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La economía del rebusque le allana el terreno a la era del posembargo

Taxis, ventas ambulantes y negocios caseros son algunas de las alternativas de los cubanos para aumentar sus ingresos, pese a las restricciones económicas.
Christian Mercado/Enviado especial
Christian Mercado/Enviado especial
Los cubanos, acostumbrados a aumentar sus ingresos con distintas actividades en medio de las restricciones, esperan que con la nueva era que inician su país y los Estados Unidos, la economía nacional comience a mejorar. Christian Mercado/Enviado especial
Por: Iván Bernal Marín @IBernalMarin

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Taxis, ventas ambulantes y negocios caseros son algunas de las alternativas de los cubanos para aumentar sus ingresos, pese a las restricciones económicas.

Solo una ciudad del mundo se puede recorrer rodando en un coco. Y en un par de vueltas, encontrar cantantes vendedoras de maní, afiladores de cuchillos con bicicletas transformers, mánagers de perros modelos y pequeños conatos de emprendimientos caseros cada dos cuadras, entre otras peripecias para exprimirle unos cuantos pesos más al socialismo. Aunque celebran que se asome en el panorama, en La Habana nadie se ha quedado sentado a esperar el posembargo.

Saúl García Castresana es el primero en una fila de cuatro coco-taxis al frente del Hotel Nacional. Una moto con tres puestos atrás bajo un cascarón redondo y amarillo, que deja al pasajero rodando a menos de un metro de los latones de los carros. Hay unos 140 en la ciudad, entre los que "están rotos y los que están vivos". Promociona su servicio prometiendo recorridos por los lugares históricos más representativos, como la Bodeguita del Medio y el Floridita, "los bares de Hemingway". Cobra 20 CUC por una hora de servicio, o dos horas por 30 CUC. Los CUC es como se conocen a los "pesos convertibles", la moneda que manejan los turistas. Cada CUC equivale a unos 1,75 dólares, y es casi imposible encontrar algo por un precio menor a un CUC. Cada uno equivale a 25 pesos cubanos o nacionales, la moneda que usan los locales y que está prohibida para los extranjeros.

Saúl lleva el coco-taxi entre palmeras melenudas y puntiagudos vehículos viejos que brillan como nuevos, en una galería de tonos pastel de amplios edificios art deco bordados por balcones con ropa colgada. "Con sabor a trópico", se lee en letras verdes atrás, arriba de la placa. El vehículo es del estado, de la empresa oficial Cubataxi. Saúl trabaja desde las 5 de la mañana para pagar su alquiler, 9 dólares diarios, más la gasolina. Le invierte unos 20 CUC por día, sumando el 10% que paga de impuestos de funcionamiento al mes. El resto es suyo. "Al final del mes, sacas tú cuentas, según lo que trabajes, según el turismo". Con eso, Saúl sostiene a su hija, una niña de 10 años llamada Cynthia.

Va pasando por el malecón de siete kilómetros, la larga avenida que le da contorno a La Habana. "Ahorita verás, si Dios quiere y los americanos, los yates y cruceros llegando, que no va a alcanzar toda la bahía", dice, señalando una escena poblada de jovencitos morenos en camisillas y short, rociados por los chispazos salados de las olas. La Habana, sin embargo, no huele a mar. La Habana huele a gasolina.

GREMIO DEL TRANSPORTE

La mayoría de carros que recorren las calles son viejas máquinas que tragan gasolina por montones. Algunos, con motores que funcionan directamente con petróleo, como un Chevrolet del 51 parqueado frente a una réplica del Capitolio de Washington en pleno centro de La Habana vieja. "Dicen que este es un poquito más grande", dice Saúl, que no ha salido de Cuba. El Chevrolet negro brillante, de luces redondas como ojos, capó inflado y defensa niquelada, es un taxi particular conducido por su dueño, Roberto Pérez. "Con la gasolina la veía muy negra", dice él, también negro, sobre la decisión de adaptar el motor al petróleo. El litro le cuesta 1,2 CUC, y le rinde para 12 kilómetros. Antes, solo alcanzaba unos 7 kilómetros por litro.

Roberto tiene 59 años y hace 20 compró el carro con el que hoy se gana la vida. Le instaló aire acondicionado: un ventilador de aspas verdes que le apunta a la cara. Es su segundo dueño. El dueño original fue un piloto de la armada estadounidense, que se lo dio como regalo a su hija antes de la revolución. "Me costó 2.000 pesos nacionales. Serían unos 1.000 CUC hoy". Dice que en un día bueno, puede ganar hasta 30 CUC. Pero hay días malos en que no hace ni 5. Toda La Habana transmite la sensación de que debe ser recorrida en estos clásicos motorizados que parecen lanchas, y no en cocos. Pero la competencia está por todos lados. Las calles parecen estancadas en los 50. Incluso el estado renta vehículos antiguos a los turistas que se sienten intrépidos. También hay taxis-clásicos menos relucientes, más oxidados y manchados, que prestan servicio colectivo por una ruta recta a cambio de 1 CUC.

"Maaaaaníiiiiiiiiiii"… es el canto que de súbito interrumpe la conversación. Aparece una morena que usa tres conos de cacahuate como micrófono, e insiste en que no le dejen de comprar porque ella aparece en videos en YouTube. Se siente famosa. En los hoteles en Cuba, el internet funciona mediante tarjetas que cuestan 4,59 CUC por hora. Son unos 6 dólares. Hay que rasparlas para develar dos códigos de 12 números cada uno, necesarios para conectarse. Solo permiten un dispositivo a la vez.
Hay días en que esta manicera contemporánea vende entre 10 y 15 paquetes de cacahuates. Compra una bolsa de una libra por 13 pesos nacionales en el mercado. Le salen 15 conos rellenos que vende por un CUC. Una rentabilidad abrumadora que cualquier empresa gastronómica envidiaría. Ella dice que es por su canto. "Canto esa canción porque es la típica, cuando se iniciaron Los Pregoneros. Aquí en Cuba, Rita Montaner fue la primera que lo cantó. Bola de Nieve también". Así sostiene a su hijo Ramona Pérez, una mujer de 24 años que sin embargo no es nada de Roberto, el taxista que se la ha quedado mirando todo el tiempo. "Aquí abunda mucho ese apellido", dice, ya seria.

Sobre el anuncio de Obama y Castro de reanudar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, Ramona se declara neutral. "No soy materialista". Roberto, como muchos otros, ve más beneficios familiares que económicos. "Es un alegrón, chico. Casi todos los cubanos tenemos familia allá, empezando por mí. Tengo una hija, un hermano, tres nietos. Ojalá y sin mucho lío los cubanos podrán ir de visita pronto. No quisiera irme definitivamente". Todos tienen algo que decir sobre lo que dijo Obama.
Saúl, su competencia en el sector transporte, coincide hablándole desde su coco-taxi. Él tiene 42 años en esta isla, y aunque reconoce que "el dinero de verdad que no alcanza", y que "lo poco que uno gana es para vivir más o menos", remata aclarando que "yo de aquí no quisiera irme nunca". Tal como el taxista Roberto, Saúl es un habanero con el orgullo intacto. Y entre los motivos de los problemas económicos de la isla, encuentra espacio para la autocrítica. "Nosotros derrochamos mucho cuando estaba el respaldo de la Unión Soviética. Se botó mucho. En 1990, llegó Gorbachov y la acabó. La cagó".

SACÁNDOLE FILO AL REBUSQUE

Un tipo largo, como de dos metros de alto, se dobla y se acurruca a pedalear en una bicicleta que no se mueve de su lugar, al pie de un restaurante típico cubano.

Guidomar Fernández modificó su medio de transporte y con un par de varillas negras le ajustó una polea, gracias a la cual, la transforma una estación de afilamiento de cuchillos y tijeras cuando encuentra un cliente que atienda el silbido de su ocarina. El instrumento de plástico con que promociona sus servicios ahora le cuelga del cuello. Guido viste una camisa rosada ancha, empapada en sudor, y una gorra negra. En un bolso deshilachado amarrado a la cintura guarda las lijas y otras herramientas que necesita. Forma parte de una red de 32 afiladores ciclistas, todos residentes del barrio Finca La Catalina. "Es una tradición". Ahora le saca filo a los cuchillos que usarán los turistas para cortar lomos de cerdo balsámico.

Explica que la bicicleta transformer no es idea suya. "La inventaron los hijos de un colega veterano, que ya no podía cargar la sillita porque estaba muy viejo". Guido cobra 10 pesos nacionales por un cuchillo. Si es un machete, cobra 25. No lleva la cuenta del número que afila en un día. Dice que pueden ser 400, 500, y que termina llevándose a casa "doscientos y pico de pesos".

Guido nació hace 43 años en el oriente de Cuba. Hace 10 años empezó a afilar cuchillos para vivir. Le tocó. Tiene formación como maestro de panadería, pero cuando llegó a La Habana no tenía certificado de residencia, y sin eso, "no puedes trabajar en las cosas del estado". Y todos los restaurantes eran del estado. Se vino para acá en el llamado "periodo especial", cuando cayó el apoyo soviético y "no aparecía ropa, carne, arroz, por ningún lado". Sembró y sembró arroz hasta que pudo. Luego decidió probar suerte, buscar oportunidades en la capital del país. Tuvo que inventárselas. Hoy tiene ya todos sus papeles en orden, y sus dos hijos nacieron en esta ciudad. Pero ha elegido persistir en el oficio que lo sacó de apuros cuando más lo necesitaba.

A pocos metros se oye un pitido diferente, detrás del cual hay otra forma de subsistir en La Habana. También con bicicletas modificadas. Joelquis Dupuy viene empujando su bicicleta-carrito de paletas de chocolate. Le instaló una batería de carro para que mantenga la refrigeración, y una grabadora desbaratada con un pequeño amplificador y un reproductor MP3 lanzan la tonada que anuncia su llegada. "La compré y le armé esto. Las posibilidades aquí del cubano". Es un habanero de 33 años, dos hijos y un tatuaje de araña en el cuello. Antes trabajaba en el mercado. Vende helados hace 4 años, "esto acá es candela". Debe pagar cada mes unos 150 pesos nacionales por la patente, el carné que acredita su permiso para vender. Cada tres meses, debe pagar 200 más, dinero de ahorro para cuando se retire. Todo eso es poco ante los 8 dólares que dice que se gana al día, tras vender "ciento y pico" de paletas. "Es bastante, pero hay que caminar". Compra los helados a un fabricante particular, que también tiene permiso y le paga un porcentaje al Gobierno. Un microempresario emergente.

EL MÍNIMO

Hace 10 años Saúl dejó su oficio como panadero y tomó el manubrio del coco-taxi. Alude que "el salario es muy malo con relación a los precios de las cosas". El salario básico es de 315 pesos cubanos, que equivalen a unos 15 CUC. Poco más de 10 dólares al mes.
No obstante, meseras como una rubia llamada Hadney, han optado por esta opción. Encuentran en las propinas una forma de aumentar sus ingresos. Ella trabaja en un bar de un hotel, todos los cuales son manejados por el Estado. Con algo de suerte y un gran esfuerzo por prestar un buen servicio, puede recibir al menos una moneda de un CUC por cliente. Así, solo faltaría que llegaran 15 clientes que le expresaran su gratitud monetariamente al final de un servicio, para ganar en un día todo el salario de un mes. Aunque hay algunos que ofrecen propinas mayores.

Ella explica que otra forma de obtener ingresos es rentar habitaciones en las casas. Los cubanos que tengan el espacio, pueden tramitar una licencia para alquilar espacio a turistas, al menos dos cuartos por cada hogar. Exige lo que llaman una patente, y retribuir al menos el 10% de las ganancias. Es una de las reformas recientes en una economía que tiende a liberalizarse, paso a paso. Y el turismo se perfila como uno de los pilares. Más ahora, en vísperas de un posible levantamiento del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos hace 54 años. Desde Cuba hay 32 vuelos diarios a Miami. Al año llegan unos 3 millones de turistas, 1 millón desde Canadá. Y se estima que tras lo anunciado por Obama, la cifra aumente a 5 millones exclusivamente desde Estados Unidos. La capacidad hotelera no está preparada, pero como Hadney explica, "muchos cubanos viven en casonas grandes. Personas que antes de la revolución trabajaban en esas casas. Se quedaron con ellas cuando los dueños se fueron". Ahora incluso las pueden vender.
Es otro de los cambios que se han venido poniendo en marcha desde la llegada de Raúl Castro al poder, que ha coincidido con el descenso del apoyo de Venezuela, que afronta su propia crisis postchávez.

Como Hadney, los cabarets y bares están llenos de meseros que se esfuerzan por hacer de la propina el mejor modo de subsistir en Cuba. Nadie sospecharía que son funcionarios del Estado, pero indirectamente trabajan para él. Así son todos los que trabajan en el bar Floridita, la cuna de los daiquirís, donde hay un Hemingway de cobre eternamente sonriente. Queda incrustado entre los edificios neoclásicos de La Habana vieja. Por donde se ven otros, que optan por alternativas más informales. Como un flaco que le puso un sombrero navideño a su perro salchicha, y cobra un CUC a quién se quiera retratar a su lado.

LA NOCHE

Calles bañadas de amarillo pero siempre limpias. En La Habana es raro encontrar indigentes o perros callejeros, incluso cuando el sol se va. Hay tipos que surgen de las sombras a increpar que el mínimo no les alcanza para comprar la leche para su hijo, y que el turista tiene la responsabilidad de ayudarlos. "¡Son 10 dólares al mes! No nos hagas esto", gritan. A las 10 de la noche, en el Malecón, un moreno de barba desaliñada ofrece hacer el trámite de comprar una caja de habanos en la fábrica de Montecristo, los que fumaba el Che. "Me das los 25 CUC y yo te la traigo", dice que le dan comida, arroz, granos, por hacer la vuelta.
Están otros como Yumiel, un moreno fornido con afro estrambótico que ofrece su cuerpo abiertamente. Ante la negativa, recomienda al turista de turno que no vaya a pagar más de 20 CUC por estar con alguna chica, y que no se vaya a dormir luego de estar con ella. Pide al menos un CUC por su asesoría.

Afuera de los hoteles, sujetos de saco y corbata se suben a los taxis de los turistas y ofrecen cuidarlos hasta el final de la noche, y conseguirles mesa, por 40 CUC. José, uno de ellos, asegura que no hay línea divisoria entre las mujeres que van a las discotecas y las llamadas 'jineteras'. "No es que sean prostitutas, es que acá todas van por el CUC y se vienen donde tú estás si los tienes", dice él, que por 5 CUC le permite a cualquiera saltarse la fila en el Salón de Música Galeano. Adentro está lleno de mujeres de vestiditos ínfimos y ajustados como Maryley. Es una joven delgada pero de muslos gruesos, que saca la lengua y la hace vibrar mientras zarandea sus carnes al ritmo de la salsa, que hacen sonar orquestas en vivo. No cobra por su compañía, pero solo terminaría esta noche de viernes con quien esté dispuesto a pagarle 40 CUC. En las mañanas, Maryley se enfunda un delantal y trabaja como mesera en un 'paladar'.

Así se les conoce a los restaurantes en Cuba, paladares, como la cafetería D'Karmita. Ya es mediodía del sábado y el sol no termina de despertar. Bajo el cielo nublado, estudiantes de una universidad cercana se agolpan a la puerta del negocio, administrado por su dueña, Carmén. Le sirve a una joven un plato de spaghetti con salsa de tomate y queso, por 12 pesos nacionales. Sus hijos amasan en el fondo. Sale una pizza especial de carne, con pedacitos desmechados y tiritas de queso, por 20 pesos nacionales. Una hoja de papel hace las veces de servilleta.

Justo al frente, hay otra cara de la economía cubana. Un sitio con sacos de alimento desparramados como materiales de una construcción, con requisitos y cifras de cantidades escritas con tiza sobre cartones marrones. Es un centro de despacho de alimentos para las personas subsidiadas. Beneficia principalmente a los ancianos. A cada familia le asignan una libreta, según la cantidad de personas que la conforman, le entregan su porción de cada alimento cada mes. Por ejemplo, 7 libras de arroz por mes por persona. Así para los granos, el azúcar, el jabón de baño, la leche, el detergente. La que está al frente de la microempresa de Carmén es la Unidad 227, "El papi". "Mi trabajo es usted", tiene escrito en un muro, como lema. De allí viene saliendo ahora una señora, arrugada, con el pelo canoso enmarañado pero recogido. Un par de bolsas le llevan al suelo los brazos. "Nos faltan muchas cosas, pero nos sobra amor y la constancia. No paramos hasta que tengamos lo que teníamos que tener", dice Maida Cuba, hablando sobre los 54 años de bloqueos y el por qué están en estas. Da la vuelta sin decir más, y se va.

VICTORIA FAMILIAR

Saúl es rojo como una langosta asada y tiene ojos verdes, bajo unas gafas negras que solo se quita cuando está en su casa. Vive en el sector conocido como los Bloques, en el barrio Plaza de la Revolución, a dos cuadras de los gigantescos retratos de Camilo Cienfuegos, el Che, y la estatua de José Martí. Donde quedan el Ministerio de las Fuerzas Armadas, la Biblioteca Nacional, el Consejo de Ministros, el Ministerio del Interior, y se leen las legendarias frases "Hasta la victoria siempre" y "Vas bien, Fidel".

Su hija está en la escuela Ejército Rebelde, fundada hace 50 años. No se tiene que preocupar por su educación y salud, como ninguno aquí. El Estado lo cubre, con los porcentajes que todos pagan. En esa misma escuela de título bélico se graduaron él y sus dos hermanos. Ahora está divorciado y vive con sus papás. Quiere brindarme un café, porque soy colombiano. Lo prepara en una cafetera rústica, metalizada y rígida. Pregunta si así lo hacemos allá. Le digo que es igual a la que usa mi abuelita. De hecho la entrada a los bloques, sembrados entre matorrales de monte y arena, trae a la mente a La Ciudadela, en Barranquilla. Así como el señor caoba que estaba en el patio, pintando una mecedora. Son cajas de pequeños apartamentos de cemento roído, apiñados uno encima de otro. La escalera está agrietada, el pasamanos oxidado. En la cocina, Saúl enciende la llama del horno con un chispazo, que sale de un cable amarrado con cinta negra. "Un invento cubano para ahorrar fósforo", se ríe.

Llega Tony, el padre de Saúl. Exacto a él pero revestido de canas. Tiene 72 años. Hasta el pasado 30 de noviembre trabajó como mecánico de máquinas de coser. Empiezan a hablar del posible levantamiento del bloqueo. "Es una victoria, llevamos cincuenta y pico de años en lo mismo. Ellos se dieron cuenta que a nosotros no nos va a tumbar nadie", dice Saúl. "Son 50 años con la tragedia esta. Que si la gente se va en lancha, que si la gente no puede venir", añade Tony, que tiene cuatro hermanos en Estados Unidos, y un nieto del que solo sabe que se ganó una beca en ingeniería. Por un momento se sientan los tres, junto a la madre -de 81 años-, frente a la pantalla del televisor. Sentados así, juntos y en silencio, recibieron la noticia que confían les cambiará la vida. A ellos y a todos.
El café es potente, sin azúcar, oscuro. Les recuerdo que soy periodista y que vine a ver esto, lo que pasa en La Habana. "¿Y qué pasa en La Habana? ¡En La Habana no pasa nada, chico!", réplica Tony con fuerza. "La economía está muy mala, pero nosotros vivimos. No somos ni pobres ni ricos. No nos morimos de hambre". Lo que pasa en La Habana, pasa en toda Latinoamérica. Excepto los coco-taxis.


El baile de este perro es parte de las atracciones que encuentran los turistas en el casco histórico de La Habana. 

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