El 2025 marca un hito económico en Colombia con un incremento histórico del Salario Mínimo para el año 2026 del 23,7 %, que lo sitúa en $2.000.000, incluyendo el auxilio de transporte. En el caso de los profesionales de ingresos altos y mandos medios vinculados al Salario Mínimo Integral, equivalente a 13 SMMLV, por lo que el ajuste ubica su remuneración base en alrededor de $22.761.765. A primera vista, la cifra parece un triunfo financiero incuestionable. Sin embargo, el exministro de Hacienda José Antonio Ocampo ha advertido que los efectos negativos de este aumento serán “complejos de manejar”, debido a la presión de la inflación y a las altas tasas de interés que mantiene el Banco de la República. A esto se suma un desafío menos visible pero igualmente relevante para quienes reciben el incremento: la presión de los empleadores por optimizar costos frente al súbito encarecimiento de la nómina.

Más allá del aumento nominal de los ingresos, el contexto laboral se vuelve determinante. La literatura económica sugiere que los grandes saltos en el Salario Mínimo obligan a las empresas a realizar reajustes profundos, pues cuando los costos laborales aumentan en más de un 20 % es común que los empleadores respondan elevando las exigencias de productividad, lo que puede traducirse en jornadas más intensas o en una mayor carga de responsabilidades para el trabajador. De otra parte, también aparece el riesgo de informalidad o de reclasificación laboral, a través de esquemas como la subcontratación o los contratos temporales, utilizados con frecuencia para mitigar el impacto financiero. Cabe resaltar que, en este entorno, la motivación laboral puede verse seriamente afectada si el aumento salarial tiene como contrapartida los recortes en beneficios colectivos o de una extensión desmedida del tiempo de trabajo.

Por otra parte, ante la posibilidad de que las tasas de interés de créditos de consumo, de vivienda, etc., se mantengan elevadas durante el 2026 y de que la inflación continúe erosionando el poder adquisitivo, el verdadero reto está en cómo se utiliza el “dinero nuevo” que llega a partir de enero para todos los trabajadores. La psicología del ahorro juega aquí un papel clave, especialmente para la clase media. La evidencia de la economía del comportamiento de consumo muestra que las reglas de ahorro fijas son considerablemente más efectivas que los objetivos de ahorro. Establecer, por ejemplo, que todo ingreso adicional frente al salario de 2025 se destine automáticamente en un 50 % al ahorro reduce la fatiga de decisión y limita el gasto impulsivo, uno de los mayores riesgos tras un aumento salarial.

Esta lógica se refuerza con la automatización, ya que, más que la fuerza de voluntad, lo que protege el aumento es el sistema. Configurar deducciones automáticas hacia fondos de inversión o cuentas de ahorro programado el mismo día del pago del salario permite que el dinero genere rendimientos antes de pasar por la cuenta bancaria, donde suele diluirse rápidamente entre la canasta familiar y servicios varios que con la inflación se espera se encarezcan este año, por lo que es importante tener en cuenta que los trabajadores deberán tomar iniciativas para aplicar estrategias proactivas para que su capital pueda rentar y que su incremento salarial no se desaparezca sin dejar rastro, constituyendo así un fondo de ahorro o de imprevistos.

Finalmente, en un año marcado por la incertidumbre laboral, el fondo de ahorro o de imprevistos deja de ser un consejo genérico para convertirse en un verdadero activo patrimonial. Muchos colombianos poseen bienes como vivienda o vehículo, pero carecen de liquidez suficiente para enfrentar imprevistos. Contar con un fondo que cubra al menos tres meses de gastos básicos no solo brinda tranquilidad, sino que evita la necesidad de liquidar activos a pérdida ante un cambio abrupto en las condiciones laborales. Idealmente, este fondo debería representar cerca del 8 % de la riqueza total, como un seguro silencioso frente a un entorno económico cada vez más exigente.

*Profesor investigador del CESA