En las horas posteriores a la caída del dictador Nicolás Maduro, preso hoy en una cárcel de Nueva York, todas las miradas se dirigen a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, ungida desde el pasado sábado por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) como la mandataria encargada de Venezuela. Lejos de un quiebre clásico de régimen, el país se mueve ahora en una zona gris donde la continuidad madurista parece convivir con la transición democrática e integral tutelada por EE. UU. En ese escenario, la designación de Rodríguez como figura central del proceso, con el aval explícito de Washington, redefine las coordenadas del poder y revela con total crudeza las verdaderas prioridades geopolíticas y económicas que están en juego.

Para el presidente Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, Rodríguez no es una figura de ruptura, sino de administración del cambio. La valoran como una dirigente pragmática, conocedora de los engranajes del Estado y, sobre todo, de la economía y del crucial negocio petrolero, corazón de la apuesta estadounidense. Washington no disimula su interés en activar la industria de hidrocarburos de Venezuela, en abrirla a las grandes inversiones de sus compañías para, a la vez, reducir o desplazar la influencia de China y Rusia. En esa lógica transaccional, impronta de la actual administración, la exministra de Economía y Finanzas y titular de la cartera de Hidrocarburos les resulta una interlocutora fiable: chavista, sí, pero con experiencia técnica, capacidad de negociación y control real sobre el sector energético.

Ese espaldarazo externo se complementa con el apoyo interno más determinante, el de las Fuerzas Armadas. El respaldo público del alto mando militar a su designación y su presencia garantizada, este lunes, en la instalación de la Asamblea Nacional, de mayoría oficialista, ofrecen una imagen de orden y continuidad institucional. Sin los militares, liderados por el cuestionado Vladimir Padrino López, cualquier transición sería inviable; con ellos, Delcy gana margen para maniobrar con EE. UU., aunque también queda atada a esos frágiles equilibrios de poder que sostuvieron, primero, a Chávez y, luego, a Maduro más de 26 años.

El contraste más elocuente es la exclusión de María Corina Machado. La decisión de Trump y Rubio de marginar de la fase de transición a la reconocida líder opositora y Nobel de Paz ha caído como un baldado de agua fría entre quienes la consideran una de las artífices del final de Maduro. Ha sido tan fuerte el impacto que quedaron en silencio. El mensaje no deja dudas: Washington privilegia la gobernabilidad inmediata y el control de riesgos, tanto los económicos como de seguridad, por encima de la épica democrática que ella encarna. La incógnita sobre el papel futuro de Machado y del presidente Edmundo González profundiza la incertidumbre y deja a la oposición ante el desafío de no quedar reducida a espectadora.

En ese reordenamiento, no del todo inesperado, Delcy Rodríguez gobierna bajo una espada de Dámocles. Trump ya la sentenció. Su margen depende de que “haga lo correcto”. De lo contrario, “pagará un precio más alto que Maduro”, dijo el mandatario que le pidió “Hacer a Venezuela Grande de Nuevo”, una variación del lema de su movimiento MAGA: Make America Great Again. Es evidente que en el vecino país no ha habido un cambio de régimen, no al menos como se imaginaba, y tampoco es cierto que Estados Unidos tenga ahora todo el control. Aunque sí se da como un hecho que Rubio ejercerá una vigilancia constante sobre la flamante presidenta, a quien le respirará en la nuca, en tanto se arrogará la libertad de aumentar o reducir la presión de sanciones, como el bloqueo petrolero o los ataques contra las supuestas ‘narcolanchas’ en el Caribe, si esta no se mueve en la dirección que él desea.

En consecuencia, la transición abierta, por el momento, no garantiza la democracia plena ni la justicia inmediata que demanda la ciudadanía. Promete, más bien, una dura negociación en la que el petróleo pesará más que el resultado de las urnas y Venezuela seguirá siendo el tablero donde se cruzan intereses de todo tipo con un desenlace, lejos aún de estar claro.