Son varios los desafíos: el hambre, la salud, la inequidad, la pobreza, la educación, la injusticia, la corrupción, la discriminación, el medio ambiente… Aunque casi resueltos en algunas zonas del planeta, en otras son, si acaso, una remota esperanza. Fue en este contexto diverso de retos que cincuenta años después de los disturbios de Stonewall en la vecindad de Greenwich Village, Nueva York, el movimiento LGBT logró un espacio de aceptación rompiendo la marginalidad a la que había estado sometido. Obtuvo entonces lo que hoy es su bien más preciado: respeto y reconocimiento.

Desde los años 50, Stonewall Inn había sido un sórdido bar propiedad de los Genovese, mafiosos que imponían su ley en Nueva York y era el único sitio LGBT donde las parejas homosexuales podían bailar. Era cuestión de dinero; los dueños tuvieron sobornada a la policía hasta la madrugada del 28 de junio de 1969 cuando se hizo presente el Escuadrón de la Moral Pública. El asunto terminó en una confrontación entre policías y quienes estaban en el bar. Lo que siguió a esa madrugada y a los días posteriores fueron serios disturbios que resultaron en la proclamación de ese como el Día Internacional del Orgullo Gay (Gay Pride) que en esta ocasión celebró el 50 aniversario de aquel episodio que no fue el único. Le antecedieron otros, pero no tan simbólicos por la inercia en los medios y en el mundo político como lo que desató este.

La semana pasada, excepto las torres de Trump y uno que otro establecimiento, la ciudad entera estuvo en función del World Pride. Sin excepción, todos los tableros digitales de las vallas financieras y publicitarias en Times Square o cualquier punto hacia donde se mirara, tenían el arco iris. Las vitrinas de la Quinta Avenida y de casi todas las esquinas estaban decoradas y tenían dispuestos sus locales en modo “arco iris”. Ninguna marca conocida quiso quedarse atrás. Ni en Navidad, cuando esta ciudad se engalana como ninguna otra en el mundo, su decoración supera al manto multicolor con el que se cubrió enviando un mensaje de respeto y sin los excesos que generan rechazo.

El planeta entero siguió el ejemplo. La región Caribe y el resto del país no fueron la excepción. La Intendencia Fluvial se iluminó para la ocasión. Una mancha: el episodio en el cerro Nutibara de Medellín. Fue un grave error bajar la bandera de Antioquia; fue una innecesaria provocación. Bastaba izar la bandera del arco iris sin tocar la otra. Todavía más reprochable fue el corte a cuchillo de la bandera arco iris, ampliamente difundido por las redes. Así no es.

Lo visto en Nueva York y en el resto del mundo es una muestra de respeto y admiración a quienes desde su diferencia han sabido ocupar un destacado lugar en el mundo social, profesional o en cualquier arte o ciencia. El arco iris no brilla para quienes a partir de poses estridentes y grotescas no merecen ser tomados en cuenta. Celebramos la pluralidad y la sana convivencia siguiendo la regla de oro: “Trata como quieres que te traten”.

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