Cualquier inversionista que esté planeando ubicarse o relocalizarse en algún país extranjero, en sus análisis considera varias determinantes como ubicación, logística, mercado, competencia, lo atinente con oportunidades de operación y funcionamiento. Pero sus principales exigencias son la seguridad física para su gente, y la seguridad jurídica para la empresa que planea instalar, y para ello contratan a los mejores asesores que estén a su alcance. Ahí es donde desestimulamos la inversión extranjera.
Es que para cualquier consultor que deba recomendar a su contratante dónde asentarse, éstos dos factores de seguridad son determinantes, y en ambas fallamos. ¿Qué clase de seguridad jurídica puede ofrecer un país cuyo sistema legal brinda tal espectáculo? ¿Por qué el Congreso no legisla de forma inequívoca que no permita interpretaciones? ¿Es por ello que las cortes no fallan en derecho y, o se contradicen o siempre tienen que inventar maromas? ¿Por qué no se toma una definitiva decisión? Y cuando la toman, ¿por qué es susceptible de cambio? ¿Por corrupción de los actores? ¿Forma parte de nuestra idiosincrasia tramposa?
Se preguntará el consultor: Si el propósito era derrotar al gobierno, válido en toda democracia, ¿por qué las triquiñuelas? Si el fin era proteger a alias Santrich, ¿por qué lo apresan, lo sueltan, lo vuelven a apresar y a soltar sucesivamente? ¿Por qué no hay unidad de criterio? ¿Qué puede pensar el consultor si lee que, alterando la aritmética, la Corte Suprema para negar las objeciones falla que son 108 senadores, y para liberar a alias Santrich la Constitucional falla que son 106, y que decida el Consejo de Estado, que nadie sabe cómo fallará? ¿Por qué hay tantas cortes?
Sin entrar en mayores análisis sobre la seguridad física, si sólo a través de los medios registra tantos asesinatos robos, femenicidios y ahora secuestros, seguro el consultor recomendará que para aquí no se vengan, porque este país es un desastre, porque no brinda ninguna seguridad física ni jurídica. Corre el riesgo de que las licencias que hoy obtengan sean mañana revocadas, o que fiscalmente les cambien las reglas. O que los demanden y los arruinen. No. Ni lo piensen.
Afuera nadie nos entiende. Estamos permeados por los odios de la politiquería y no dejamos gobernar. No es tema de izquierdas o derechas, que ambas tienen sus planes. Pero ambas también olvidan que en la mitad está la mayoría de la gente, la de bien, la que quiere decencia y estabilidad, la que busca generación de empleo, y anhela seguridad. Vamos mal y, de no aparecer un acuerdo sobre lo fundamental, terminaremos peor.
Coletilla urbana: Barranquilla después del Malecón es otra ciudad. Tras tantos años anhelándolo, hoy, gracias al esfuerzo distrital, somos ciudad de ribera. Pero está amenazado, sin que la nación haga algo para preservarlo. Gobierno y Congreso deben imponer, aguas arriba, donde se origina el mal, una tasa que se destine a preservar su condición, dragarlo, limpiarlo, lo que sea necesario. Hay que actuar ya!
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