Con motivo del reciente y lamentable fallecimiento de Amilcar Brusa –un hombre decente, discreto como todos los que saben–, a quien conocimos en la convención de la AMB en Panamá, e igual con Tito Lectoure, hemos tenido un palique con viejos conocedores de boxeo, que luego, como siempre, salieron exigiéndonos que trasladáramos esa charla boxística a estas columnas. Y ni modo, ya estamos embarcados en la obligación de complacerlos.
Todo derivó de lo contado por este articulista en el viaje que a París hicimos en compañía de Marcos Pérez, los hermanos Pava, para cubrir el combate entre Carlos Monzón y el cubano Mantequilla Nápoles por el título ‘middle’ del argentino. Viajamos a la capital francesa sin saber cuánto habría que pagar por los derechos de transmisión radial, y por cuenta de nuestros acompañantes sin conocer ninguno de ellos a Lectoure y al Alain Delon, el promotor de la pelea y uno de los tipos más desagradables que alguien se pueda encontrar en su camino.
Al llegar a París se nos dijo que todo estaba concentrado en el hotel Meridiam y para allá nos fuimos. Y al llegar se no cayeron las alas del corazón, pues en el gran salón del hotel no habían menos de ¡700 u 800 personas! ¿Qué hacer...? El único que conocía a Lectoure éramos nosotros. Hicimos una fila india y salimos a localizar en medio de aquella multitud al manejador y promotor argentino. Y culebreando por todo el salón dimos con él. ¡Y listo el pollo!
Vamos que quisimos entrevistar a Mantequilla y un grupo de gorilas nos impidió el acceso; no se podía molestar en lo más mínimo al campeón welter. Y vino el momento de la pelea, donde vimos ratificado un axioma boxístico que dice que 'un púgil bueno, chico, no le gana a otro, más grande e igualmente bueno', como así fue. Monzón, hombre de talla casi de 6 pies, que siempre peleó erguido (¿alguien lo vería alguna vez agachado?) con su ‘jab’ mantuvo a raya a su oponente, para ahí mismo cruzarlo con su poderosa derecha. A Mantequilla no le quedó otra alternativa que capitular en el 7º asalto.
Al día siguiente salimos Marcos Pérez y este relator a confirmar el vuelo de regreso. ¡Y, EPA! ¿A quién encontramos en la agencia? ¡Al Manteco! Y ahora sí hablaba! ¡Ahora estaba disponible! 'Los perdedores se quedan mas solos que la ‘damier’ que no tapó el gato'!, le deslizamos en el oído a Pérez.. Ajá, Mantequilla, ¿que pasó? 'Chico, er purgar'. ¿El qué? 'Chico, er purgar', repitió, sin que entendiéramos nada. Al fin, hizo la demostración, en la que Monzón tiraba su ‘jab’, pero con el dedo pulgar en dirección al ojo rojo lastimado.
Eso era una parte de la película, porque lo cierto fue que Nápoles no le pudo poner un golpe sólido a Monzón, quien sí le descargó unos cuantos derechazos que lo llevaron a convencer al cubano que nada tenía que hacer ante un púgil que físicamente lo superaba en todo.
Por Chelo de Castro C.
























