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El rifle de Hemingway

El tiempo se abre con minuciosa precisión: el 2 de julio de 1995, 34 años después del suicidio en Ketchum del abuelo Hemingway, la nieta evoca la imagen del escritor desde una cama de hotel en Madrid y procura desentrañar las razones que lo impulsaron a dispararse en la boca un poderoso rifle para matar tigres.

Quiero recordar hoy a Alberto Duque López, escritor que nació en Barranquilla en 1943, mientras, al otro lado del océano, Europa crepitaba en la hoguera indecible de la Segunda Guerra Mundial. Estudió derecho en la Universidad del Atlántico, pero, como muchos escritores, fue de todo, menos abogado. Ensayista, novelista, cuentista, crítico de cine, catedrático, periodista y director de cortometrajes, Duque López recibió en 1968, con apenas veinticinco años, el Premio Esso de Novela gracias a un experimento escrito al amparo del cronopio argentino Julio Cortázar que, con los años, ha venido a convertirse en su obra más famosa: Mateo el Flautista, o si se prefiere, Nueva historia de Mateo el Flautista: según la versión de su hermano Juan Sebastián y las memorias de Ana Magdalena. Algunos críticos como Raymond L. Williams lo consideraron uno de los predecesores de las tendencias postmodernistas en Colombia.

Vendrían después, sin contar con las incursiones en otros géneros como el ensayo y la crónica periodística, las novelas Mi revólver es más largo que el tuyo (1977), El pez en el espejo (1984), Alejandra (1988) y Muriel, mi amor (1995), obras en las que son recurrentes el cosmopolitismo, el campo cinematográfico, las tramas policiales, el cuidado del lenguaje y, como se ha señalado, las estrategias estilísticas de la postmodernidad narrativa.

No pretendo detenerme ni en su obra de iniciación ni en sus probadas inclinaciones postmodernas. Quiero simplemente recordar una breve curiosidad estética de su madurez narrativa en donde es posible apreciar casi todas las obsesiones y los fantasmas que lo acompañaron en su largo trasegar por la escritura.   Me refiero a Retrato de una señora rubia durante el sitio de Toledo, que obtuvo en 1995 el segundo premio del 6º Concurso de cuento Carlos Castro Saavedra. Ramón Illán Bacca incluyó este excelente relato en la antología Veinticinco cuentos barranquilleros, al lado de escritores como Álvaro Cepeda Samudio, Márvel Moreno y Guillermo Tedio, entre otros.

El cuento es narrado, manipulado, que es lo mismo, por una de las nietas del escritor norteamericano Ernest Hemingway, quien afirma: “No estoy segura si de tanto hablar del abuelo, he acabado por confundir los sueños, los recuerdos, la imaginación, los deseos y la realidad”. En una suerte de monólogo, a partir del cual la nieta favorita intenta transgredir la ausencia del abuelo con continuos interrogantes que, desde luego, nunca obtienen respuesta, va tejiendo con el ovillo de sus recuerdos una trama de fascinante nostalgia. El tiempo se abre con minuciosa precisión: el 2 de julio de 1995, 34 años después del suicidio en Ketchum del abuelo Hemingway, la nieta evoca la imagen del escritor desde una cama de hotel en Madrid y procura desentrañar las razones que lo impulsaron a dispararse en la boca un poderoso rifle para matar tigres.

Pero, más allá de estas consideraciones, lo que resulta realmente gratificante desde el punto de vista literario es que Retrato de una señora rubia es simplemente una historia bien contada, un cuento bien logrado, con todo lo que ello implica en cuanto al manejo de la técnica narrativa y los procedimientos de composición. Alberto Duque López ofrece al lector atento un breve y significativo recorte de la realidad que, al mismo tiempo, permite ingresar a un universo infinitamente más amplio de la condición humana…           

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