Cultura

Los Monocucos de Las Nieves no se quitan su disfraz “anticovid”

En el barrio Las Nieves, Roberto Guzmán recuerda los inicios de la comparsa ganadora de 18 Congos de Oro que fundó en 1996.

El disfraz de monocuco tiene algo que no tienen los demás disfraces del Carnaval de Barranquilla: sirve para preservar por completo el anonimato. A diferencia del Congo, el Garabato o el gorila, su cubierta colorida no deja saber si quien lo porta es un hombre, una mujer o una quimera, por lo que se presta  para ‘vacilar’ o ‘mamar gallo’. “¡No me conoces, no me conoces!”, gritan con voz impostada los monocucos a la gente en las calles durante las fiestas del Carnaval, ondeando su varita con la mano enguantada, sonando los cascabeles y amparándose en la holgura de las telas, el antifaz y el capuchón.

Justamente de un baile en torno a un monocuco nace la comparsa que trasladó a este disfraz de lo individual de las fiestas callejeras a lo colectivo de los desfiles: Los Auténticos Monocucos de Las Nieves, liderados por el barranquillero Roberto Guzmán. Según cuenta este, la idea de la comparsa surgió en 1995 como consecuencia de un “comentario nostálgico” de su padre, Bernardo Guzmán, fundador en 1979 de la cumbiamba El Gallo Giro.

En aquellos años los carnavales funcionaban distinto. Su madre, María Eloisa Núñez de Guzmán, reina del barrio Las Nieves, obtuvo la corona tras recoger una suma de dinero superior a la de otras candidatas del barrio a quienes los habitantes apoyaban dándoles billetes de 100 o 50 pesos. La que recaudará más, era la elegida.

En la coronación María Eloisa bailaba rodeada de la comitiva y de un monocuco, mientras esperaban que Bernardo hiciera su aparición para coronarla. Al final, ella, sin verlo llegar, exclamó, enojada: “¡Que busquen a otro para que me ponga la corona porque ese señor Bernardo es un irresponsable!”. 

El monocuco se quitó el antifaz y ahí estaba: Bernardo, quien por poco recibe la puntada de un taconazo en la frente si no fuera porque lograron sujetar a la reina. “De ahí comenzó el amor de ella con mi papá”, dice Roberto.

No fue sino hasta 1995 que su padre le recordó esa anécdota, un miércoles de ceniza. Roberto, entonces capitán de El Gallo Giro —que más que fundar habían revivido juntos con su madre y hermanos con el beneplácito de los primeros dueños—, resolvió que hasta ese año lo acompañaría en la tradicional cumbiamba: “El próximo te saco una comparsa de monocuco”, le dijo a su padre. 

La inscripción definitiva llegaría a finales de octubre, una noche de disfraces en la que Roberto vio a unos niños vestidos de duendes y dijo que quería “rescatar” el disfraz de monocuco. Al año siguiente —1996—  desfilaron en el Carnaval con 36 parejas de monocucos y ganaron el primer Congo de Oro de los 18 que llevan en 24 años de recorrido.

Mery Granados

Permiso para disfrazarse

El propósito de rescatar el traje de monocuco no era un decir. A mediados del siglo XX la Alcaldía decretó que quien quisiera llevar el capuchón de colores debía portar un permiso que se reclamaría inscribiéndose con nombre y número de documento. Según Guzmán, la sobrina de un Alcalde había muerto a manos de un anónimo monocuco. 

El permiso, que daba un número para que el disfrazado lo llevara en la capucha, disuadió a muchos barranquilleros de llevar el disfraz. “Prácticamente se extinguió del Carnaval. Al que se disfrazaba y lo encontraban sin carnet podían meterlo preso y encerrarlo hasta el Miércoles de Ceniza”.

Algunos estudiosos y participantes del Carnaval como Mirtha Buelvas o Jaime Abello Banfi, no recuerdan otro disfraz del Carnaval que exigiera un “numerito” a un atuendo individual. 

Según Abello Banfi, en los años 80, cuando empezó a desfilar en la comparsa Disfrázate como quieras, el traje de monocuco exigía permiso y era conocido sólo como “capuchón”. “Se suponía que lo usaba la gente de clase media y alta que quería mezclarse con el pueblo. Se ponían el capuchón para bailar cubiertos en lugares como el Paseo Bolívar”, dice.

Abello Banfi recuerda las casetas del Centro en las que vendían cerveza y se formaban bailes entre desconocidos. “El monocuco iba por ahí y bailaba, se sobaba y meneaba sin que se supiera si era hombre y mujer, pero todo el mundo estaba encantado porque era parte de la locura del Carnaval”, cuenta. 

Mery Granados

Orígenes

Sobre su llegada al país, Mirtha Buelvas dice que “en términos de origen geográfico el capuchón se encuentra en Cartagena”, probablemente en épocas de la colonia. Aclara que “no existe un año de entrada, es difícil encontrar una fecha fija”.

En Santa Marta y Cartagena se le dio uso en fiestas con un diseño muy parecido que cubría todo el cuerpo. Buelvas cree que llegó a Barranquilla con la migración. “Por eso identifica al Carnaval no sólo aquí, sino en las regiones. También se usa en Corozal, Sahagún y Carmen del Bolívar, por ejemplo, donde no le dicen monocuco sino capuchón”.

Alfredo De la Espriella, citado en un artículo del diario El Tiempo de 1999, dice que en el escenario callejero del Carnaval eran típicos “Los Monos”, vestidos “con rabo y mascarita”, que fueron desapareciendo de calles y comparsas “al tiempo en que hacía su aparición medio arlequinesca el capuchón”. 

Un nombre ‘monocuco’

La lógica indica que el término “monocuco”, que empezó a popularizarse hace unos 20 años o más, hace referencia al “vacilón” y a lo “chévere”, pues en Barranquilla estar “monocuco” es estar bien. Esa popularización del término no puede desligarse del aporte de comparsas como la de Las Nieves.

Roberto Guzmán recuerda un eslogan asociado al monocuco que dice “Monocuco guayabero, saca presa del caldero, embustero y tramullero”, y que está dedicada a “los monos de los patios grandes que había antes y que se montaban en los árboles de guayaba, se comían la fruta por la mitad y la tiraban: a algunos les pegaba en la cabeza”. Esos monos también se instalaban encima de las cocinas que había en los patios, robaban las presas de comida y volvían a los palos.

El monocuco, como ese mono, y acaso pariente del comentado por De La Espriella, es un personaje fastidiador. La varita que tienen, originalmente hecha de madera de totumo, sirve para defenderse. “Si el monocuco va por la calle y le dice a alguien ‘eres un cachón’, esa persona querrá ver quién dice eso e intentará quitarle el antifaz. La vara es para evitarlo: si intentas arrancarle el antifaz te ganas un varitazo”, comenta Guzmán.

El monocuco, para rematar, le imprime a su voz un tono impostado, agudo, chillón, que lo ayuda tanto en su anonimato como a provocar más al otro.

Mery Granados

Relevo generacional

En la casa de Roberto Guzmán está el picó El Róber, otrora una máquina de 16 bajos que compitió con El Escorpión, El Fidel, El Solista y otros grandes picós de Barranquilla. Con el tiempo vendió la mitad y quedó con dos turbos que ha usado en fiestas de amigos y familiares. Pero dice que no volverá a sacarlo hasta que no se pensione de la empresa en que trabaja hace 37 años como inspector de servicio.

En su casa también exhibe varias fotografías, una de ellas obsequio de 2010 de Samuel Tcherassi en la que se ve a los monocucos alzando sus varas (ya no de totumo sino de cáñamo, más brillantes y frágiles) bajo el sol de la Vía 40. En el Centro está Roberto, el único con el derecho de quitarse el antifaz. Los demás, por fidelidad al atuendo, no pueden hacerlo ni para tomar un trago: para ello deben levantarse el velo que cubre la boca de este disfraz que jocosamente Guzmán llama “anticovid”, porque los cubre por completo.

Pese a la broma, Guzmán, que en 2018 cedió la dirección a su anterior coreógrafo Octavio Fontalvo, es claro en decir: “No estoy de acuerdo con el Carnaval virtual porque tenemos que reunirnos en los frentes de cada una de las comparsas. Ahí llega el asintomático que no siente nada e infecta a todos, y la responsabilidad recaerá sobre el director del grupo”.

Añade que “es un carnavalero de tiempo completo”, pero el rebrote por la pandemia “está caliente”. “Hay que ver bien cómo se haría el Carnaval en ese formato. Sea para ensayar o hacer una grabación, tienen que llegar las 60 o 70 parejas de la comparsa y no sabemos qué pasará con la virosis”.

A Roberto le preocupa los casos de “niños infectados”. El año pasado, por primera vez, salieron a las calles Los Monocucos Infantiles de Las Nieves, cuyo pendón cuelga en patio de la casa. En ese mismo patio hicieron una muestra de baile el capitán de la comparsa de adultos y tres de los niños, y una de ellas, Melany Arias, le dijo a EL HERALDO que “se siente viva” en la comparsa, pero “si la pandemia aún sigue”, cree que “las cosas no serán igual, y todos tendremos que andar con protección”.

“Saqué la comparsa infantil porque hay que enseñarle a los niños que la cultura hay que seguirla”, dice Roberto, y agrega que este año no ha podido convocarlos porque “es peligroso”.

Mientras tanto ellos se visten y se prueban el capuchón, que cada año cambian gracias al diseño y las manos de Jennys Sarmiento Perarlta, esposa de Roberto encargada de conseguir la tela de satín de colores, las lentejuelas, los cascabeles, los guantes y armar en compañía de su hermana el disfraz del monocuco fastidiador, el monocuco “anticovid”, el monocuco carnavalero que al tiempo que le oculta el rostro a quien lo lleva desnuda su alegría, desorden, desfachatez y sus ganas de darlo todo en las calles.

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