Desde el exterior, la primera reacción fue de júbilo. Una celebración espontánea, casi instintiva, recorrió a millones de ciudadanos en la madrugada de aquel 03 de enero de 2026, ante la extracción, legal o ilegal, del dictador que durante años encarnó la represión, el empobrecimiento y el exilio forzado. No se trató solo de la caída de un hombre, sino de la validación simbólica de un sufrimiento largamente ignorado por la comunidad internacional que insistió en fórmulas que nunca funcionaron.
Durante más de dos décadas, Venezuela agotó todas las vías imaginables, desde la movilización ciudadana, elecciones, diálogos, negociaciones y presión externa. El resultado fue siempre el mismo: fraude, violencia, cinismo y la normalización del atropello. Por eso la imagen del régimen despojado de su retórica, observando impotente cómo su líder era conducido a rendir cuentas, tuvo un efecto profundamente catártico.
Estados Unidos dio el empujón inicial y abrió un escenario de transición posible. Pero tras la euforia viene el realismo. Una palabra clave no aparecido en el orden del día en los discursos de Trump, y es la democracia, la cual parece tomar lugar como el último eslabón dentro de la estrategia en curso. La prioridad por ahora ha estado delimitada por el interés económico y geopolítico sobre el idealismo puro de la reconstrucción de un país reconciliado, próspero, libre y en paz.
Lo cierto es que una verdadera transición exige mucho más que la venta de varios galones de petróleo a Estados Unidos exige avanzar en la liberación de los presos políticos, una rendición de cuentas por los crímenes cometidos y la construcción de garantías de no repetición y de reparaciones para las víctimas y sus familias.
El pueblo venezolano ya percibió el cambio de aire. La idea de la libertad quedó sembrada y confiamos no será fácilmente erradicada. Un régimen tutelado, desprovisto de legitimidad, difícilmente podrá reprimir indefinidamente sin provocar una nueva ola de protestas. A largo plazo, la perpetuación de una dictadura atenuada es más desestabilizadora que una democracia imperfecta.
Para Colombia, esto no es ajeno. Siempre que a Venezuela le va bien, a Colombia también. Es necesario entonces reconstruir una migración ordenada, un comercio potente y legal, y trabajar en una agenda de seguridad y prosperidad en beneficio de la región.
*Directora Ejecutiva Lonja de Propiedad Raíz de Barranquilla
@KeliPuche








