La mayoría de los teólogos y exegetas contemporáneos (Schillebeeckx, Pagola, Brown, Küng, etc.) sostienen que Jesús tuvo conciencia real de que su proyecto lo llevaba a una muerte violenta, aunque no necesariamente con el guion detallado que presentan los evangelios después de Pascua. Sabía que lo que hacía lo enfrentaba al poder del establecimiento, y eso siempre genera riesgos que debían asumirse.
En esa época y en esa cultura, una mujer era considerada una de las posesiones del hombre (Éxodo 20,17; Deuteronomio 22,22–29). La validez social de la mujer dependía del hombre bajo cuya autoridad estaba (Números 30,3–16) y valía en función del proyecto reproductivo (Génesis 16,1–3). Por ello, es normal que la mujer viuda sea oprimida (Éxodo 22,21–23) y carezca de defensa legal y económica (Deuteronomio 24,17); era la imagen del desamparo y de la pobreza total (1 Reyes 17,8–16; Lamentaciones 1,1).
Estas dos afirmaciones teológicas son las que más dificultades me generan cuando pienso en Jesús de Nazaret con una pareja, en el caso más comentado, con María Magdalena. Alguien que está enfrentando el peligro del poder, que es fiel a su misión y que conoce las características de su sociedad, no puede construir una familia ni tener una pareja para exponerla a la viudez y al desamparo. Él, mejor que nadie, sabe que la confianza en el Padre no puede entenderse desde una visión sacralizada que deja en manos de Dios la resolución automática de los problemas humanos.
Mi dificultad para pensarlo en una relación de pareja no es moral: no creo que la sexualidad sea impura ni una maldición. Tampoco es teológica: afirmamos que fue verdaderamente humano. Además, mi cristología ascendente me permite leer estas situaciones desde las perspectivas históricas posibles. Mi gran dificultad es de responsabilidad. No creo que alguien que tiene familia y es responsable de ella —según las dinámicas sociales y culturales del momento— decida condenarla al desamparo por fidelidad a una misión. Eso sería irresponsable. Decididamente egoísta. Y desde la perspectiva de la cristología ascendente no son válidas las afirmaciones sacralistas que suponen que Dios lo resuelve todo.
Para no retroceder ante el riesgo que implicaba su misión, Jesús debía sentirse libre de ciertas responsabilidades domésticas muy concretas. Por eso no me extraña que en los evangelios canónicos no se le muestre con pareja ni con hijos. Entiendo que, desde las condiciones sociales y culturales actuales, su ausencia de vida familiar pueda parecernos imposible, pero en el contexto que planteo me resulta creíble.
Vivo en comunión con los dogmas del catolicismo y trato de pensar mi fe con inteligencia y método.
@Plinero








