El Heraldo
Opinión

Soltar

En estos años de corrientes liberadoras, de ejércitos espirituales y reflexiones profundas, valdría la pena convocar al desapego para soltar con fuerza y dejar atrás todas las voces que representan esa triste y pobre carrera avivada por el odio y la división. Soltar, soltar y soltar, y claro, rezar para que alguien, por fin, sea capaz de parecer ser diferente.  

El problema es que uno se va encariñando con sus cosas y entonces, se hace difícil dejarlas atrás. Los afectos como las costumbres, van tejiendo un cordón que une, que lía, pero a su vez, amarra. No es tarea fácil identificar los límites, mucho menos entenderlos, más aún, cuando es borroso concebirlos. Hay quienes dicen que uno siempre sabe y, probablemente así sea, el tema es que entre el conocimiento, la certeza y acción, hay un camino lleno de cortinas, de vendas, de distracciones y justificaciones, de aparente comodidad o de comodidad indigna y, porqué no decirlo, de miedo, espanto, y posteriormente, de muertos. 

Algo similar le pasa a nuestro país y a ciertos de sus “líderes” políticos, mucho menos poético y espiritual, pero de alguna manera comparable. Varios de ellos se fueron “encariñando” con lo suyo hasta el punto de traernos a una orilla donde el hastío y el cansancio lo hace ver todo viejo, todo vetusto, todo repetido, y lo que es peor, todo lleno de vacío, pues no podemos olvidar que la sobre exposición también desvanece. 

Algunos se amarraron a su odio y su rencor con tanta determinación, que en su mirada solo hay ansias de revancha, sed de venganza, provocación y aviso de cobro. Otros, se adhirieron tanto a la idea mesiánica de la posible nada sin ellos, que dinamitaron sus propias fuerzas hasta pulverizarlas tratando de instaurar el miedo como antídoto y, a través de ello, la idea de perpetuarse. Ambos rincones iguales, igual de responsables, o mejor, igual de irresponsables, pero ambos olvidaron algo: ¡el costo de su vanidoso ejercicio! como en el antiguo juego de la pirinola, la cara ganadora terminaría diciendo: “todos ponen.” O no midieron el efecto, lo resulta algo poco probable, o lo tenían perfectamente calculado y continuaron deliberadamente afilando su maneras, dependientes una de la otra para poder coexistir, so pena de convertir el “todos ponen” en “todos pierden.” 

Cuando el líder es incapaz de representar la luz, los soldados tienen dos opciones: ir por la cabeza de su “rey” lo que supone suma valentía e independencia, o temerle y fingir respetarle para entonces, sentirse identificado a través de la teoría de las diferencias: “nos acerca lo que no nos gusta” y la de los odios: “si odiamos lo mismo, nos empezamos a querer” y así, varios de ellos provocaron construir una sociedad que manifiesta más adulación que respeto, más fractura que cohesion, y que expone amplia infertilidad mental. 

Aquí nos encontramos, frente al espejo de un debate escaso, el cual advierte en una esquina; la punteante, animosidad y resentimiento, la otra, la que otrora fuera reinado, exhibe finalmente su desmoronamiento, declive y derrumbe, y flotando en medio de todo, el resto, en el desespero por ser visible a través de las formas, más no de los fondos y, en ello, el nivel de seducción más bajo de la historia. 

En estos años de corrientes liberadoras, de ejércitos espirituales y reflexiones profundas, valdría la pena convocar al desapego para soltar con fuerza y dejar atrás todas las voces que representan esa triste y pobre carrera avivada por el odio y la división. Soltar, soltar y soltar, y claro, rezar para que alguien, por fin, sea capaz de parecer ser diferente.  

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