Sí, ejercer la autoridad es sinónimo de poder, de trabajo, de racionalidad, de protección a lo encomendado y ordenado. Es en síntesis el ejercicio que se pone en práctica por orden de un estatuto legal, llámese orden constitucional que se practica obligatoriamente en países democráticos y no democráticos porque al frente de la autoridad legalizada por estructura máxima constitucional existe la autoridad precaria, arbitraria, abusiva, injusta, que es la aplicada con obediencia a los egos, las voluntades absolutas, no la derivada de las máximas leyes.
En Colombia democracia institucional amparada por una Constitución política como máxima expresión del mandato público, existe la autoridad y se aplica, pero desafortunadamente en este gobierno nacional infectado de corrupción y sobre todo de totalitarismo gubernamental creado por el ego supremo de un gobernante que se cree enviado de Dios, esta autoridad está aplicándose para premiar el delito.
Es decir, está funcionando hoy día como cómplice de la delincuencia. “No te preocupes, te saco de la cárcel pronto o yo hablo con el juez”, son las caricaturas de estas realidades que vemos a diario.
¿Cómo sacar de la prisión para que acompañen al presidente a una tribuna pública en una manifestación o nombramientos espúreos como mensajeros de paz mientras al tiempo se estimula la violencia y se amparan los crímenes?
En Angostura, en 1819, Bolívar expresó que “la continuación de la autoridad en un mismo individuo ha sido causa frecuente del término de los gobiernos democráticos”.
Es verdad, este gobierno nacional está acabado, solo se observan ruinas, decadencia, culpabilidad y el máximo defensor lo constituye la cabeza del Ejecutivo que desde el principio confundió adrede autoridad con abuso. Pero en materia de seguridad, por ejemplo, no aplica la Presidencia la autoridad.
El país sucumbe ante el crimen, la extorsión, la violencia en todas sus manifestaciones y responde nombrando a gestores de paz a quienes cargan sobre sus hombros por años fuerzas inmensas de crímenes, secuestros, pueblos desolados.
Esto es lo que no ven o no quieren observar los gobernantes de hoy enquistados en aplicar ilusiones a un pueblo ignorante que los cree porque en su obediencia ciega cae en el inmenso error de premiar el delito.
¿O acaso no es aplaudir a la cabeza por comprar congresistas para obtener votos y felicitar a sus subalternos por estar en la compra de cuarenta camiones recolectores de basura con una partida de millones tres veces superior a su realidad? La autoridad es para aplicarla con honestidad, dignidad, altura a quienes violen la ley. ¿Entonces?








