Columnas de opinión |

¿Desgatizar el gato?

Tomamos café descafeinado, leche deslactosada, azúcar sin sacarosa y pasamos hamburguesas sin carne con cervezas sin alcohol. Mantenemos la apariencia, desechamos la esencia. Los que nacimos hace más de medio siglo nos hemos ido ajustando a un simulacro del mundo en que crecimos, a un mundo nuevo, falso. Pero aún nos falta asimilar más golpes de irrealidad como el de este reciente titular en una sección de mascotas: “¿Cómo evitar las conductas de caza de nuestros felinos?”. O sea, cómo convertir el gato en non gato, cómo despojarlo de su esencia felina para proteger al juguete de los riesgos de sus instintos. Sus garras, sus colmillos, su elasticidad, su agilidad, sus ojos nocturnos hacen del gato una maravillosa máquina de cazar. ¿Por qué y cómo hacerlo renunciar a las conductas que hacen de él, él? ¿Qué nos impulsa a querer deshacernos de sus genes, a reversar su evolución? 

La revolución que representó el cambio más drástico del modo de vida humano fue la iniciada por sumerios, babilonios y egipcios, llamada neolítica, cuando pulieron las herramientas de piedra e hicieron la transición de cazadores recolectores a agricultores y ganaderos. En ese camino domesticaron muchos animales. La mayoría de ellos tuvieron y conservan la dignidad de un oficio: el perro, cuya domesticación se anticipó a la de los demás, ha sido guardián, cazador, ovejero, tirador de trineos. Hace un par de años presencié en la Patagonia el soberbio espectáculo de una decena de perros pastores que, acompañados de unos pocos jinetes, arreaban miles, varios miles, de ovejas. Los caballos han sido compañeros de júbilos y tragedias en campos de batalla y en largas travesías; los hay también de carreras y de carga. Éstos últimos en alianza con la rueda, el dispositivo más disruptivo de todos los tiempos, originaron un sistema de transporte sin par hasta hoy. Gallinas, vacas, cabras y cerdos transforman en comida para humanos lo que éstos no pueden comer.

De todos ellos, el menos vulnerable al soborno de alimento y caricias, el que te mira de arriba a abajo, aquel cuya altivez le impide negociar su dignidad, es el gato. Su majestad el gato. “Tú me permites vivir aquí. Yo cazo ratones y otras alimañas. No necesito nada más de ti. Tampoco esperes más de mí. Mi libertad no está en discusión. Ese es el trato”. La pretensión de convencer a un gato de verdad de que no cace, a cambio de un plato de lentejas, está destinada al fracaso. Pero en este mundo cada vez más homocéntrico podemos propiciar una selección natural a la inversa: la supervivencia del más débil. Y tal vez tengamos éxito en crear así razas de gatos que dejen de serlo, para satisfacer el capricho de tener un peluche que maúlla, una mascota que no es más que eso, dependiente e inútil, sin otra razón de existir que una caricia ocasional. Un gato fake. Una manipulación genética que debería estar prohibida en el manifiesto de los derechos animales.

A la memoria de Polidoro Plata.

Rsilver2@aol.com

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