El cierre de colegios privados y oficiales en Barranquilla y en el resto del país, que suman más de 6 mil desde 2019, es el síntoma visible de una profunda crisis del sistema educativo, atravesada por cambios sociodemográficos, tensiones económicas y un modelo pedagógico que, en muchos casos, dejó de dialogar con la realidad de los estudiantes y de sus familias.

Por la pérdida de su poder adquisitivo, un buen número de hogares migró de la educación privada a la pública y otros se lanzaron a explorar esquemas virtuales y flexibles, vistos como una alternativa menos costosa y más adaptable a nuevas dinámicas laborales y familiares.

Pero no todo se explica por la acelerada caída de la natalidad, bastante pronunciada en el Atlántico, o por las crisis económicas. También hay responsabilidades internas del sistema educativo. Muchos colegios, en especial los más tradicionales, nunca lograron reinventarse.

Por años han mantenido inamovibles currículos educativos rígidos o pedagogías repetitivas. Su escasa o nula innovación y deficiente formación docente, que no respondió a los retos en términos de diversidad territorial, cultural o social, les fue cerrando —literalmente— su espacio. Infortunadamente en esas circunstancias, para demasiados estudiantes, la escuela dejó de ser el espacio significativo y estimulante al que se acudía a adquirir competencias académicas o socioemocionales y se convirtió en una rutina ajena de las metas por alcanzar.

En Colombia, la educación lleva años proclamando en discursos y documentos oficiales el ideal compartido de formar ciudadanos capaces de pensar de forma crítica, creativa e integrada, preparados para resolver problemas, trabajar con otros y comprender el mundo cambiante o complejo que habitan. Sin embargo, la experiencia cotidiana de estudiantes y familias revela una enorme brecha entre esos propósitos y las prácticas reales de las aulas, que siguen ancladas en evaluaciones y estructuras que miran más al pasado que al futuro.

Para saldar esa deuda social con nuestros niños y jóvenes, que trasciende lo pedagógico, el camino a seguir nos exige algo más que ajustes cosméticos. Innovar no es cambiar libros por pantallas ni sumar metodologías de moda; es atreverse a revisar el sentido mismo de la escuela. Educar para la vida implica dejar atrás una visión estrecha del éxito escolar, basada en calificaciones o pruebas estándar, y apostar por el desarrollo integral de capacidades, valores y competencias que les faciliten a cada estudiante desplegar su auténtico potencial.

Dicho de otra forma, la calidad, equidad y excelencia de la educación no deberían medirse únicamente en números, sino en cultura del esfuerzo, oportunidades reales y trayectorias con sentido. Ese nuevo rumbo exige cambios estructurales y coherentes, como currículos educativos más conectados con la realidad, evaluaciones que acompañen el aprendizaje en lugar de castigarlo, docentes empoderados como profesionales reflexivos y no reducidos a meros ejecutores de programas, escuelas respaldadas y no asfixiadas por la burocracia oficial y espacios que inviten a la comunidad escolar a pensar, leer, dialogar y cuestionar, porque no hay educación transformadora de vidas sin experiencia cultural ni interioridad.

Los deficientes resultados de los estudiantes colombianos en las pruebas de matemáticas, ciencias y comprensión lectora confirman que la actual crisis exige una mirada distinta. Su discreto desempeño no solo es un reflejo de falta de conocimientos, también es una alerta sobre el futuro del país. Si nuestros niños y jóvenes no leen ni entienden cuando lo hacen, no podrán encontrar redención frente a la estupidez humana que, a falta de pensamiento crítico, los somete como borregos que caminan derechito al matadero de la manipulación.

De modo que la renovación del modelo educativo, para que los alumnos sean protagonistas activos, debe ser asumida como una tarea colectiva que comprometa a familias, maestros, directivos, a la academia, a las administraciones locales, al Gobierno nacional y a la sociedad en su conjunto. Nada es más importante que invertir recursos en educación, sobre todo en la enseñanza inicial, en la formación continua del profesorado y en infraestructuras dignas.

Persistir en el inmovilismo es aceptar que todo siga igual para que nada mejore. Y eso tiene un costo que pagarán nuestros hijos y nietos, porque perpetúa desigualdades. Es esencial asumir riesgos y construir consensos de largo plazo, como país, como ciudad. Barranquilla ha dado pasos importantes, pero aún persisten retos para seguir reduciendo brechas. Que sea esta generación —y no la próxima— la que vea resultados reales dependerá, en buena medida, de lo que hagamos hoy. Educar para la vida exige valentía, convicción y amor por lo que se enseña, porque solo se transmite de verdad aquello que se quiere con devoción.