Ser niño es algo muy especial, aunque a veces no lo notemos porque estamos ocupados jugando, aprendiendo o simplemente siendo felices.
Es despertarse con energía para un nuevo día, sin saber exactamente qué va a pasar, pero con la emoción de que algo bueno seguro ocurrirá. Es encontrar diversión en cosas pequeñas, como correr detrás de un balón, dibujar sin salirse de la hoja, o inventar juegos que solo nosotros entendemos.
Ser niño es hacer preguntas todo el tiempo: por qué el cielo es azul, por qué vuelan los pájaros o por qué las estrellas brillan en la noche. Y aunque no siempre tengamos las respuestas, lo importante es la curiosidad, esas ganas de saberlo todo.
También es aprender todos los días, no solo en el salón de clases, sino en cada momento: cuando compartimos con un amigo, cuando pedimos perdón, cuando intentamos algo nuevo o cuando nos equivocamos y volvemos a empezar.
Ser niño es tener amigos con los que se comparten risas, secretos y juegos. A veces también hay peleas, pero duran poco, porque siempre es más importante seguir jugando juntos. Un recreo en el colegio puede sentirse como una aventura completa en pocos minutos.
Es tener lugares favoritos: un rincón del salón, un parque, una biblioteca, o incluso ese espacio en casa donde podemos ser nosotros mismos. Lugares donde la imaginación crece y donde todo puede convertirse en una historia.
Ser niño también es sentir mucho: alegría, emoción, tristeza o enojo, todo de forma muy fuerte, pero también aprender a entender esos sentimientos poco a poco.
A veces los adultos dicen que quieren volver a ser niños, y tal vez es porque en esta etapa vemos el mundo de una forma más bonita. Nos sorprendemos por cosas simples, como una mariposa, un juego nuevo o una historia antes de dormir.
Ser niño es una bendición porque podemos soñar sin miedo, imaginar sin límites y creer que todo es posible. Es un tiempo donde cada día trae algo nuevo y cada momento puede convertirse en un recuerdo feliz.


