Ha ganado el ‘No’ porque no triunfó la lógica, la simple y elemental lógica formal. O porque la gente se hartó, o se terminó de intoxicar, o decidió que más muertos, secuestros y extorsiones no conducen a ningún paraíso de vida, o no porque creyeron que para la vida de las futuras generaciones era mejor ensayar ahora, intentarlo, antes que hundirnos en la incertidumbre, la amargura, ese desconcierto que produce la ceguera mental cuando se deja arrastrar por las pasiones y deja invalido el razonamiento ecuánime.
Pero la gente no le creyó ni le cree ni le va a creer a la Farc nada de lo que dijeron antes, ni en sus discursos, ni en sus promesas, ni en sus determinaciones, ni en sus compromisos con la comisión negociadora del Gobierno, ni el perdón público que piden cada vez que se les antoja, ni en su perdón público a las víctimas. La opinión pública, todo los que se acercaron a depositar el ‘Si’ o ‘No’ nunca podrán asimilar que unos criminales completos en el término semántico más exacto, puedan de la noche a la mañana volverse buenos, apacibles, acondutados, tiernos, serviles, obedientes, sumisos, generosos, sinceros y arrepentidos. No; la condición humana no acepta evoluciones tan rápidas, porque la naturaleza le impone antes un ejercicio de raciocinio, de arrepentimiento, de exorcismo, si se quiere de una valentía extra para integrarse a la vida común.
Los que públicamente votamos por el ‘Si’, o quienes si le apuntamos a la esperanza, le creímos a un Gobierno que se la jugó entre las incertidumbres del destino al grupo ganador, sin importarnos Santos o Uribe porque de ninguno de ellos es la iniciación de la paz. Creímos en Humberto De la Calle. serio, ponderado y coherente, en un Jaramillo o Mora o Naranjo que representan la dignidad de los colombianos, en un esfuerzo de cuatro años con sus desvelos, preocupaciones y vigilias, en la seriedad de unos asesores de una comisión, que sacrificó su comodidad del día a día para internarse en la diatriba de lo incógnito. Por eso votamos por el ‘Sí’ porque representa una alternativa donde se buscará armar una nueva estructura de vida procurando que el Gobierno en vez de invertir tanto presupuesto en una guerra, enfoque muchos más recursos en seguridad, educación, vivienda, salud y en combatir esa plaga de la corrupción que se metió hasta la médula de la sociedad.
Sabemos que el protocolo de la firma de un papel rodeado de dignatarios internacionales y personalidades eximias apenas es un arranque para iniciar un largo camino, muy largo, muy tedioso, muy accidentado, el camino de cambiar la vida precisamente. Esperamos que los mentirosos que firmaron del otro lado y a quienes no creemos nada, por fin resuelvan aportar algo de verdad de su monstruoso pasado, que esa justicia transicional exótica a nuestra manera de ver, les puedan agarrar en las mentiras y entonces los condenen. Nos hemos jugado un destino los colombianos pero estamos con Marco Tulio Cicerón, el Grande, cuando en sus Epístolas afirmó rotundo “Preferiría la paz injusta a la más justa de las guerras”. No nos olvidemos que los unos y los otros, que nuestra decisión del día 2 de octubre no es para buscar frutos pasado mañana que ya nosotros no veremos: Es para construir un mejor país para nuestros hijos. Es para ellos que debemos trabajar, bajar la cabeza y echar para adelante aún cuando a aquellos que ya sabemos no les creamos ni un suspiro.


