“This is the Cumbia Moderna de Soledad City”, dijo en 1979 Pedro Ramayá Beltrán en uno de los temas del disco La Clavada. Y no, no estoy desvariando ni traduciendo al inglés sus palabras. Así tal cual lo dijo. En otro idioma. El suyo propio.
En ese año, el genio de Patico, corregimiento de Talaigua Nuevo, Bolívar, puso a la flauta a “hablar inglés” para hacer un cover de la canción Da ya think i’m sexy? Inmortalizada en la voz de Rod Stewart y que el ‘Rey del Millo’ versionó a su manera.
Apenas 12 meses antes de aquella hazaña, el artista británico había lanzado al mercado su álbum Blondes Have More Fun, un disco de platino que puso a bailar a medio planeta al ritmo de la música disco.
Cualquiera en su sano juicio pensaría que las luces de neón de los clubes londinenses y el calor picante de los bailes populares del Caribe eran líneas paralelas. Pero, para Pedro Agustín Beltrán Castro la música no tenía fronteras, solo ritmos esperando ser domesticados por su instrumento. Él tomó ese éxito mundial comercial, lo metió en un estudio de grabación y lo sacó convertido en Crees que soy sexy, cantado en un inglés machacado, extraño, pero tremendamente sabroso y original.
Aunque pudiera parecer una simple ocurrencia pasajera, realmente fue una jugada calculada de un músico que entendía perfectamente hacia dónde soplaba el viento sonoro de la época. Para Dyekman Rangel, coleccionista y director de la Fundación Sonido Periférico, esta movida tiene una lectura muy clara sobre la genialidad del maestro. “Crees que soy sexy, de La Cumbia Moderna de Soledad, es una declaración de autoridad que muestra una pequeña parte de una cosmovisión musical sui generis (única en su estilo) en la que la exploración y la vanguardia son la constante”.
Al escuchar hoy esa pista, a casi medio siglo de su publicación, queda claro lo visionario que fue Beltrán al grabar este tema. Mientras gran parte de la escena musical se aferraba a las raíces más puristas de la tradición, él decidió que el folclor también podía mirar hacia afuera y apropiarse del mundo. Si la gente estaba consumiendo música disco, la cumbia también iba a tener su propia bola de espejos, pero construida a punta de tambores alegres y caña de millo.
Rebelde en el millo
Pedro Beltrán venía de hacer escuela en las grandes ligas. Había pasado por la dirección musical de Efraín Mejía, el reconocido creador y líder de La Cumbia Soledeña. Allí afiló su oído y entendió las dinámicas del público fiestero, pero su cabeza pedía más volumen y más riesgo. Por eso empacó su flauta y fundó su propio proyecto musical, al que bautizó de forma reveladora: La Cumbia Moderna de Soledad.
“Pedro ‘Ramayá’ Beltrán estuvo siempre a la vanguardia de lo que sucedía en el mundo musical. No por nada su grupo se llamó La Cumbia Moderna de Soledad, y sus significativos aportes, así como su apertura al universo de la flauta de millo, son una invitación a las nuevas generaciones a aventurarse a hacer lo distinto, lo que nadie ha hecho, lo diferente, porque él marcó un antes y un después en la música del Caribe con su frenética y endemoniada versión de ‘Ramayá’ algo nunca antes visto”, añade Rangel.
El primer gran golpe de esa modernidad caribeña, de acuerdo con el experto, quedó prensado en el icónico vinilo Carnaval 76, una compilación de Discos Tropical que se volvió la banda sonora obligatoria de las verbenas.
En ese disco aparecían joyas que hoy son himnos, cantadas por la inconfundible voz de Nury Borrás. Allí figuraban temas como Niña niña, Compa compa, Las cuatro fiestas, La pollera colorá y una versión muy singular de La saporrita que el grupo rebautizó como El saporrito.
Otros sonidos
Pero hubo un corte en particular que rompió todos los moldes conocidos y que terminaría por reescribir la identidad del flautista. El músico mozambiqueño Afric Simone tenía pegada en la radio mundial una canción exótica y vibrante llamada Ramayá.
Pedro escuchó los vientos y los coros africanos de ese tema y de inmediato supo que esa energía cabía perfectamente en los compases de una cumbia rápida. La adaptó, la metió al estudio y el resultado fue un huracán absoluto. La versión de Beltrán era frenética y endemoniada, algo que la gente del Caribe nunca había presenciado. “Fue tal el éxito que no había caseta o baile en el que no se la pidieran, y después de ello pasaría a llamarse Pedro ‘Ramayá’ Beltrán”, dice el director de la Fundación Sonido Periférico.
Ese éxito monumental fue apenas la puerta de entrada a su laboratorio internacional. Si podía hacer cumbia con pop africano y música disco británica, la música clásica europea tampoco iba a escapar de sus manos.
‘Ramayá’ agarró El Danubio azul, el respetado vals del compositor austriaco Johann Strauss, y lo puso a caminar a ritmo de tambores. Estas versiones de las músicas del mundo fueron la forma en que ‘Ramayá’ demostró empíricamente que la flauta de millo era un instrumento universal, capaz de dialogar de tú a tú con cualquier género sin sacrificar un solo gramo de su esencia ribereña.


