. Ocho horas de desfile exigen una operación logística robusta, con cierres desde primera hora, más orientadores de movilidad, personal logístico y miembros de la fuerza pública. Esa ingeniería silenciosa permitirá que semejante ‘desorden organizado’ fluya sin contratiempos ni perder su esencia, de modo que cuidar la vida también es cuidar la fiesta.
Y esa también es una responsabilidad de todos los barranquilleros y de turistas nacionales y extranjeros que —por montones— nos visitan. El Carnaval no solo es jolgorio o “locura de colores”, en el caso puntual de La Guacherna. Más allá de su notable riqueza patrimonial, la fiesta de Curramba es una de las mayores fábricas de empleo cultural del país. Con una derrama económica superior a USD200 millones, su impacto social resulta incuestionable.
Detrás de cada farol hay una familia; detrás de cada silla, un sustento; detrás de cada disfraz, un taller, una costurera o un zapatero. Son más de 32 mil personas las que trabajan con ejemplar ahínco para hacer posible la fiesta y, en total, son casi 200 mil empleos directos e indirectos los que llega a generar. Este es un motor de economía popular, con artesanos, pequeños comerciantes o emprendedores moviéndose en los eventos públicos y privados.
No cabe duda de que año tras año, Barranquilla reafirma su bien ganada condición de ser epicentro de industrias creativas, referente de gestión cultural y destino de grandes eventos en Colombia. El Carnaval proyecta lo que somos: una urbe capaz de transformar su herencia patrimonial en experiencias auténticas, sostenibles e incluyentes, mientras demuestra que la identidad, como capital simbólico, puede ser una estrategia eficaz para consolidar tejido social y desarrollo humano. En consecuencia, cada evento de nuestra fiesta grande es una oportunidad en sí misma para construir marca ciudad y posicionar a Curramba como un territorio que mezcla alegría, memoria y modernidad, en aras de proyectarse globalmente.
El Carnaval somos todos y en nuestras manos está engrandecerlo. Y es así porque en él —como barranquilleros— nos sentimos identificados, como lo demostró Shakira hace un año, cuando desfiló al lado de sus hijos. Sí, compartimos un mismo ADN y sin distingo alguno.
Es evidente que esta Guacherna recogerá los frutos de la presencia de la hija más ilustre de Barranquilla en el recorrido de 2025. Imposible mejor preludio para los cuatro apoteósicos días que la reina Michelle Char; el rey Momo, Adolfo Maury; los reyes del Carnaval de los Niños, Sharon y Joshua, y el resto de la monarquía nos han prometido. Abramos, pues, la vitrina urbana en movimiento en la que desde hoy se convierte Barranquilla y seamos río luminoso, colorido y musical que vuelve a decir, con orgullo: ¡Quien lo vive es quien lo goza!







