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Opinión

Dante, a siete siglos

A lo largo de los siglos, se han sugerido múltiples lecturas, que recorren lo literal, lo moral, lo alegórico.

Dentro de los aniversarios literarios que nos depara este presunto año nuevo, hay uno que tiene para mí un especial significado: los setecientos años de la muerte del poeta florentino Dante Alighieri, que legó al mundo la Comedia, el más espléndido poema de la historia del cristianismo. No comparto la teología ni el orden medieval que contienen sus tercetos, desde luego, pero si de lo que estamos hablando es de «control social a través del miedo», debo decir que la ingeniosa mitología que inventó Saulo de Tarso ha resultado de una eficacia incomparable.

Leí la Comedia hace muchos años y he vuelto a sus páginas muchas veces, por puro placer, como vuelve uno a los labios o a las sencillas historias que le gustan: con emoción y devoción. No por lo que dicen esas historias, o esos labios, sino por la forma en que lo dicen. La única fe que me interesa es la fe poética y en eso Dante era un auténtico profeta. Imposible olvidar, por ejemplo, la vívida intensidad de aquella primera incursión a través de los círculos del Infierno, mi parte favorita de la obra. Descender con Dante y con Virgilio por aquellos círculos ardientes, espeluznantes, repletos de reconocidos pecadores que han abandonado toda esperanza, que toman candela eterna, es algo que no se ve todos los días, lo reconozco. Ver gente poderosa pagar por sus pecados es casi inconcebible en el imaginario de la nación católica colombiana. Si Dante no hubiera nacido en la Florencia toscana, sino en la nuestra, a orillas del río Caquetá, habría tenido que inventar para su Infierno un conveniente sistema de «Casa por círculo».

A lo largo de los siglos, se han sugerido múltiples lecturas, que recorren lo literal, lo moral, lo alegórico. Pero, en definitiva, como suele suceder con las grandes expresiones de la historia intelectual, cada lector, cada época, encuentra en la obra inagotable de Dante lo que quiere, o lo que puede, que en ocasiones es lo mismo. Hoy, mientras hago una pausa para merendar pan de banano recién horneado por mi hija Carolina y ver sin un atisbo de sorpresa cómo Trump manda al infierno de Dante los despojos de la democracia estadounidense, he decidido revisitar la Comedia como un drama romántico, uno que se ha contado desde siempre y se seguirá contando, una simple historia de amor contrariado, de esas que huelen a almendras amargas y en las que el adjetivo «simple» significa exactamente lo contrario. El relato épico de una búsqueda, motivada por el dolor de la ausencia, que lleva al héroe a cruzar el Infierno, el Purgatorio, el Paraíso, tan solo para tener el privilegio indecible de contemplar la última sonrisa de su amada. 

Ciertos «eruditos» se han trenzado en el debate de si creía realmente Dante en el riguroso orden divino que ayudó a enaltecer con su talento. Tengo para mí que sería como preguntarle a Homero si creía realmente en las Musas que invocaba en sus poemas. En cambio, me parece oportuno preguntar:

¿A quién celebrará el mundo en este año dantesco? ¿Al creador que murió exiliado en Ravena hace siete siglos o al personaje de ficción que ha terminado por ser más real que su propio autor? ¿Cómo, sin la ternura del maestro italiano, habría escrito uno de sus discípulos latinoamericanos su más desesperada frase de amor en el corazón mismo de su cuento más famoso?

—«Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges».

orlandoaraujof@hotmail.com

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