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Opinión

Vencieron

La conversación continuó y solo pensé que algo se había roto y algo se había suturado.

Me dijo te amo. Nunca me lo había dicho.”

Las declaraciones de amor, todas, sin excepción, son la fuerza de la honestidad. Todas son hermosas, todas brillantes. Son un acto de generosidad supremo, manifiesto de honra y dignidad.

He tenido la inmensa fortuna de haber sido testigo de algunas, pero debo reconocer que la de este lunes, conmovió algo más que mi espíritu.

Su alegría me estremeció. Sentí en su voz un tono diáfano, transparente y honesto. En su expresión se anidaba un canto de alivio.

El tono era propio del niño de ojos radiantes, de ojos despiertos, de aquel que cuenta la historia de un sueño cumplido.

En su palabra, danzaba un sonido puro arropado por el manto de la ternura que limpia las huellas oscuras y abriga las pieles con frío.

Su voz era un caudal de emociones profundas, era un fandango. Se podía sentir hasta el brillo de su iris en cada una de sus palabras.

Tengo la costumbre de llamar a saludar a mis amigos los lunes por la mañana. Suelo hacerlo antes del mediodía entre las 10 y  las 11. Considero que esas horas donde todo se tiñe de serio, son oportunas para cualquier palabra que advierta lo contrario.

Fernando fue dado de alta el día 14 de este mes después de pasar, a causa de Covid - 19,  dos semanas en la unidad de cuidados intensivos de un reconocido hospital de la ciudad. Su alegría, optimismo y vivacidad de siempre se vieron atropellados, su cuerpo y su espíritu enfrentaron el lado más oscuro del virus.

Fernando, su hijo, mi amigo, atendió con valentía la situación. Con la misma fuerza con la que soporta sus conceptos, pensamientos y opiniones, enfrentó el desafío. Con esa misma fuerza con la que protege su dulzura y sus emociones emprendió un viaje desconocido en el que haciéndolo todo por sanar a su padre, también se sanaría él mismo.

El lunes pasado respondió mi llamada como siempre lo hace, pregunté por su padre y muy tranquilo me dijo:

“Mira tú, las cosas que tiene la vida, el viejo me dijo te amo. Nunca lo había dicho”

La conversación continuó y solo pensé que algo se había roto y algo se había suturado.

Se sanaron dos almas. Mientras uno cuidaba del otro, se sanaron los dos.

Se dijeron cosas que no se habían dicho y, no propiamente porque no las sentían. 

Hoy se encuentran dos hombres de frente mirándose con los ojos del tiempo perdido. Permitiéndose ser rocío y vapor. Permitiéndose amar. Doblando sus fuerzas, entregando sus armas, ya ambos cansados de empuñar sus espadas en recintos de hielo. Ya ambos exhaustos de las horas de espanto con el virus latiendo. Ya sin ruidos externos ni internos, ya sin luchas de ego. 

El mayor de los Fernandos sentado en su hamaca dejando que el viento contemple sueño, esperando a su hijo para tomarle la mano y decirle te quiero. Siendo su padre, pero también siendo su niño y dejando que el niño sea padre y le cuide; cuidando del niño con palabras no dichas, con abrazos no dados. Dejando el pasado en el río, queriendo que el toro en el valle le brinde descanso a sus bríos.

Y el menor de los Fernandos con la tarea cumplida contando a su amigo las cosas buenas del virus.

Los estados de vulnerabilidad extrema son, a su vez, los retiros del alma, los jardines del destino olvidado y las plantas florecidas.

Hoy, hacen lo mismo que ayer pero de otra manera.

Vencieron. Juntos vencieron el virus y vencieron el miedo.

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