Con el paso de las horas los pisos de su casa se hicieron de cristal, las paredes fueron espejo y los techos desaparecieron. Las ventanas todas perdieron sus marcos y sus vidrios, las gavetas se desocuparon y los estorbos del pasado que consideraba reliquias, encontraron su camino. La temperatura del agua sobre su cuerpo cada mañana era la misma. Ni fría, ni caliente, era agua y consecuencia, era vida. Caminó más horas descalzo. Dejó de llamar a diario a Orlando, su vecino, pues, consideraba que sus respuestas eran displicentes cada vez que le comentaba lo hermoso que se veía el mar en la mañana. “Ha tomado la costumbre de decirme que estoy loco y preguntarme si estoy haciendo algo indebido, lo dejaré de buscar por un tiempo” dijo con certeza.
Mucho se rumoró en el edificio donde vivía con respecto a su comportamiento y a sus teorías, algunos, se atrevieron a sugerir a su compañera le hiciera una valoración medica. Al final, por otros motivos se hizo. El resultado no lo esperó ni el mas iluminado de los optimistas.
Algunas veces las cosas no salen como están planeadas. Salen mejor.
Para Leopoldo, lo que ha debido ser fuente de ahogo, preocupación, aburrimiento, depresión y tristeza, se convirtió en la realidad de su nueva vida, la cual estaba lejos de ser lo que de ella se pronosticaba. Había emprendido un viaje fantástico, para el que no había tenido que ahorrar por años, pagar tarifas exageradas hasta en Aerolíneas de bajo costo, ni llevar, como se acostumbraba, maletas pesadas incluso antes de empezar la travesía.
Su valoración medica, entre otras cosas, advirtió:
- Destreza maestra en sus manos, la cual utilizo si dudar y con pulso de cirujano para suturar varias heridas en su alma.
- Visión más aguda que la de un águila, la que utilizo para mirar hacia dentro y detectar con claridad donde estaban los escombros que obstaculizaban su camino y su libertad.
- Capacidad de concentración prodigiosa, la que lo llevó a pensar en el instante y dejar de divagar en lo que pudo ser y no fue y en lo que algún día sería.
- Nivel de consciencia superior, lo que más extrañó no eran los lugares mundanos a los que no pudo volver en un periodo de tiempo tan corto, eran los lugares mágicos que habitaban en él y recién conocía.
Entendió que estar en casa no era encierro, que los muros no eran 4 paredes y que esta, había sido probablemente la más noble de las invitaciones que la vida le había hecho; volver a casa, volver por un instante al lugar más importante: A si mismo!
Y claro, una vez allí, establecer el autocuidado que merece un espacio tan valioso como ese para jamás, como a su casa, volverle a hipotecar.
Aprendió a respetarse. A descubrirse desnudo caminando sobre suelos trasparentes, sin cubiertas laterales, ni rincones con polillas. A no volverse a traicionar.
Hoy no conserva nada de lo que le sobraba, hizo del cemento océano y del hierro cristal. Decidió escribir tres cartas, la primera a su casa, la cual llamó: “Las cosas que me has enseñado.” La segunda a la pandemia, la cual llamó: “Las cosas que me has enseñado.” Y la tercera, a su vecino, la cual llamó: “Las cosas que me has enseñado.” Tuve la oportunidad de conocer las tres y entre las tres identificar también lo que yo he aprendido.
Algunas veces las cosas no salen como están planeadas, salen mejor.
En ‘Palabras Pendientes’, disponible aquí en todas las plataformas digitales de EL HERALDO, dialogo con Oscar Ritore, la historia de una noticia que no salió como se esperaba, salió mejor.








