Es paradójico que haya sido Lenin, líder revolucionario comunista, quien acuñó la famosa frase: hay décadas donde no pasa nada, y hay semanas donde pasan décadas. La sensación, aún preliminar, en este inicio de 2026 es que estamos ante una de esas temporadas históricas. El primer dominó lo tumbó el presidente Trump el sábado 3 de enero, con la captura del tirano Maduro y su posterior entrega a la justicia estadounidense en Nueva York.
Con el paso de los días, las motivaciones de la operación se han ido aclarando. Todo apunta a la profunda penetración de China, Rusia, Irán y Cuba —adversarios estratégicos de Washington— en sectores clave de Venezuela. China con presencia en el sector minero y extractivo; Rusia con una relación estrecha en el ámbito petrolero y el suministro de sistemas antiaéreos; Irán con una fábrica de drones militares; y Cuba manejando nada menos que la seguridad presidencial. En ese contexto, hablar de soberanía resulta inconcebible.
Aunque la transición democrática venezolana haya descendido en el orden de prioridades inmediatas, la anunciada reunión de la próxima semana entre Trump y María Corina Machado en Washington, D.C., augura una evolución positiva. Como lo expresó el experto Víctor Mijares en una entrevista reciente: la captura de Maduro abre posibilidades… y un escenario peor era no hacer nada. La reacción de celebración de millones de venezolanos dentro y fuera del país lo confirma.
Este episodio también dejó en evidencia la extraordinaria capacidad de las fuerzas armadas estadounidenses para ejecutar una operación de enorme complejidad militar, logística y de inteligencia. Ese solo hecho envía un mensaje inequívoco no solo al remanente del chavismo en Venezuela, sino a todos los dictadores —y aspirantes a serlo— sobre el significado práctico de las advertencias de Washington. De ahí emerge un segundo dominó que aún no cae, pero que claramente tiembla.
Al cierre de esta columna, la República Islámica de Irán atraviesa su día número trece de protestas crecientes, masivas y aceleradas, en una coyuntura geopolítica que plantea un riesgo existencial para el régimen ayatolá. Trump, que ya autorizó y ejecutó ataques contra instalaciones nucleares iraníes meses atrás, ha sido explícito en no tolerar una represión sangrienta contra los manifestantes. Falta ver si este será el principio del fin de un régimen religioso totalitario y brutal. Tal vez, más temprano que tarde, podamos viajar a Caracas a hacer negocios o a Teherán de vacaciones. Si es así, habremos sido testigos vivos y conscientes de una de esas semanas donde pasan décadas.








