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9 de enero, hace cien años, nació mi madre, Ana Angulo Silva, en la acogedora y ubérrima población de Riofrío, corazón de la Zona Bananera; fue mi madre, una sencilla mujer y, como muchas de las nacidas en los años 20 del siglo XX, su vida estuvo por entero dedicada a su familia y a la crianza de sus hijos.

Se sentía a gusto contribuyendo con la economía familiar, atendiendo su pequeño negocio de tienda y la venta de lana y carbón vegetales;pues siempre quiso manejar sus propios recursos para ayudar, en parte, a sus hermanos y dar a sus hijos algo adicional en la preparación de sus viajes rumbo a sus estudios y su preocupación para que sus primeros nietos recibieran una buena escolaridad. Como si eso fuera poco, y no obstante de contar siempre con servicios domésticos contratados, le agradaba también apoyar esta labor, unas veces barriendo,otras encerando y brillando con sumo cuidado cada uno de los muebles y hasta petrolizando el piso.Y, aun así, recibía con especial atención las visitas al tiempo en que daba un toque en la cocina a la dedicada elaboración de la comida italiana, así como a la criolla.

Era muy organizada y metódica, cualidad que le permitía realizar tantas labores hogareñas y mantenernos alimentados y vestidos pulcramente. Su trabajo era tan eficiente, que era casi un arte. No era su talante actuar infructuosamente, porque la distribución que daba a cada cosa en el hogar tenía un sentido y un propósito.

Después de haberse apagado tristemente su voz, hace 27 años y medio, llevo eternamente grabadas las palabras de mi madre, las que me han alentadosiempre a hacer lo correcto y a no actuar con egoísmo, a respetar y no tocar lo que no es de nuestra pertenencia. Recuerdo vívidamente sus consejos sobre cómo debía ser nuestro comportamiento tanto en la escuela como en nuestra vida diaria y el buen futuro que nos habría de deparar si seguíamos fielmente dichas directrices. Aprendí mucho de sus actos de amor y sacrificio. Lidiaba con especial facilidad nuestras travesuras, distribuía con precisión la comida e intervenía con destreza, justicia e imparcialidad en nuestras naturales peleas infantiles. Por la más sublime de las razones, el único aniversario de vida que celebrábamos, con desbordado entusiasmo y felicidad, era esta fecha de nacimiento de nuestra querida madre.

Roque Filomena Angulo