Hay que empezar por decir que el problema no surgió hoy. Por el contrario, las normativas y los controles que se aplican en la actualidad desde la administración pública han evitado que el desastre sea aun mayor.
Nos referimos a los andenes de Barranquilla. A esos espacios concebidos para que los ciudadanos puedan caminar, pero que hoy representan una auténtico calvario para quien intente hacer uso de ellos.
EL HERALDO publica hoy un amplio reportaje sobre el estado en que se encuentran las aceras en diversos barrios de la ciudad, y lo primero que salta a la vista es que, durante años, los dueños de las casas han hecho con los andenes lo que les ha venido en gana, sin que autoridad alguna lo haya impedido.
La situación llega en ocasiones al extremo de que la ampliación de una vivienda se ha robado por completo la acera, de modo que los peatones deben desplazarse por la calle, con el riesgo que implica para su seguridad personal.
Otra escena común en este caos urbano es la de los abruptos desniveles en los andenes, debido, primordialmente, a que los propietarios de las casas han hecho lo que han querido en la parte delantera de sus inmuebles.
Y todo ello sin contar con el mal estado que presentan en la actualidad numerosas aceras, lo que dificulta la movilidad de los ciudadanos.
Hablando en términos de calidad urbana, estamos ante un problema muy serio. Tenemos que buena parte de la ciudad –según un estudio, el 51% de los andenes incumple las normativas básicas– es intransitable para las personas con discapacidad y supone un riesgo para los peatones en general, que a menudo se ven obligados a bajar a la calzada para movilizarse.
Y, por supuesto, supone un obstáculo para cualquiera que, lisa y llanamente, quiera pasear por la ciudad de manera distendida, sin preocuparse por los eventuales obstáculos que puedan surgir a su paso.
Por fortuna, las nuevas expansiones urbanas se han hecho de manera más planificada y hoy existe un mayor control en el cumplimiento de la normas urbanísticas. Pero hay ya un daño grande hecho, y sería bueno que las próximas administraciones asumieran este tema como una prioridad, pues, en últimas, estamos hablando de disfrute de la ciudad y calidad de vida de la población.
Por supuesto que no es una tarea sencilla. Reordenar tamaño caos amasado en décadas exigiría ingentes recursos económicos, además de mecanismos jurídicos que permitan deshacer las barbaridades cometidas.
Este es un tema en el que, dicho sea de paso, también podrían involucrarse las facultades de arquitectura de la ciudad, como ya lo están haciendo en otros asuntos, como la preservación del barrio Prado o del paisaje urbano. Nadie sobra en esta tarea.








