Lo cortés no quita lo valiente. Y, como suele ocurrir en política, la esperanza es lo último que se pierde… aunque casi siempre sea lo primero que se traiciona.
El deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Colombia ha generado una avalancha de opiniones encontradas. Algunos defienden sin matices el actuar del gobierno colombiano; otros, el de los Estados Unidos. En el fondo, no se debate diplomacia, se debaten lealtades emocionales. Y cuando la política exterior se vuelve un asunto de hinchadas, el análisis suele ser el primer sacrificado.
La reciente intervención y extracción del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, en la madrugada del 3 de enero de este año, llenó de expectativas —y de temores— a la opinión pública regional. Unos repudian la intervención extranjera y argumentan la violación flagrante de la soberanía de un pueblo que, al menos en el papel, se presume autónomo. Otros van más allá y califican el hecho como un rapto o un secuestro. Del otro lado, no faltan quienes celebran que un gobierno considerado ilegítimo y vinculado al narcoterrorismo sea llevado ante la justicia para responder por crímenes de lesa humanidad.
Las dos posturas conviven, chocan y se anulan entre sí. Pero el problema no está en el desacuerdo, sino en la superficialidad con la que se aborda un hecho de enorme gravedad jurídica y política.
Para el gobierno colombiano, encabezado por Gustavo Petro, el escenario ha sido particularmente incómodo. La convivencia diplomática se ha degradado a niveles propios de un reality show al estilo de La casa de los famosos: declaraciones altisonantes, cruces personales y una tensión constante que no beneficia a nadie. En ese pulso, Petro Urrego ha llevado la peor parte. Su nombre incluido en la llamada lista Clinton y el bloqueo financiero a su círculo familiar no han sido episodios menores ni fáciles de sortear.
La llamada entre Donald Trump y Gustavo Petro dejó algo claro: la diplomacia no puede desaparecer, aunque tampoco garantiza que lo dicho y lo hecho sea olvidado o perdonado. En política internacional no hay borrón y cuenta nueva; hay memoria, intereses y facturas pendientes.
Una llamada no recompone por sí sola una relación deteriorada entre dos gobiernos, pero sí deja una lección incómoda: muchos de los errores cometidos no debieron ocurrir y, aun así, siempre existe un espacio para el diálogo. Porque en política y en diplomacia, casi todo es válido… excepto la ingenuidad.
Al final, lo cortés no quita lo valiente. Pero la cortesía sin claridad puede terminar siendo solo una pausa antes del próximo conflicto.
@oscarborjasant








