Generalmente las razones del éxito o el fracaso de un equipo la suelen tener sus integrantes; directivos, cuerpo técnico y jugadores.
Los que no pertenecemos a esa cofradía, pero emitimos conceptos alrededor de las gestas futbolísticas de ese equipo, sólo construimos esas opiniones desde la subjetividad que no alcanza, y no le interesa en mi caso particular, a relacionarse con las intimidades grupales.
Solo ahí, en el núcleo de esa convivencia, se encuentra la información clasificada, esa que devela los verdaderos motivos de un logro o de una decepción.
Salvedad consignada, voy a tratar de acercar una apreciación particular sobre el desgreñado transitar del Junior en este primer tramo del año. Me apoyaré en tres señales que con toda seguridad no son concluyentes, y mucho menos el número exacto de las pistas que explican en su totalidad el tema.
La primera provino de la directiva; fue distorsionada la autonomía y poder jerárquico del presidente. La desautorización pública de Fuad Char a su hijo Arturo, a la sazón presidente del equipo, al decidir mantener en la nómina a Giovanni Hernández, agrietó la autoridad de este ante los jugadores, quienes en su conveniente inclinación a la anarquía, supusieron que como su par, Hernández, ellos también 'mandaban'.
No es nada sano que el empleado suponga que está por encima del presidente y las normas institucionales.
La segunda señal la recibimos del cuerpo técnico. Una de las primeras tareas de un entrenador es descubrir lo más rápidamente posible el once inicial. Para eso, antes, necesita definir acertadamente a sus jugadores. Tener claro cuáles son sus virtudes y sus debilidades, qué funciones potencian sus cualidades, qué obligaciones agreden sus características. Si hace bien lo anterior, entonces consigue hacerlo coincidir con el mejor lugar en la cancha y con la idea táctica. Justamente la ausencia de estos conceptos vitales en sus funciones, se convirtió en el más perverso rival del técnico Quintabani. Nunca encontró su equipo titular. Ninguna alineación le generó confianza. Muchas modificaciones, mucha inseguridad. Esa misma que le trasladó a sus dirigidos.
La tercera señal vino de los jugadores. Con un Alzheimer futbolístico lamentable: olvidaban hacer un cierre, una cobertura, un pase, una diagonal; retroceder o avanzar de acuerdo a las circunstancias. Negligentes en el esfuerzo. Incapaces en las resoluciones.
Por Javier Castell López
























