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Barranquilla tiene una forma particular de olvidar, pero también tiene una manera obstinada de recordar a quienes la amaron con furia. El pasado viernes 6 de febrero, el calendario marcó un hito que se sintió en las brisas del barrio El Prado, el centenario del natalicio de Alfredo De la Espriella.

No es una fecha cualquiera. Se trata de un siglo de una vida que decidió, hace mucho tiempo, que su propósito sería que nada ni nadie cayera en el olvido. Si la ciudad tiene memoria, esa memoria llevaba sus apellidos.

Alfredo no era un hombre de una sola faceta. Intentar definirlo es una tarea ingrata porque se corre el riesgo de dejar por fuera la mitad de su alma. Fue un polímata caribeño, un genio que se movía con la misma elegancia en los salones de la alta sociedad que en el desorden festivo del bordillo. Sin embargo, si hay una imagen que perdura, una estampa que define su centenario, es la de un hombre con una pequeña libreta en la mano, anotando los secretos de una ciudad que no sabe guardar silencio.

El misterio de la libreta

Durante décadas, mucho antes de que las redes sociales dictaran la agenda pública, Alfredo De la Espriella ya tenía su propio algoritmo. Era análogo, de papel y tinta, y lo llevaba en el bolsillo de la camisa. El Bando de Carnaval, ese acto solemne y mamador de gallo donde se decreta el inicio oficial de la fiesta, no era para él un simple trámite burocrático de la realeza fiestera. Era, y sigue siendo gracias a él, un espejo de la realidad social.

Quienes lo veían caminar por la ciudad durante el año notaban su rutina. Alberto Martínez Pacheco, uno de los más cercanos y actual presidente de la Asociación Movimiento Cívico Todos por Barranquilla, solía preguntarle con curiosidad por ese pequeño objeto que cuidaba con celo.

“Él en el año tenía una libretica donde iba apuntando cuestiones que pasaban. Yo le decía: –Alfredo, ¿y esa libretica qué es?–. Él me respondía: –Esto es un misterio–. Y cuando llegaba el momento del bando sacaba todo de ahí, porque el bando siempre tiene que ver con lo que está pasando”, explicó Martínez Pacheco.

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No era un diario íntimo, era la crónica de la vida diaria. Allí apuntaba los deslices de los políticos, los escándalos de la farándula, las crisis económicas y las alegrías del pueblo. Todo iba a parar a la libreta. Era un método riguroso, casi científico, aplicado al arte del “perrateo”. Cuando llegaba enero y el ambiente empezaba a oler a maicena, Alfredo abría la libreta y dejaba salir los demonios y los ángeles que había recolectado durante 12 meses.

Ese era el legado de la libreta. Cincuenta y nueve bandos ininterrumpidos salieron de su ingenio. Casi seis décadas donde Alfredo, a través de la boca de las reinas, puso orden en medio del desorden.

Mabel Gasca, investigadora de las carnestolendas, lo tiene claro: él fue el arquitecto del “decreto parrandero”. Antes de él, quizás había pregones, pero fue Alfredo quien le dio estructura, quien convirtió la Lectura del Bando en una cátedra de actualidad con rima y sabrosura.

Las tablas y la voz

Si el Carnaval era su patio de recreo, el teatro era su templo. La figura de Alfredo De la Espriella no se explica sin el olor a madera vieja de los escenarios y el polvo de las tramoyas. Su formación no fue improvisada. Siendo apenas un muchacho, recién salido del colegio, empacó maletas y se fue al sur del continente, a Argentina, para beber de la fuente del periodismo y el teatro porteño.

Allá se ilustró, refinó el gusto, y trajo de vuelta a Barranquilla una visión cosmopolita que urgía en una ciudad que crecía de forma rápida y desordenada.

Para las décadas del 40 y el 50, su nombre ya pesaba en los programas de mano. No era un aficionado; era un motor cultural. La historia del teatro en Barranquilla le debe capítulos enteros. Trabajó codo a codo con la inmensa Amira De la Rosa, esa otra gigante de las letras y la dramaturgia local. Alfredo no solo actuaba, también escribía la historia de lo que vivía. En 1982, plasmó en un libro de la Sociedad de Mejoras Públicas lo que significó aquella época dorada. Recordaba cómo obras de Amira, como Las viudas de Zacarías o Piltrafa, revivieron las veladas teatrales que la ciudad tanto necesitaba.

Hay un dato que duele y que Alfredo narró con la indignación propia de quien ama el patrimonio: la demolición del viejo teatro municipal, el “Emiliano”. Fue una herida abierta en la cultura local. “Inexplicablemente”, escribió él, se derribó aquel coliseo, y más inexplicable aún fue la apatía con la que se tomó el hecho. Pero Alfredo no era hombre de quedarse en la queja. Ante la falta de escenarios, se inventó los suyos.

Fue pionero de los Festivales de Teatro Costeño en 1950, buscando fondos para un nuevo teatro. Y cuando las paredes físicas faltaron, usó las ondas hertzianas. El radioteatro se convirtió en su trinchera. Dirigió programas en Emisora Atlántico y La Voz de la Patria, llevando a Shakespeare, a los hermanos Álvarez Quintero y a la misma Amira a los hogares barranquilleros que se reunían alrededor del aparato de radio.

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En diciembre de 1944, por ejemplo, fue parte del elenco que estrenó Las viudas de Zacarías en Bellas Artes, compartiendo escena con figuras como Mercedes Arrieta y Ricardo Simond.

Alfredo estaba allí, siempre en el centro de la acción, actuando, dirigiendo, empujando el carro de la cultura.

Su talento no se quedó encerrado en las fronteras del Atlántico. En los años 60, llevó el nombre de Barranquilla a Ibagué, al Festival de la Canción, pero no a cantar, sino a demostrar que en el Caribe también se hacía teatro.

Álvaro Suescún, investigador cultural, recuerda esa gesta con admiración. Alfredo y su compañía, que incluía a talentos como Mery Logan y los hermanos Falquez, arrasaron. Se trajeron el primer puesto con unas comedias sobre el carnaval. Fue la validación nacional de que lo que se cocinaba en Barranquilla tenía calidad de exportación.

El eco de un centenario

Alfredo De la Espriella se fue una madrugada del jueves 30 de enero de 2025, pero en realidad no se ha ido. Al cumplir cien años de su nacimiento, la ciudad se enfrenta al reto de merecer su legado.

Alberto Martínez Pacheco dice que debe crearse una cátedra del civismo, de todo lo que Alfredo engloba para seguir creciendo como sociedad, uno de sus más grandes sueños.

La idea es que la jocosidad y la agudeza crítica de Alfredo no mueran con él. Barranquilla está llena de “pelaos” ingeniosos, de jóvenes con chispa, pero esa chispa necesita dirección para convertirse en llamarada. Martínez sueña con que las nuevas generaciones lean a Alfredo, estudien su métrica, su capacidad de observación, y se atrevan a escribir sus propios bandos. Que la sátira política y social siga siendo una herramienta de catarsis colectiva.

Alfredo fue el “bandolero mayor”, el guardián celoso de la historia, el actor que nunca bajó el telón. Su vida fue una obra en tres actos: la fiesta, el arte y la memoria. Hoy, a cien años de su primer llanto, su risa todavía se escucha en cada esquina donde alguien se atreve a mamar gallo con elegancia, en cada escenario donde se abre un telón y, sobre todo, en cada bando que se lea mientras exista el carnaval.

Su figura fue tan inmensa que desbordó los títulos. Escritor, gestor, periodista, actor. Al final, quizás la mejor definición sea la más simple: fue un barranquillero que se tomó en serio la tarea de amar a su ciudad, anotando cada detalle en una libretica para que nosotros, los que venimos después, no cometamos el pecado de olvidar quiénes somos.

Adolfo Maury y su tributo

Otro carnavalero de pura cepa Adolfo Maury Cabrera, Rey Momo 2026, homenajeó a Alfredo De la Espriella en su centenario. “Era guardián y custodio de la memoria histórica de nuestra ciudad, quien inmortalizó su amor por esta tierra en letras jocosas y rimas irreverente, junto al legado de Enrique Salcedo, dos pilares que guardan la memoria viva”, dijo.