Cada año, mientras en Estados Unidos millones de familias se reúnen para celebrar el Día de Acción de Gracias, en Colombia solemos observar esta tradición con cierta distancia. En mi casa, sin embargo —gracias a que mi suegra vivió varios años en ese país durante su juventud—, se vive con la misma importancia que la Navidad. Y no solo por el enorme esfuerzo de preparar un festín gastronómico único, sino por el trasfondo profundo de la reunión.
Detrás de esta celebración, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII, cuando colonos ingleses y comunidades indígenas compartieron una cosecha próspera tras un año difícil, hay un mensaje universal que trasciende fronteras, idiomas y calendarios: la importancia de dar gracias.
Agradecer no es un acto menor. No se trata simplemente de un gesto educado ni de un ritual anual; es una práctica que transforma la manera en que vivimos. Numerosos estudios muestran que la gratitud reduce el estrés, fortalece las relaciones personales y nos ayuda a ver con mayor claridad aquello que sí funciona en medio del ruido cotidiano. Pero más allá de cualquier dato, agradecer es un recordatorio poderoso de que incluso en los días más complejos hay pequeños destellos de luz que merecen ser celebrados. Por eso, la frase que más repetí en mi mente ayer fue: “tengo tanto por agradecer”. Y ese solo pensamiento me llenaba de un sentimiento genuino de alegría y conexión.
En una sociedad marcada por la velocidad, la inmediatez y, a veces, la queja constante, detenernos a reconocer lo bueno se convierte en un acto casi revolucionario. La gratitud nos invita a cambiar de perspectiva: a mirar el vaso medio lleno, a valorar los gestos sencillos, a reconocer el esfuerzo ajeno y a apreciar los momentos que solemos pasar por alto. Nos enseña, en últimas, que la felicidad no siempre está ligada a grandes conquistas, sino a la capacidad de disfrutar lo que ya tenemos. Si logramos agradecer y valorar esos pequeños momentos cotidianos —el café en la mañana, el saludo de la pareja en la noche, y tantos otros—, cambiamos nuestra vida para bien.
Por eso, más que adoptar una fiesta extranjera, vale la pena adoptar su espíritu. Reservar un momento —no solo una vez al año, sino cada día— para agradecer la salud, la familia, el trabajo, los aprendizajes y hasta los retos que nos obligan a crecer. Practicar la gratitud no cambia necesariamente las circunstancias, pero sí cambia cómo las enfrentamos.
Tal vez, si nos detenemos a agradecer más seguido, descubramos que la vida ya nos está dando más de lo que pensábamos.
@RPlataSarabia








