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Opinión

Alberto, mi gran amigo

La auténtica amistad, que hoy en día no es fácil hallarla, tiene unos valores que debemos, por encima de todo, mantener y hacer crecer.

Hoy mi memoria aún me da para mucho. La verdadera y auténtica amistad es aquella que está anclada y basada en el crecimiento de siembra de la semilla de la lealtad y la generación de confianza, apartada de intereses materiales, debe ser sincera e incondicional, sin tiempo, lugar o circunstancias. Triste es aceptar que en el presente la usanza es crear relación con base en detalles materiales, sujetos y medidos por el valor monetario y aunque ocasionan impactos positivos mediáticos, están lejos de tener un espacio único y contundente en el corazón o en el compromiso libre que garantice sostenibilidad a lo largo de los años.

Cuando se va más allá de la amistad y se entra en el laberinto del amor, los que cabalgamos en las letras nos inclinamos con infinita pasión y convicción a un buen verso o una poesía para entregar o brindar un mensaje cargado de fibra romántica, el llamado “detalle” producto de un impulso comercial, envuelto en fino papel de regalo, lo agradecemos más por un ingrediente de cortesía, o una verdadera necesidad cuando se han tomado el tiempo para identificar cuál es el faltante básico, para que lejos de lujos o excesos satisfagan de manera primaria nuestra vida cotidiana.

Y como afirmo al inicio de esta columna, que mi memoria aún me da para mucho, pues me vienen como si fueran hoy mis tiempos de adolescencia y niñez a los 7 u 8 años mis encuentros imborrables con Alberto, mi Padre, a quien recurría buscando consejos cuando me acercaba a un amigo, como dicen los expertos: El niño debe encontrar en él al primer amigo, pues es su confidente natural. Él siempre me escuchó en los momentos que lo necesitaba y me afirmaba: “William,  habla siempre con la verdad en la mano y el amor que he dado y enseñado en la vida, nunca con falsedad”. Mi padre en temas de amistad no hacía canje de ninguna clase, sino que me hablaba no sólo como a un hijo, sino como un verdadero y extraordinario amigo y que confieso, aún con mis años, no lo he encontrado igual.

La auténtica amistad, que hoy en día no es fácil hallarla, tiene unos valores que debemos, por encima de todo, mantener y hacer crecer y por ello no es canjeable, pero sí admite en dimensiones sin límites un intercambio sano y transparente de principios éticos, con lealtad y fidelidad, en donde no cabe sino para mirar de lejos y nunca de cerca: la traición, la hipocresía, la envidia o el interés mundano.

Nada más placentero y de infinito valor que lograr mantener las amistades de infancia y juventud, es la verdadera universidad de aprender a edificar y perdurar con amigos, que se han construido en lo básico y esencial, recordar las anécdotas de ayer que han logrado blindar una relación  que nadie puede acabar porque de manera natural se han entregado en el sentido primario de la convivencia armónica y que alimentan nuestra historia y la llena de recuerdos y episodios ricos de volver a vivir, inspirados en momentos inolvidables que han contribuido y siguen haciéndonos crecer como buenos seres humanos, definidos como aquellos que miramos libremente sin temores a los ojos cuando nos hablamos.

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