Las heridas profundas en la pareja no siempre llegan de manera escandalosa ni repentina. A veces se presentan como una traición explícita (una infidelidad, una mentira sostenida, una doble vida), pero en otras ocasiones adoptan formas más silenciosas: promesas incumplidas, abandono emocional o decisiones importantes tomadas sin considerar al otro.

Sea cual sea su origen, cuando una herida atraviesa el vínculo, la relación ya no vuelve a ser la misma. La pregunta central no es si duele (porque siempre duele), sino si es posible amar de nuevo después del daño.

Las heridas más profundas no provienen de desconocidos, sino de quienes ocupan un lugar significativo en nuestra vida emocional. En la pareja, la herida suele vivirse como una ruptura del pacto implícito de seguridad y cuidado. Aparecen emociones intensas: rabia, tristeza, vergüenza, miedo y, en muchos casos, una profunda sensación de pérdida.

Desde la psicología de pareja, se entiende que una traición no solo afecta la confianza en el otro, sino también la autoimagen de la persona herida: “¿Cómo no me di cuenta?”, “¿Qué me faltó?”, “¿En quién puedo confiar ahora?”. Por ello, el impacto no es únicamente relacional, sino también personal.

No todas las relaciones sobreviven a una herida profunda, y reconocer esto es importante para evitar idealizaciones dañinas. Sin embargo, algunas parejas sí logran reconstruirse, no regresando al vínculo anterior, sino creando uno nuevo, mejor, más consciente y honesto.

La reconstrucción no depende únicamente del amor previo, sino de varios factores clave:

-Reconocimiento genuino del daño, sin minimizarlo ni justificarlo.

-Responsabilidad emocional asumida por quien hirió.

-Disposición real a reparar, no solo a “seguir adelante”.

-Espacio para el dolor, sin apresurar el perdón.

Acompañamiento adecuado, ya sea terapéutico o pastoral.

Cuando estos elementos están ausentes, el intento de reconstrucción suele convertirse en una prolongación del sufrimiento.

Una idea fundamental es comprender que, tras una traición, la persona herida entra en un proceso de duelo, incluso si la relación continúa. Se pierde la imagen idealizada de la pareja, la sensación de seguridad previa y, en muchos casos, la narrativa compartida de la historia amorosa.

Este duelo no es lineal. Hay días de aparente calma y otros de profundo dolor. Pretender que “todo vuelva a la normalidad” rápidamente suele generar más resentimiento. La sanación requiere tiempo, coherencia y consistencia emocional.

Uno de los errores más frecuentes es presionar el perdón como condición para seguir juntos. Desde una perspectiva psicológica sana, el perdón no es un acto inmediato ni una obligación moral, sino un proceso interno que ocurre cuando la herida ha sido validada y atendida.

@drjosegonzalez