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Se dice que el barranquillero nace donde quiere y es verdad. No importa si naciste en el otro extremo del mundo, si llegaste a esta tierra y la sientes como tuya, ya eres barranquillero.

Así lo han vivido muchos hombres y mujeres que, tras pisar por primera vez esta suelo, decidieron no regresar a sus países. El amor, el trabajo o incluso el turismo han sido algunas de las razones por las que el destino los trajo a la Arenosa y por las que nunca quisieron irse.

Es el caso de un par de amigos que, pese haber nacidos en dos continentes distintos, el amor por Barranquilla los ha unido.

En tiempos y circunstancias distintas, ambos conocieron a quienes hoy son sus esposas, dos barranquilleras que les robaron el corazón. Dos psicólogas unidas por una amistad entrañable de más de 30 años, que —sin saberlo— terminaron cruzando los caminos de Ricardo y Fernando.

Hoy, lejos de sus países y desde culturas distintas, estos dos extranjeros han tejido una relación cercana, unida por el amor, la ciudad y todo lo que Barranquilla les ha regalado.

El primero en llegar a esta tierra fue Ricardo Santiago, un puertorriqueño , hoy de 66 años, que aunque nació lejos hoy habla de la ciudad como si siempre hubiera sido su casa.

Comenzó a escuchar sobre la capital del Atlántico cuando se enamoró de Carolina Coronado, psicóloga clínica radicada en Filadelfia, (Pensilvania, Estados Unidos), con quien se casó en 2010 en la tierra que vio nacer a su esposa.

“Mi esposa, luego de casarnos por primera vez en Estados Unidos, me trajo a Barranquilla para que yo conociera a su familia. Y nos volvimos a casar aquí, por la iglesia y por lo civil, para hacer las cosas legalmente”, recordó.

“Ese primer viaje fue suficiente para marcar su vida. Cuando vine en el 2010 me enamoré de Barranquilla y quería quedarme de una vez, pero Carolina no me dejó”, contó entre risas.

En el caso de Ricardo, la ciudad era tan familiar para él que lo regresó a su infancia. “Para mí Barranquilla me trae recuerdos de mi niñez, de mis raíces. La cultura, la gastronomía, los kiosquitos en la calle, hasta un tinto en la calle, la gente, la amabilidad, el respeto… yo me enamoré”.

Desde entonces, tomó una decisión: volver, pero esta vez para quedarse. Y así lo sentenció cuando dijo que cuando se pensionara se venía a vivir a la Arenosa. “Yo lo dije y así fue”.

Le encanta el carnaval, salir a caminar el Malecón, hablar con los vecinos. De hecho, su esposa se regresó a Filadelfia por unos meses para “darle la vuelta a su casa”, pero él se negó a ir y prefirió quedarse solo aquí.

Hoy su amor por la ciudad sigue intacto. “Mi himno nacional colombiano es la canción de Joe Arroyo: En Barranquilla me quedo; de aquí no hay quien me saque”.

La última vez que viajó a los Estados Unidos fue por una razón médica. “Me tuvieron que operar y estuve ocho semanas. Enseguida que el doctor me dio permiso, me regresé”.

Así también lo expresa el español Fernando de Yzaguirre, quien tras ganarse una plaza como docente en la Universidad del Atlántico dio un giro decisivo en su vida: el comienzo de nuevas aventuras en una ciudad que apenas conocía por una canción —“se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla”—.

Había aplicado para varias plazas en otras partes del mundo, pero la madrugada del primero de enero de 2015, mientras celebraba el nuevo año con un amigo, se enteró de que había ganado el concurso.

“¿Barranquilla?”, le preguntó su amigo y él no dudó en contactar a alguien que conocía acá. Esa misma noche, una llamada lo conectó por primera vez con un barranquillero que, sin conocerlo, se convertiría en su primer puente con la ciudad. Le habló de la universidad, de la vida, del clima… y hasta le ofreció su casa.

Fernando llegó a Barranquilla en mayo de 2015 y el calor cuando bajó del avión fue una sensación que le resultó familiar. Le recordó la ciudad de su infancia, la tierra de su padre, Murcia.

Al principio se sentía un migrante temporal, alguien que venía por unos años y luego regresaría. Al principio, su mundo se redujo a la universidad, a sus alumnos, —de los cuales se enorgullece—, a adaptarse a su nueva vida y a aprovechar la oportunidad de “madurar como académico”, cómo él mismo lo describe.

Sin embargo, al igual que a Ricardo, el amor también tocó su corazón y decidió quedarse del todo. Enamorarse de María Claudia Salcedo le cambio todos sus planes de regresar a su país en un futuro y decidió establecerse aquí.

Otro amor, o tal vez pasión, que lo arraigó más a la Arenosa fue el carnaval. Como sociólogo, Fernando entendió que no podía estudiar la cultura sin vivirla. Y decidió unirse a una comparsa de marimondas. Por tres meses ensayó como uno más de los carnavaleros para disfrutar de principio a fin la fiesta más importante no solo de Barranquilla, sino del país.

“Yo la pasé rico, bacano, sano. Y comparé la diversión en España con la de Barranquilla, y, contra todos los clichés, aquí es mucho más sana”, narró.

Lo que más le sorprendió fue el ambiente durante los cuatro días de fiesta. “Pensé que sería como en España, pero no fue así. Me llevé una gran sorpresa”, expresó Fernando emocionado.

Hoy, estos dos extranjeros han recorrido juntos la ciudad probando cada nuevo plato que descubren, así como cada rincón de la ciudad.

Han coincidido en que lo que más los ha conquistado de la ciudad es la gente y la comida, mientras que para Fernando uno de los lugares que más lo ha cautivado son los tajamares de Bocas de Ceniza, y para Ricardo el Malecón del Río es uno de sus lugares favoritos.

Hoy con 62 años, a Fernando su estancia temporal de tres o cuatro años se le convirtió en más de 10 años y con la firme intención de seguir aquí.

Y para Ricardo regresar a su país no está en sus planes, e insiste en que como dice la canción: “En Barranquilla me quedo”.