Escuela Olga Emiliani | El presidente aún tiene humanidad

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Escuela Olga Emiliani | El presidente aún tiene humanidad

Este texto pertenece a un ejercicio denominado “nota periodística conjetural”, que es una breve crónica en que el estudiante imagina cómo ha sido la situación vivida en privado por un personaje real, nacional o internacional, como reacción ante un suceso verdadero cubierto por la prensa. Daniela Bustamante Acosta, participante del XIII módulo, elaboró exte texto.

Archivo El Heraldo.
Archivo El Heraldo.
Archivo El Heraldo.

Este texto pertenece a un ejercicio denominado “nota periodística conjetural”, que es una breve crónica en que el estudiante imagina cómo ha sido la situación vivida en privado por un personaje real, nacional o internacional, como reacción ante un suceso verdadero cubierto por la prensa. Daniela Bustamante Acosta, participante del XIII módulo, elaboró exte texto.

Y la paz que tenía dentro de él se le acabó. Estaba sentado en su despacho cuando sucedió. No emitía sonido alguno, tenía la boca reseca y las manos heladas. Una fuerte exhalación lo dejó sin aire unos instantes. El presidente de Colombia se declaraba a sí mismo sin “aire político” para gobernar a su nación. 

A la diestra de él, sobre el honorable escritorio del jefe de Estado, se encontraba una pila de periódicos que declaraban su descalabro: “Objeciones presidenciales: crónica de una noche trágica para el Gobierno”; “La dura derrota del Gobierno con las objeciones de la JEP”, entre otros titulares más. No se hablaba de otro tema en Colombia ni en la Casa de Nariño.

En Bogotá, el ambiente reflejaba aquel estado melancólico del mandatario. La capital se encontraba cubierta de nubes grises, probablemente cargadas de agua que pronto comenzarían a mojar las calles de la ciudad. El presidente aún seguía tenso ante la situación que enfrentaba, continuaba sumergido en un mar de tristeza y desespero. Había perdido en él lo que le estaba arrebatando a su pueblo: la paz.

Una paloma blanca se posó en la ventana del despacho. Al mover las alas, provocó que el presidente saliera de sus pensamientos. Podría deberse a alguna señal divina para reprocharlo. Podría ser entonces una maniobra del destino para sacarlo de su confusión. O bien, pensaría que se trataba de una broma pesada de algún ciudadano.  El hombre tendría que conformarse con que el ave solo buscaba un refugio debido al mal clima. Así no se martirizaría creyendo que el karma existe o que la vida le castigaría sus malas jugadas.

La situación le ha quitado la energía, ha abandonado sus más preciadas pasiones. El presidente ya no canta, ya no lee. El pobre hombre tiene miedo de leer. Teme encontrar en algunos de los libros la recreación de su infortunio, teme encontrar su nombre y el adverso destino que puedan augurarle a su Gobierno.

El presidente ha decidido levantarse y estirarse un poco. Al darse la vuelta se ha topado con el retrato de Simón Bolívar. Algo extraño en el cuadro llamó su atención: la expresión facial de Bolívar había cambiado. Pensó entonces que el gran Bolívar también lo recriminaba. La mirada del Libertador, tan penetrante, casi como en un acto acusador, intimidó al señor presidente.

El hombre ha preferido caminar por los espacios de su despacho, tratando de huir de sí mismo y de sus desastrosos actos. Ahora los murmullos de los servidores de la Casa de Nariño lo han sacado de sus reflexiones. Se ha sobresaltado e inmediatamente ha acomodado su traje como si alguien lo estuviera observando de la cabeza a los pies. Su actitud testaruda lo llevó a la derrota de seis objeciones; la crisis de gobernabilidad lo sumió en un incontrolable estado de melancolía.

Su mala suerte la atribuye al número seis. La crisis lo ha llevado a creer en agüeros y otros cuentos. Ahora está seguro de que aquella sombra que durante mucho tiempo lo ha seguido no ha sido producto de su imaginación. La sombra ha sido la causante de los desaciertos de su Gobierno y la culpable de que la paz haya huido de él.  

Un golpe en la puerta lo ha traído nuevamente a la realidad, una no tan lejana a la crisis que hay en su mente. La esposa ha entrado sutilmente en la habitación. Ella no lucía flamante, había perdido la sonrisa. Era consciente de que su pareja había sufrido una derrota. El hombre ya no lucía feliz ni tranquilo. Tenía la cara pálida y los ojos caídos. Había subido de peso y las canas le habían comenzado a crecer de verdad.

El hombre se volvió para mirarla y ella lo miró directamente a los ojos. Ella había encendido la radio y sintonizado música suave. Se acercó a él y lo abrazó. No abrazó al presidente, abrazó al hombre que la había conquistado en una pieza de baile. Las palabras no hicieron falta para que el mandatario comprendiera que se había equivocado frente a su país. En ese momento, la mujer sintió que la tranquilidad había retornado al ánimo de su esposo.

El presidente se volvió hacia la ventana. La paloma blanca se había ido, el Libertador había apaciguado la mirada. Al parecer el presidente aún tenía humanidad. El hombre empezó a recobrar la sensatez. Se preguntaba si aquella sombra volvería a atormentarlo. Temía pensar que solo serían unos minutos de humanidad en los brazos de su esposa. El presidente no sabía con certeza si aquella sombra le arrebataría de nuevo lo que ahora sabía que era un bien invaluable: la paz.

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