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Opinión

Trepar con esfuerzo

En el calendario oficial de nuestro país, en el 2020, hay 18 festivos, para muchos un número excesivo. Y como si fuera poco existen 4.030 fiestas del perfil histórico, folklórico y cultural identificadas, que se conmemoran cada año.

Según el investigador e historiador Marcos González Pérez, la fiesta entendida conceptualmente como un “acto de participación comunitaria” mantiene este elemento de la tradición, pero no necesariamente debe ser concebida sólo “como reunión para expresión de alegría”, sino que las variaciones sociales determinan otros aspectos para su definición y para sus diversas formas de expresión, concluye González en un juicioso y bello texto de investigación para la Revista Credencial.

Todo esto es un panorama de auténtica diversidad, pero poco recomendable. Más aún cuando nuestra nación hoy está agobiada, endeudada y resentida por la recesión que golpea al mundo entero producto de la pandemia del COVID-19 que oscureció los mercados como nunca antes, congeló la sociedad productiva estrangulando las metas económicas de potencias y de los países de la región.

¿En este ambiente y emergencia que rodea al mundo es motivo de orgullo y honor a la vez, que nuestro país continúe al mismo ritmo de festejos, celebraciones, reinados, carnavales que la han definido en varias oportunidades como una nación feliz?, como decían los abuelos: “El palo no está para cucharas” un refrán que se acomoda a la angustia que se vive causada por la incertidumbre del bolsillo de millones de hogares y que hace que se ponga en vigencia con carácter obligatorio la fórmula que hizo popular el expresidente Álvaro Uribe “trabajar, trabajar y trabajar”.

Cuando termine la tempestad no tendremos otra salida que la consigna sea el trabajo para recuperar no sólo el tiempo perdido, sino avanzar en el equilibrio y amortiguar la crisis económica. Una propuesta con carácter urgente de ley poco popular, pero inquebrantable debe ser la de reducir los festivos restantes en el 2020- 2021 y 2022, mitigar al máximo las fiestas y reinados de belleza, en donde la ecuación sea darle más paso al tiempo productivo y que en el mismo sentido guarde o conserve un equilibrio razonable con el sector turístico y hotelero, fuente de empleo pero herido de muerte en esta crisis.

Lo cierto es que no podemos darnos el lujo como si fuéramos los ricos de la región y seguir sometidos por tradición y ley como en este mes de junio, en donde aparecen tres lunes festivos continuos, golpeando la ansiedad que crece del querer laborar y producir, de garantizar el pan diario y la proyección a corto y mediano plazo. Lo anterior, a pesar de la voluntad de todos, no podrá ser posible si no existe la fuente de oportunidades o estímulos, en donde se plantee una política concreta del gobierno, un compromiso social con el país, una responsabilidad integral del estado que incluya a la empresa privada, consistente en reactivar espacios laborales y abrir las puertas al trabajo, reducir poco a poco el casi 20% de desocupación según el DANE y emprender una cruzada de máquina integral de producción en donde el individuo consagre su vocación al trabajo y la industria en general, prenda los motores para decirle adiós a una oscuridad ocasionada por la pandemia que nos coartó nuestra libertad y nuestros sueños.

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