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Barranquilla

“Solución del conflicto exige mucha generosidad”

El periodista Enrique Santos Calderón, que acaba de publicar ‘Así empezó todo’, libro sobre el origen del proceso de paz, dialoga con Armando Benedetti, quien inicia este domingo una nueva etapa de colaboración con EL HERALDO.

Inteligente, polemista, escéptico, estudioso, disidente arrepentido, arrepentido del arrepentimiento, periodista en serio, en rigor y en horas extras; guardián de las ruinas de cualquier romanticismo o ingenuidad. Enrique Santos Calderón: sobreviviente confeso de aquel sueño tumultuoso de los sesenta. La paz que ahora parece posible no lo sería sin lo que él ya hizo desde las sombras de unas bambalinas de un poder que le es tan extraño y tan entrañable.

La experiencia histórica demuestra que la paz y la justicia no se avienen fácilmente. José Manuel Vivanco, dirigente de Human Rights Watch, se ha opuesto a las penas y al Marco Jurídico para la Paz. Muchos activistas de los derechos humanos, en un inesperado giro de inocencia, devoción por lo legal y obsesión por la “cero impunidad”, parecerían facilitar las estrategias de quienes desean la guerra infinita. Hay un grupo de filósofos y ensayistas contemporáneos (Slavoj Zizek, Costas Douzinas, Alain Badiou) que reprochan a los derechos humanos el haber perdido su finalidad al dejar de ser una práctica de resistencia para convertirse en lo contrario. Me gustaría conocer su opinión al respecto.

Sería muy incongruente, para no decir inverosímil, que los defensores de derechos humanos fueran agentes encubiertos de una estrategia tal. Claro que el activismo extremo de algunos de estos grupos, con sus dosis de inocencia o ingenuo radicalismo, conduce a veces a situaciones incompatibles con la más elemental realidad política.

En un caso como el colombiano, con un conflicto armado tan viejo, complejo y degradado, también se ha dicho repetidamente que la justicia –por ejemplo en las exigencias de cero impunidad– no pude convertirse en una talanquera para la paz. Lo reiteró el nuevo presidente de la Corte Suprema de Justicia, cuando advierte que “ninguna institución jurídica puede ser obstáculo ni camisa de fuerza para impedir la paz”.

Me explico mejor: si en torno del actual proceso de paz se logra consolidar en el país un profundo y real consenso social y político, entonces los condicionamientos que hoy traza la justicia penal internacional pueden volverse secundarios o, inclusive, irrelevantes.

El asunto es complicado, porque la sociedad espera que haya sanción para tantos crímenes horribles, aunque no hay acuerdo alguno sobre cómo ni cuánto ni quiénes. Me parece que podría haber una fórmula intermedia entre lo que ha dicho el fiscal Montealegre sobre “cierre jurídico” de todos los procesos derivados del conflicto armado y el blindaje de los acuerdos de La Habana mediante un “pacto para la paz”, como el sugerido por el procurador Ordoñez, que contemplaría unos “mínimos de justicia”. A una solución de fondo al conflicto colombiano hay que meterle mucha imaginación y no poca generosidad.

¿Qué opinión le merece el que José Manuel Vivanco se haya referido al Marco Jurídico por la Paz como una “piñata de impunidad”?

Respeto y conozco a José Manuel Vivanco. Cumple una difícil tarea por todo el Hemisferio en defensa de los derechos humanos. Pero otra cosa son algunos de sus juicios sobre la encrucijada colombiana. Calificar iniciativas que buscan darle sustento legal a los eventuales acuerdos de paz como una “piñata de impunidad” refleja un fundamentalismo jurídico que no facilita la solución de nuestro conflicto armado.

En medio de tantas tesis que van y vienen, de los debates aquí y en el exterior y del evidente confusionismo jurídico que rodea al tema, lo más sobresaliente ha sido la propuesta del expresidente César Gaviria de “justicia transicional para todos”, combatientes y no combatientes. Él sostiene que la negociación de paz debe cerrar la puerta a actuaciones judiciales que sigan buscando responsables del conflicto, porque de lo que se trata es de “ponerle fin a la guerra de manera definitiva y de definir, de una vez por todas, las responsabilidades judiciales de los distintos actores”.

La propuesta del ex presidente liberal ha caído bien en muy diversos sectores, aunque falta aterrizarla y calibrarla en todos sus matices. Ya se ve que su desarrollo suscitará más de una polémica en este país de leguleyos de derecha e izquierda. Como sea, y el debate apenas comienza, lo de Gaviria es un aporte audaz y bienvenido porque va al meollo del asunto.

Es probable postular que todo orden político sea un ordenamiento del sufrimiento. Lo cual sugiere que desde la política se escoge quiénes recibirán más sufrimiento, quiénes estarán más expuestos a él, quiénes pueden prevenirlo y mitigarlo. ¿Se puede postular entonces que la violencia y la guerra son decisiones políticas que han propiciado intencionalmente el sufrimiento?

Pregunta abstracta y un tanto confusa. ¿Que si la violencia y la guerra son decisiones políticas para prolongar el sufrimiento? ¿Que si desde la política se escoge quién sufrirá más? No sé. Tal vez sí; tal vez no. Pero no creo que la cosa sea tan elemental y maniquea.

Hitler, producto del deseo de vengar la humillación alemana tras la Primera Guerra Mundial, escoge la guerra para imponer no solo el sufrimiento, sino la exterminación del pueblo judío. Decisión política, por supuesto. Y hay que ver sus resultados.

Muchas décadas después, el presidente George W Bush decide invadir Iraq y bombardear Afganistán para vengar el atentado de las Torres Gemelas. Ya sabemos del resultado de semejante aventura.

Siempre las guerras y sus sufrimientos son resultado de decisiones políticas. Pero saber eso no nos dice nada nuevo. Si acaso nos advierte sobre la insensatez que casi siempre las acompaña. Y la necesidad de evitar hacia el futuro semejantes derramamientos de sangre. Pero la humanidad parece no aprender de su propia historia.

Se supone moralmente vergonzoso olvidar los horrores del pasado. Al contrario, se considera una virtud social recordarlos. ¿Qué dosis de recuerdos y olvidos serían recomendables para enfrentar situaciones de guerra y urgencias de reconciliación?

Nunca hay que olvidar los horrores del pasado. Siempre hay que estarlos recordando. No se trata de ‘dosis’ de recuerdos y olvidos. La reconciliación viene con la asimilación franca y autocritica del pasado; con las adecuadas dosis –ahí si necesarias– de verdad, perdón, reparación y compromisos de no repetición.

Derrida pensaba que lo único que hay que perdonar es lo imperdonable. Y que el perdón no se compra con solo arrepentimiento, que tiene una irreductible gratuidad, que siempre es dar de más. De hecho, en el crimen definitivo, que es el asesinato, el perdón es imposible por la muerte de quien podía perdonar. Así las cosas, y así concebido, ¿el perdón tiene socialmente algún sentido y efecto?

Otra pregunta enrevesada. Lo de Derrida me parece acertado, aunque me confunde lo de la “irreductible gratuidad”. Pero es obvio que el perdón tiene sentido y efecto.

Para aterrizar en temas terrenales, el perdón (junto con la verdad) fue crucial en la resolución de un conflicto con tan profundas raíces culturales, políticas y raciales como el de Suráfrica.

En Colombia, el perdón es “un mal necesario”, como me dijo una vez el sacerdote Francisco de Roux. No es fácil, por supuesto, con el cúmulo de injusticia, barbarie y crueldad que ha tenido nuestro medio siglo de desangre interno, cuya resolución pondrá a prueba la capacidad de la sociedad para perdonar. Sin olvidar. Porque lo primero es necesario y lo segundo es imposible.

El ataque criminal a la revista francesa ‘Charlie Hebdo’ desató otra polémica sobre los límites de los derechos de opinión y de libertad de prensa. Sin esos derechos la democracia se supone imposible. No ocurre lo mismo con otros derechos fundamentales, incluyendo el de la vida misma. Las democracias liberales se las arreglan para vivir sin muchos de esos derechos fundamentales. ¿Podríamos pensar que la libertad de prensa resulta beneficiada de una protección mediática de la que carecen otros derechos?

Sí, la libertad de prensa ha gozado en las sociedades liberales capitalistas de un fuero especial. Que nace de la sabia convicción de que la libertad de expresión es sustento de subsiguientes derechos y libertades. Es condición esencial de una democracia constitucional, tal como se le ha entendido en Occidente.

Desde comienzos del siglo pasado, el periodismo serio ha procurado actuar como vocero y defensor de los intereses de la comunidad frente a los poderes fácticos.

Pero también, por eso mismo, cuando la prensa traiciona su legado y abusa de su influencia para defender intereses ocultos; cuando miente, calumnia, incita al odio o al delito, esa misma democracia debe tener las leyes para impedirlo. En esto no puede haber fueros especiales. No hablo, por supuesto, de leyes de medios como las que aplican no pocos gobiernos para evitar que los investiguen o critiquen.

Dicho esto, hay que reconocer que el periodismo ya no es lo que era. El mundo de internet, con todo lo que ha implicado como revolución democratizadora de la información, también es la frivolización de un oficio en el que la paciencia investigativa, el rigor intelectual, el conocimiento histórico, la formación cultural, el dominio del lenguaje, la edición rigurosa, el compromiso con la verdad, el culto de la independencia, la vocación crítica, el esfuerzo del contexto, amén de otras virtudes en extinción, eran lo que definían a un periodista de verdad.

Hoy, al lado de la proliferación de blogueros y twiteros de todos los pelambres y del debilitamiento económico de la prensa escrita, se consolidan los mega imperios de la comunicación (Google, Microsoft etc.) y desaparecen cada vez más medios tradicionales.

Los grandes diarios emblemáticos de Europa y Estados Unidos, que eran ejemplo de independencia política y fiscalización del poder, han sido absorbidos o son apéndices de grandes consorcios financieros cuya vocación no es la periodística, y no solamente por allá. ‘The Washington Post’, el que tumbó a Nixon, es comprado por una suma irrisoria por el dueño de Amazon; ‘El País’ de Madrid, por un fondo de inversión americano; ‘Le Monde’ no se sabe de quién depende; el mayor accionista individual de ‘The New York Times’, considerado el mejor diario del mundo, es hoy el controvertido magnate mexicano Carlos Slim. Los ejemplos son tan numerosos como descorazonadores.

Usted es un producto de Mayo del 68. Un producto de las tantas cosas que ocurrieron en aquellos años sesenta. Lumunba, Kennedy, Fidel, el Che, Warhol, Mary Quant, Hochi-Min, Marcuse los Beatles, Marilyn y docenas de etcéteras. Hay quienes creen que todas las revoluciones de la época fueron esporádicas, relumbrantes, efímeras e inútiles. ¿Usted también? Sea lo que fuese, ¿piensa, en retrospectiva, que esos acontecimientos lo marcaron para siempre?

Parecería un poco arbitrario meter en el mismo saco a Marilyn Monroe y a Hochi-Minh; a Patricio Lumunba y a Andy Warhol, pero, sí, todos eso personajes tan disimiles actuaron e impactaron en los excepcionales años 60, y produjeron revoluciones pequeñas o grandes, relumbrantes o efímeras, pero en ningún caso inútiles. Algunas más perdurables que otras, pero todas produjeron un impacto en las creencias, modas y valores de los años 60. Tras los cuales cambió, de una manera limpia y casi poética, la actitud de una generación frente al sexo, la religión, la música, la familia y las tradiciones políticas.

El hecho de que las consignas utópicas de “la imaginación al poder” o el “prohibido prohibir” no se tradujeran en realidades prácticas no minimiza la enorme dimensión política y social que tuvieron. Fue un movimiento ruidosamente contestatario, lleno de entusiasmo y color, influido por todas las vertientes del marxismo en boga (maoísta, trotskista, guevarista, soviético...), que terminó asfixiado por sus propio radicalismo y contradicciones internas, pero que marcó a una generación y a una época. La de los movimientos de liberación anticolonial en África, de la guerra de Argelia y de Vietnam, de las lucha por los derechos civiles en Estados Unidos; de los focos guerrilleros en América Latina, de la revolución sexual, musical y cultural…

Yo estudiaba ciencias políticas en Múnich y con un grupo de amigos quisimos viajar a París durante los acontecimientos de mayo, pero ya el gobierno de De Gaulle había cerrado las fronteras de Francia para impedir el ingreso de “agitadores internacionales”.
Pero, para volver a su pregunta, sí, hechos como esos dejan huellas imborrables en la memoria y, por más distancia que con el tiempo se tome frente a ellos, lo marcan a uno para siempre. Siento que fue un privilegio excepcional haber podido vivir como viví aquellos años 60.

¿Usted cree que el paramilitarismo fue desarticulado en Colombia? ¿O cree que las bacrim son en realidad aquellas organizaciones criminales con otra etiqueta?

No son exactamente lo mismo,  porque ya no existen Autodefensas Unidas de Castaños, Macacos y don Bernas, sino ‘Urabeños’ y ‘Rastrojos’ de Úsugas y Megateos. Cambian los jefes, cambian los nombres, pero el fenómeno persiste. Las bacrim son el paramilitarismo reciclado. Más precisamente, la versión actualizada del narco-paramilitarismo de los años 80 en el Magdalena Medio.

Yo digo en mi libro ‘Así empezó todo’ que las bacrim son un fenómeno complejo con muy extendidos tentáculos geográficos, enraizado con mafia, guerrilla desmovilizada, sectores de la clase política y la fuerza pública. Es el crimen organizado en todas sus manifestaciones: tráfico y exportación de droga, contrabando, extorsión, sicariato, despojo de tierras…

Alain Badiou piensa que todo lo que los años sesenta habían pensado y propuesto quedó aplastado por el desplome del marxismo revolucionario y de todo el progresismo que de él dependía. Desde entonces, y desposeídos de un “sentido” de la historia, todo lo contestatario se limitó y resignó a la economía capitalista, la democracia parlamentaria y la ideología liberal de los derechos humanos. ¿Usted comparte esa opinión? O, al revés, ¿comparte aquella resignación?

Siempre me ha producido cierta hilaridad la pedante propensión de tantos pensadores ilustres a emitir sentencias categóricas sobre el devenir contemporáneo. Basta recordar la tesis del profesor japonés Fukiyama, que tanto conmocionó al mundo académico de Estados Unidos, sobre “el fin de la Historia” a propósito del desplome de la Unión Soviética. Pero el fin de la Guerra Fría y el fracaso del ideal comunista no significó por supuesto el fin del conflicto humano ni de las contradicciones de la Historia.

¿Quién se iba a imaginar que a estas alturas del siglo XXI apareciera un autodenominado Estado Islámico que quiere imponer un regreso del Medio Oriente al Califato y cada semana decapita en vivo y en directo a decenas de “infieles”, frente a una aterrada audiencia globalizada y a la manifiesta impotencia de los poderes “civilizados” de Occidente?

Nunca he leído al señor Badiou que usted cita, pero sobre el tema le reitero lo antes dicho: los cambios culturales que produjeron los años 60 no son “aplastables” por el fracaso del marxismo revolucionario. Sus aportes son indelebles y transformaron conductas y creencias de la sociedad.

No triunfó esa utopía como doctrina de poder o forma de gobierno, por supuesto. Como tampoco la de la sociedad sin clases del marxismo puro. La democracia liberal ha demostrado ser la más perdurable, realista y ecuánime.

Con la victoria de Syriza en Grecia, el espectacular ascenso del partido Podemos, en España, y los efectos de contagio que los observadores temen en el calendario electoral europeo, ¿estamos frente a los primeros intentos de organización política de las indignadas tomas de las calles y plazas del continente europeo? ¿O hay que mirar despectivamente hacia otro lado y suponer esas insurgencias populismos efímeros, inocentes y perecederos?

Son la demostración, entre otras cosas, del fracaso y de los efectos contraproducentes de las políticas de ‘austeridad fiscal’ impuestas por la estrategia hace tiempo concebida por el ya desdibujado Fondo Monetario Internacional.

Se está demostrando que no es viable políticamente, ni aceptable socialmente, que los costos de las crisis producto de las políticas económicas de los gobiernos los paguen siempre los mismos.

Aplicar las mismas fórmulas de austeridad y restricciones sin fomentar la inversión pública productiva e inyectarle vida a la economía, solo agudizará el malestar social y la inconformidad política que se vive en esos países. La rebelión de los indignados en Grecia, España, Italia es la reacción de quienes no aceptan que su nivel de vida siga cayendo mientras que a su alrededor crece la corrupción política y la brecha entre ricos y pobres.

En Estados Unidos se está dando una creciente recuperación económica, mientras que el panorama europeo sigue sombrío. No sé cuál será el rumbo político del Viejo Continente con el auge de los nuevos partidos contestatarios. Su indignación es comprensible, pero sus fórmulas para salir del atolladero pueden ser inviables o sencillamente catastróficas. El populismo siempre ha demostrado ser un remedio peor que la enfermedad.

Por otra parte, preocupa que de las lúgubres barriadas de emigrantes árabes o africanos de Londres o París, de las entrañas una juventud marginada y rencorosa, estén saliendo reclutas para los grupos yihadistas que abominan todo lo que Occidente representa.

No hay duda de que la hegemonía conservadora no solo ha conducido, en esta sociedad globalizada, a una severa, innegable e histórica crisis del capitalismo, sino que esa crisis ha dejado profundas cicatrices sociales y un desprestigio alarmante de la política. ¿Será ese el escenario para la renovación de la política y la restauración de las izquierdas? ¿O la conjetura es que las cosas emporarán?

¿Cómo responder a una pregunta que comienza con “no hay duda…”? En este tema, como en tantos otros, tengo muchas dudas. En mis últimos 50 años he leído y escuchado no sé cuántos análisis sobre la profunda, histórica e irreversible crisis del capitalismo, pero no he logrado asistir al primer entierro real de ese cadáver que, según el marxismo del siglo XIX, portaba el germen de su propia destrucción y ya desde entonces chorreaba sangre por todos sus poros.

No me hubiera disgustado, porque no es que haya sido el más amable de los sistemas. Pero la verdad histórica es que ha perdurado, pese a todos sus sepultureros. De manera franca y casi brutal, como en Rusia y Europa Oriental. O como pragmático capitalismo de Estado, a la manera china o vietnamita.

En Cuba aún no sabemos qué rostro asumirá, pero no demorara en mostrarse. En Venezuela hoy manda, es cierto, el “Socialismo del siglo 21” que se inventó Chávez. Pero, ¿quién puede creer que ese es un escenario para “la restauración de las izquierdas”?
Volviendo a la aludida crisis del capitalismo, llama la atención que en su ya célebre bestseller sobre el tema (‘El Capital en el siglo XXI’), Thomas Piketty sostiene que este sistema económico exhibe hoy un dinamismo inusitado en los países más desarrollados, en medio de una gran concentración de la riqueza y una flagrante inequidad social. Lo que nos regresa al gran interrogante que usted plantea: ¿qué horizontes políticos se vislumbran en un mundo cada vez más globalizado y desigual?
Aún seguimos pendientes de que una izquierda democrática, civilizada y seria nos señale la alternativa.

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