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Opinión

El peligro del halago

El elogio excesivo es una invitación a la complicidad, es engañoso, distrae, manosea y nunca es tan espontáneo como se presenta. Valiosa y valiente Alexia, sentada en la tierra y con méritos de sobra, le da el lugar adecuado a las voces  de la exaltación y eso, sin duda también la hace ser la mejor del mundo, pues no la aleja de ella misma ni del lugar que habita. 

Mi hija Sarah calza 33 o 13 y medio, o 1 en algunas ocasiones. La nomenclatura de los zapatos cambia tanto, como el diseño de los mismos. Hace pocos días me encontraba en una tienda deportiva buscando unos guayos para ella, pues, quiere ingresar a una academia de fútbol y a esa edad, a los chicos les crece el pie tanto como sus ilusiones, abres y cierras los ojos y ya todo, es una talla más. Pasé más de una hora en frente a la estantería, estaba perplejo, el momento se hacía maravillosamente eterno, se cruzaron un montón de sentimientos y sensaciones en mi campo, me atravesaron la piel y viajé del presente al futuro y al pasado como en una máquina de tiempo en la que, con solo parpadear, todo cambiaba en un instante. La vi corriendo por el césped y la imaginaba con los azules con vivos fucsia, con blancos con naranja y con los nuevos botines sin cordones, estos que se ajustan del pie hasta el tobillo como una media y que, entre otras cosas, me hubiera gustado haber tenido. Por un momento también me vi corriendo y jugando con ellos puestos. Entre añoranzas melancólicas y memorias inolvidables alcancé a plantearme y a decirlo en voz baja: “con estos, yo hubiera jugado mejor.” Rápidamente reaccioné, recordé al “flaco Rifourcat”, un argentino que fue al Santa Fe y al Medellín al final de los 80s, usaba cintillo en la cabeza, melena alborotada, medias abajo, y reiteradamente le echaba la culpa de su bajísimo desempeño, a los taches de sus zapatos. 

¿Qué dices papá?

Nada mi amor, mirando los modelos, al final no importa, el que juega bien, juega bien con tenis o descalzo. Dije reparando el pensamiento.

Me miró extrañada, como escarbando por dentro y con una sonrisa mordida me dijo: “estos están bien papi, me gustan, no pesan y puedo correr rápido.” 

Alexia Putellas es la mejor futbolista del mundo, este año ha sido galardonada por la prestigiosa publicación France Football con el balón de oro y la FIFA ha hecho lo propio otorgándole el premio The Best. Española de 28 años, jugadora del Barcelona y estrella mundial, será referente de su selección en la Eurocopa femenina que inicia hoy en Inglaterra y se extiende hasta el 31 de julio. 

En una entrevista reciente a un medio de su país, le oí decir algo supremamente valioso: “El Halago debilita, es difícil de gestionar, de ti depende cuánto te influya”  

¡Tremendo! Que pedazo de enseñanza, un trozo de sensatez tan necesario como el aire,  un mensaje categórico y un baldado de agua helada para la otra mitad, los que pasan la vida buscando un halago, persiguiéndole sin cesar en cada esquina y embriagándose con la melaza que le caracteriza. A quienes  buscan cortes complacientes y comités de aplausos con quienes puedan compartir las grandes “hazañas” de su vida, lo que inmediatamente les invita a desconocer lo mágico y majestuoso de la vida cotidiana de todos los héroes de verdad, los de a pie, los que luchan al amanecer, en la sombra y en el silencio con la fe intacta. 

El elogio excesivo es una invitación a la complicidad, es engañoso, distrae, manosea y nunca es tan espontáneo como se presenta.

Valiosa y valiente Alexia, sentada en la tierra y con méritos de sobra, le da el lugar adecuado a las voces  de la exaltación y eso, sin duda también la hace ser la mejor del mundo, pues no la aleja de ella misma ni del lugar que habita. 

Llevé a mi hija a su primera práctica de fútbol , entonces recordé a Alexia y solo pude decirle: si te dicen que lo hiciste bien, olvídalo pronto y vuelve empezar y, si te dicen lo contrario, haz lo mismo. 

Me fui pensando, además, en hacerlo yo también.  

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