Llevo varios días con esa pregunta que se hace Antonio Celia, compañero de página editorial que con fruición leo todas las semanas, maestro sin igual para narrar la Barranquilla que fuimos, una ciudad que era un paraíso donde imperaban el orden, la belleza y la tranquilidad, cuyas calles se mantenían limpias, donde se respetaba al peatón y se cedía la vía con gentil gesto de la mano que invitaba a continuar, aún al transgresor de la norma. Esa ciudad que comenzamos a destruir cuando vino el desmadre de las Empresas Públicas Municipales, el Carnaval quedó en manos de los concejales, la clientela política se impuso con su descarada compra-venta de votos y fueron desapareciendo los auténticos barranquilleros, hombres y mujeres de bien que no pudieron lidiar con la aplanadora de la corrupción.
Don Antonio Celia menciona en su artículo el urinario que Marcel Duchamp presentó en una exposición en Nueva York y fue declarado pieza de arte en 1917, como ejemplo de la decadencia de las Bellas Artes y lamenta que estas ya no son lo que eran. A propósito de esa columna, le llamé por teléfono porque de verdad me conmovió la frase final, ¿a dónde vamos a llegar?, y nos hacíamos cruces comentando el derrengue de nuestra sociedad y el imperio de la plebedad en que vivimos, porque también me he hecho esa pregunta cuando, por ejemplo, se monta un debate encarnizado en redes sociales y en medios electrónicos tradicionales sobre la conveniencia o injusticia de la aplicación del Código de Policía al estadero salsero más popular de la ciudad, y compruebo que se adentraron los bandos en temas como “cultura de clase alta” y “cultura popular” confrontando el cierre del teatro Amira de la Rosa con el de La Troja, dos sitios no relacionados entre sí e incomparables, puesto que el uno es un bien cultural público y el otro el negocio de un particular, por más ícono posmoderno que lo consideren sus parroquianos.
Pero lo que deseo subrayar es la importancia vital que tiene para nuestra historia la columna semanal de don Antonio Celia, así a secas, que retrotrae momentos de la vida cotidiana de la que fuera “el mejor vividero del mundo”, a través de los cuales nos refresca la idiosincrasia extraviada en la vuelta a ser un inmenso sitio de libres, donde cada quien hace lo que le da la gana, ser vulgar y soez pasa por modo de ser barranquillero, se destruye la fisonomía arquitectónica de los sitios y barrios emblemáticos dejando caretas grotescas y vivimos en un proceso general de engrandecimiento, fundamentado en la negación de nuestros antiguos valores y la proclamación de nuevos y cuestionables métodos y héroes.
Así no más, don Antonio Celia encarna, para quienes observamos asqueados el devenir de la ciudad, al último caballero que, como don Quijote, nos recuerda que no somos eso tan avieso que nos dicen somos o en que pretenden convertirnos y que la memoria histórica es la redención de los pueblos. ¡Gracias,Tonino!
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