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Opinión

La niña que vio a Papillón

El tiempo pasó y la misma joven pudo ver en su aldea natal el arribo en balsas de los marineros holandeses que llegaban heridos con quemaduras cuando los torpedos de los submarinos alemanes hundían sus embarcaciones cerca de las costas guajiras. 

Hace varias décadas un grupo de periodistas franceses llegó a La Guajira siguiendo las huellas de Papillón, el famoso presidiario francés fugado de la Cayena que protagoniza la novela del mismo nombre. Fue publicada en 1969 y se convirtió en un auténtico bestseller de la época.  Su éxito fue tan grande que inspiró una película filmada pocos años después y que fue protagonizada por dos famosos actores: Steve McQueen y Dustin Hoffman.  Uno de los testimonios recogidos sobre el paso de Papillon en la península era el de una niña que lo había visto fugazmente    en el antiguo asentamiento de pescadores de perlas de Carrizal, cercano al Cabo de la Vela. Después de tanto tiempo podemos preguntarnos ¿qué contó a los franceses esa joven? ¿cómo transcurrió el resto de sus días?    

Papillón se había fugado en 1941 de las inhumanas cárceles de la Guayana Francesa. En los avatares de su fuga había  ido a recalar a Riohacha en dónde fue detenido en una cárcel a orillas del mar cuya custodia recaía más en los cangrejos que en sus vigilantes humanos. Por las tardes, cuando subía la marea, los presos se aferraban a los barrotes mientras que las olas y un gran número de crustáceos se apropiaban del piso de sus celdas. La joven contaba que en una de las rancherías de los pescadores indígenas vio a un hombre blanco cuyo cuerpo estaba marcado de tatuajes con figuras de animales lo que le causó una gran impresión. Al ver esto corrió hacia donde su abuelo y le preguntó acerca de esos seres extraños que parecían ser arrojados por el estómago del mar como las conchas y los sargazos. Este le respondió con su habitual serenidad “hija esos hombres se llaman cayenos”   

El tiempo pasó y la misma joven pudo ver en su aldea natal el arribo en balsas de los marineros holandeses que llegaban heridos con quemaduras cuando los torpedos de los submarinos alemanes hundían sus embarcaciones cerca de las costas guajiras. Ella nos hablaba de una Bogotá gélida y brumosa a donde fue a establecer su hogar a mediados del siglo pasado con un hombre del interior del país. Pero la nostalgia invencible de los atardeceres del desierto la hicieron retornar a su patria guajira. Pude conversar con ella durante décadas y registrar su pasión por canciones mexicanas como Flor sin retoño en la voz de Pedro Infante. . Los artefactos que le pertenecían y que conservaba casi con veneración: eran antiguas botellas de cerámica en la que venía la ginebra,  el whisky The Monks y algunos vinos italianos pero también atesoraba radios, peinetas, rosarios y al igual que Andy Warhol ella tenía una sensibilidad que le permitía percibir el arte en los objetos más sencillos de la cotidianidad y otorgarles una valoración estética.

Como todas las vidas humanas la de ella estuvo constituida de sueños y de tiempo, de pequeñas tragedias y de fugaces felicidades.  Esa joven, que quizás vio a Papillón, era la hermana mayor de mi madre y se llamaba Iris Curvelo.  Ha muerto ayer en Riohacha a sus 98 años.

wilderguerra@gmail.com

 

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