Sociedad

Mecedoras: el vaivén que inspira a los artesanos y comerciantes

Caminando por las calles, en la sala de una casa o un sitio de Internet, este elemento tradicional de la cultura caribeña mantiene intacto su encanto.

Al amanecer, cuando la mayoría duerme, Álvaro Flórez ya está gritando a todo pulmón: “¡Se le teje la mecedora!”. Desde los ocho años, el momposino que llegó hace medio siglo a Barranquilla, se levanta todos los días a las 4:00 de la mañana para iniciar el recorrido en búsqueda de clientes que necesiten de su arte.

Comienza en el barrio La Manga y se desplaza hacia el norte de Barranquilla. Antes de ponerse manos a la obra, las piernas y su garganta han hecho la primera parte del trabajo.

Flórez porta un amplio morral en el que lleva varios kilos de paja para realizar enjuncados de mecedoras en las afueras de las casas bajo un árbol que le dé sombra y ventilación. Los arreglos que realiza tardan más o menos dos horas y media.

“Empecé a trabajar con Lisandro Blanco, el mejor carpintero de las mecedoras momposinas. Una vez fuimos a la casa de una señora para que yo le tejiera una mecedora y cuando llegamos me llevé una sorpresa desagradable por parte del maestro que me dijo: ‘Lo voy a traer a trabajar pero cuidado se va a coger algo’”.

En ese momento sentimientos de tristeza y decepción se apoderaron del niño “ilusionado”, que ansiaba ayudar a su familia económicamente y progresar en el arte.

 

Álvaro Flórez, artesano tejedor momposino que emigró a Barranquilla. Johnny Olivares

Álvaro decidió no trabajarle, pero la mujer insistió. En medio de la necesidad le dijo que “le iba a tejer la mecedora pero en la calle”. En ese momento, según cuenta, fue cuando se ubicó bajo el palo frondoso que estaba frente a la casa de ella. “Por eso es que usted ve que los tejedores se ponen bajo un palito por la sombra. Eso lo inicié fui yo”, expresó.

El artefacto que sirve para posar los glúteos y recostar la espalda es un elemento tradicional de la cultura caribeña que adquirió un significado especial con el paso de los años. Su presencia por más de dos siglos en la región la convierten en el elemento predilecto que facilita confesiones y atrae recuerdos.

La mecedora ha tejido sólidamente un vínculo de encuentros y tertulias en el que salen a flote chismes, anécdotas e historias. Es un cómodo viaje hacia la espontaneidad y la relajación que ha ido evolucionando.

Puede resultar raro el barranquillero que diga que no ha tenido el placer de balancearse en una mecedora, bien sea en la terraza o bajo la sombra de un árbol, sentir la brisa fresca en medio de los cuentos del vecino o de un familiar. Su relevancia en la vida cotidiana del Caribe colombiano se mantiene y es por ello que se exalta la labor del artesano que está tras el proceso de fabricación.

Carlos Saavedra, tejedor de mecedoras y sillas en tubito PVC. Johnny Olivares
Tejer fue su medicina

A los 72 años descubrió, obligadamente, una nueva pasión. Carlos Saavedra, ese mismo que a los 70 seguía activo trabajando y llevando el pan a la mesa de su casa, la diabetes lo dejó sin su pierna izquierda y el pie derecho.

Luego de llevar toda una vida en un taller de mecánica industrial en el que el tráfico de comida ‘chatarra’, gaseosas y dulces era cosa de todos los días, su estado de salud se vio afectado.

Cierto día se me presentó la inflamación de un dedo del pie y ahí empezó. Yo volví a caminar otra vez y me lo habían advertido que no podía estar en el taller. Tenía un dolor en el pie izquierdo y de pronto se fue abriendo un huequito, cuando fui a ver, me amputaron la pierna izquierda”, contó.

En medio del dolor y la frustración, el acompañamiento de personas que lo querían le hizo caer en cuenta que aunque sus extremidades inferiores no le servían, su cerebro y manos seguían intactos.

“Mi vida cambió en muchos sentidos. Yo teniendo 70 era un tipo muy activo y cuando me pasó lo de la enfermedad, personas me decían que aunque estuviera mocho todavía tenía cerebro y manos para seguir haciendo cosas. A raíz de eso me inspiré en hacer algo: tejer mecedoras y sillas”.

El hombre de 76 años, siempre apasionado por la fabricación de cosas, eligió el arte de tejer para despejar su mente, obtener ganancias y sentirse “útil”.

Antonio Sierra, emprendedor de muebles autóctonos. Johnny Olivares
Modelo de negocio

Luis Bravo y Antonio Sierra, de 47 y 24 años, vieron una oportunidad de negocio en las mecedoras tejidas en tubito de pvc.

Bravo, un pastuso que sin saber leer ni escribir llegó a Barranquilla hace 25 años, y logró montar su propio taller de carros, se vio perjudicado por la pandemia y supo que las mecedoras podían ser una alternativa económica. Montó su venta callejera en la carrera 50 con 70 y piensa seguir en el negocio.

“La pandemia me puso a inventar otras cosas para poder hacer. Yo veía que las sillas y mecedoras en este material estaban en la mayoría de las casas de los barranquilleros y decidí entrar al negocio. Me ha ido muy bien”, aseguró.

Por su parte, Antonio Sierra, un joven apasionado por el diseño decidió crear  al inicio de la cuarentena ‘De mimbre’, una tienda en línea en la que ofrece muebles autóctonos del Caribe.

“Quise homenajear los mecedores que veía en la casa de mis abuelos, la versatilidad de los colores y los distintos tipos de tejido que se pueden lograr con mimbre. Desarrollé un concepto de marca que a la gente le gustó y poco a poco fueron apareciendo socios comercializadores, propietarios de algunos e-commerce que también distribuyen mi arte”, apuntó el joven.

Los cuatro hombres: Álvaro, Carlos, Luis y Antonio, que tienen en común este artefacto ancestral propio del Caribe, creen que las mecedoras no estarán en desuso, que los materiales que utilizan tienen años de vida útil y que la tradición de sentarse en ellas para propiciar el diálogo irá de generación en generación.

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