Aunque el tema del día es la episódica extracción de Maduro, lo importante es lo que viene para Venezuela y también para Colombia, pues la frontera común, las 300.000 hectáreas de coca y nuestros bandidos binacionales nos hacen parte del problema.
Como era de esperarse, la izquierda y el centro confundido condenan la operación militar y las intenciones de Estados Unidos con los lugares comunes de la defensa de la democracia y la soberanía, que son solo palabras si no tienen expresión en la vida de la gente. Ocho millones de exiliados, la destrucción del aparato productivo, presos políticos, corrupción, pobreza y el miedo de un pueblo sometido por el Estado y sus tentáculos paramilitares, son la prueba de que esos conceptos, invocados con supina hipocresía en el mundo, son historia en Venezuela, con el silencio cómplice de la comunidad internacional que hoy se escandaliza con la intervención estadounidense.
Lo cierto es que la mayoría de los venezolanos exiliados o en su patria, a quienes hoy no les importa la geopolítica, el petróleo ni el imperialismo, ve en la intervención un camino posible hacia el retorno de la democracia.
Ahora bien, hay señales confusas para quienes vemos la película desde lejos, mas no para Trump, que no se embarcó en una operación militar riesgosa y de precisión quirúrgica, para luego no saber qué hacer. “No estamos improvisando”, afirmó Marco Rubio ante la prensa mundial, después de explicar la estrategia para Venezuela.
Por el contrario, hay una hoja de ruta, y se equivocan quienes pretenden que la motivación de Estados Unidos debería ser filantrópica o de defensa romántica de la democracia. No. Se trata de supremacía política y comercial en la región, de Doctrina Monroe, de América para los americanos.
La interdependencia entre países es una realidad geopolítica y, si me preguntan, prefiero la alianza con mi vecino, a quien conozco y con quien comparto afinidades. No lo dudo cuando pienso en lo que el comunismo soviético le hizo a América Latina con la financiación de la revolución armada a través de Cuba, y en lo que le hizo a Venezuela su heredero, el socialismo progresista.
Petro se irá el 7 de agosto y en mayo Colombia no puede volver a equivocarse en las urnas ni de amigos, pues no resistirá un segundo capítulo de la izquierda populista ni de su connivencia negociadora con el narcoterrorismo, aunque Petro, de dientes para afuera, le haya pedido a Trump que le ayude a “golpear duro al ELN”.
Trump tiene clara su estrategia en Venezuela, y si Colombia no corrige el rumbo y se coloca del lado correcto de la historia y de la geopolítica continental, también tendrá clara su estrategia frente al narcoterrorismo en nuestro país.


