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Excusas médicas

Hay algo oscuro y es el juego de poder que enreda aún más la situación. Para las relaciones sociales, el poder en quien tiene la fuerza política para influir en el comportamiento de las otras personas. Es considerar al profesional como un dependiente con la obligación de complacer, aunque tenga que mentir. Es empujarlo en contra de sus principios y creencias. Los amigos cercanos son los que solicitan las excusas médicas falsas, como si la proximidad del afecto permitiera irrespetar los principios.

Hemos olvidado lo que es un acto médico y cuáles son sus características: profesionalidad, legalidad y Lex Artis. Su propósito es promover la salud, curar, prevenir la enfermedad, y devolverle a la sociedad a un individuo productivo: a un ciudadano sano. No es otra cosa que la relación médico-paciente iniciada en el momento en el cual una persona enferma acude, en busca de solución, a un profesional calificado por el Estado como idóneo. En Colombia, la relación médico-paciente está modulada por la Ley 23 de 1981 o Normas en materia de ética médica.

Comporta el acto médico documental (que lo valida como prueba), el jurídico (con implicaciones legales), y la relación médico-paciente como contrato, acompañados todos por el secreto profesional. Su extensión se define con claridad: es absoluto, relativo y de conciencia (el médico debe decir siempre la verdad). 

Son tres los registros que tipifican el carácter documental del acto médico: la historia clínica, la receta y los certificados médicos. Son confidenciales, y deben, además de calidad científica, contener la descripción real del estado de salud del paciente. Al enfermo (sujeto pasivo) debe evaluársele personalmente; él tiene derechos, al mismo tiempo que el médico tiene deberes. En otras palabras, el acto médico tendrá siempre que ver con la ley y con implicaciones jurídicas. Sin embargo, se trivializa inexplicablemente en, por ejemplo, las consultas virtuales y las recurrentes excusas médicas.

La teleconsulta se distorsiona cuando no hay un consentimiento previo que ponga de manifiesto sus limitaciones, se omiten los registros y se desconoce la existencia de un contrato que genera honorarios.

Y las excusas médicas se han convertido en el documento médico-legal solicitado habitualmente por amigos y familiares del facultativo, que no pocas veces lo obligan a cometer un delito. Sí. Nuestra cultura ha tornado en insignificante la excusa médica, para evadir responsabilidades. Se ha perdido la dimensión en la que el profesional debe inventar la historia clínica para respaldar una falsa incapacidad, cuyas peores consecuencias son la pérdida de la confidencialidad y de la confianza. El profesional entrega su credibilidad.

La picardía tropical para justificar la ausencia en el trabajo o el método expedito de conseguirlo es buscar al “doctor amigo, la llave” que nos complace mintiendo. Se ha demostrado que los días laborales siguientes a los puentes festivos y Semana Santa, se registra un alto ausentismo laboral. En términos económicos, su impacto es descomunal: se estima que el ausentismo se aproxima al 1% del PIB y según la OMS hay un desangre en los recursos de la salud, que alcanza el 20% de su presupuesto. 

O la situación más frecuente: regalar indebidamente una incapacidad retrospectiva. Más bien retroactiva, haciendo la aclaración pertinente en la historia clínica. Triquiñuelas para conseguir incapacidades o excusas médicas de todos los colores. Fingir enfermedades o colocar la aguja del “dolorímetro” en su mayor desviación son algunos de los recursos utilizados especialmente en el mundo industrial. Es el paciente, sujeto pasivo, el perverso activo que desencadena la excusa médica. No mencionaremos la cueva de incapacidades que se venden por 300 mil pesos para “descansar” un mes, o por 10 mil para hacerlo por un día (delito esté tipificado en el Código Penal Colombiano, artículo 289).

Hay algo oscuro y es el juego de poder que enreda aún más la situación. Para las relaciones sociales, el poder en quien tiene la fuerza política para influir en el comportamiento de las otras personas. Es considerar al profesional como un dependiente con la obligación de complacer, aunque tenga que mentir. Es empujarlo en contra de sus principios y creencias. Los amigos cercanos son los que solicitan las excusas médicas falsas, como si la proximidad del afecto permitiera irrespetar los principios. Es la cifosis jerárquica en donde se pone en práctica el repelente dogma de: “Usted sí sabe quién soy yo”.

Pero a estos individuos embriagados por el poder, a quienes todos les rinden pleitesía, se les ha olvidado que el profesional tiene derechos y uno de estos es la objeción de conciencia. La responsabilidad médica y la conciencia individual de cada médico le blinda para no ejercer ningún acto que vaya contra su moral y que esta conducta reprochable, aunque sea empujada, lo lleve a cometer un delito. Nadie está obligado a practicar la eutanasia, a realizar un aborto o a expedir una excusa médica falsa.

Esta sentencia se extiende a todos los actos de la vida: la libertad de decidir y el principio de autonomía para actuar con independencia.

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