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Opinión

Esquizofrenia callejera

Siento nostalgia por la vida, yo, Raúl del Cristo Redentor, que recorrí a pie descalzo el bajo mundo, que abrevé en cada fuente que encontré en el camino, que sufrí y cometí atropellos y vejámenes, que llevé El esplendor de la mariposa en mis axilas nauseabundas, que vendí en hojas sueltas los poemas que otro me susurraba al oído, que tuve la fortuna contradictoria de llorar el amor de un estudiante de teatro y llevar bien amarrados mis pantalones de índigo, que consumí con euforia la yerba creativa, el dulce Piel Roja y los antidepresivos.

“Qué te vas a acordar Isabel
de la rayuela bajo el mamoncillo de tu patio”
Raúl Gómez Jattin

En San Pablo aseguran que mi lucidez se extingue como la arena del mar entre los dedos. No comparto esta opinión, aunque debo confesar, eso sí, que encuentro fascinante deambular en la conciencia de ese otro habitante de mi ser. Gracias a él —y ahora a este inmerecido percance— descubrí  que muchas de las cosas en las que invertí media vida no merecían siquiera un minuto de mi esfuerzo. Atrás quedaron las estrellas del Parque San Diego, la luz ambarina de las bombillas eléctricas de Cereté, mi par de escuderos con quienes compartí fraternalmente el lecho de baldosines de la Escuela de Bellas Artes. Con los años, hasta las planicies del Sinú se volvieron una tufarada de desencanto. Pero, contrario a lo que podría esperarse, no guardo resentimiento. Si alguien tocara a mi puerta, le recibiría con sincera hospitalidad, le preguntaría su nombre, le miraría los ojos, le firmaría los libros que me atribuye —inclusive las ediciones piratas, que serían las más— y hasta fingiría no percibir el asco con que sus sentidos escudriñarían mi camastro percudido y el zigzagueo de los moscardones en mi espléndido muladar de ángeles clandestinos.

Casi no recuerdo el impacto del bus. Debí estar demasiado absorto liando mi primer cigarrillo de la mañana que no vi venir esa chatarra de Zaragocilla. No sé adónde fue a parar mi bola de yerbasanta; con lo difícil que fue levantar el dinero en los bares de la Media Luna. Lo único rescatable es que ya no tendré que padecer las alucinaciones del bardo que me dicta cada noche; ni tendré que rogarle a ningún pendejo que le pase a limpio su poesía; ni tendré que vilipendiar a la «burrocracia» para que por fin me paguen una beca. Nadie podrá de nuevo acuchillarme una nalga por  no pedir permiso para usar un teléfono.

Siento nostalgia por la vida, yo, Raúl del Cristo Redentor, que recorrí a pie descalzo el bajo mundo, que abrevé en cada fuente que encontré en el camino, que sufrí y cometí atropellos y vejámenes, que llevé El esplendor de la mariposa en mis axilas nauseabundas, que vendí en hojas sueltas los poemas que otro me susurraba al oído, que tuve la fortuna contradictoria de llorar el amor de un estudiante de teatro y llevar bien amarrados mis pantalones de índigo, que consumí con euforia la yerba creativa, el dulce Piel Roja y los antidepresivos. Utilizo el eufemismo nostalgia porque soy incapaz de reconocer que siento pánico. Que me habría quedado enroscado en el piso, como todos los días, si hubiera alcanzado a vislumbrar esta humillación. Me espanta la sola posibilidad de aparecer en los diarios como un perro atropellado. Estoy seguro de que me harán un funeral de héroe. No escatimarán una sola noche de velorio. Estaré con la cabeza hinchada y el ojo amoratado, pero el hedor habrá cedido para siempre. Me afeitarán con espuma mentolada y colocarán bajo mi cabeza el almohadón de plumas que nunca tuve cuando dormía en el piso. Perfumarán con agua florida mis cabellos y anudarán a mi cuello un corbatín de cretino. Me calzarán zapatos de capricho y expulsarán de la cámara ardiente a mi legión de arcángeles andrajosos de la Media Luna, para así mitigar la conciencia de quienes más repudiaron mi esquizofrenia callejera. 

En fin…«sigo tirándole piedrecillas al cielo, buscando un lugar donde posar sin mucha fatiga el pie»… 

orlandoaraujof@hotmail.com

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