El Heraldo
Opinión

Cuarentena en Milán

Entonces comprendo: la ardua labor operativa de pedir a los colombianos toda suerte de requisitos la realizan en gran medida los mismos colombianos. Entretanto, nuestro flamante gobierno no se atreve a imponer ninguna medida a los extranjeros. Ni siquiera una prueba negativa, nada, basta una mochila y rellenar un formulario de mentiras que ningún burócrata leerá…

Escribo estas líneas en una terraza de Florencia, a pocas cuadras de la deslumbrante cúpula que Filippo Brunelleschi construyó para la Catedral de Santa María del Fiore. Llegué a esta ciudad hace tres días, luego de hacer una cuarentena de diez días en Milán. Italia ha decidido tomar medidas severas en su lucha contra la pandemia. Los viajes por turismo están prohibidos y los requisitos para ingresar y movilizarse son tan numerosos que agotarían el espacio de esta columna. Para los viajeros de países como Colombia, que siempre encabezamos ciertas listas deshonrosas, la situación se torna todavía más dramática. 

En el Ernesto Cortissoz, chambonamente remodelado, un empleado de aerolínea, que antes hacía un par de preguntas de rutina mientras recibía el equipaje, ahora se ha convertido en un laborioso sabueso que puede tardar fácilmente media hora olfateando papeles, documentos, seguros médicos, certificados de vacunación y pruebas por biología molecular PCR. En El Dorado, luego de pasar migración, no sin antes mostrar todo un copioso acervo probatorio, mi pasabordo fue rechazado por un lector en la misma puerta del avión. Y de nuevo a dar explicaciones a una auxiliar envalentonada, de nuevo a mostrar hasta la partida de bautismo.

Casi no pude disfrutar el servicio a bordo. En mis vuelos anteriores, previos a la pandemia, veía películas, escuchaba música. Ahora solo atiné a aceptar un par de vinos, preocupado por la inmigración en Ámsterdam. Como si fuera poco, cruzar el océano con tapabocas es una proeza que habría podido disuadir a Magallanes. Al llegar, sin embargo, al oficial de inmigración solo le llamó la atención el escaso equipaje con que viajaba. «Viajo ligero», le dije en un inglés somnoliento. Lo vi sellar mi pasaporte y salí en busca de la conexión para Milán, donde me esperaban los temibles controles de Lombardía. 
Dicho y hecho: al desembarcar en el Aeropuerto Internacional Enrico Forlanini, conocido simplemente como Linate, nos espera literalmente la policía. Cansado como estoy, comienzo a buscar mi cartapacio de documentos mil veces presentados y vueltos a presentar. Cuando llegó mi turno, inició una nerviosa retahíla de explicaciones en varios idiomas, largamente meditada en las muchas horas de vuelo. 
—Passaporto, me interrumpe abruptamente el oficial.

Extiendo mi pasaporte, el agente le toma una fotografía con su celular, y eso es todo. Recojo el equipaje, incrédulo, esperando que salten los agentes de la autoridad sanitaria a ponerme un brazalete localizador, a escoltarme a mi sitio de cuarentena. Pero no. Salgo a la calle de Milán, donde a esa hora me espera una llovizna y los últimos colores del otoño, el taxi que me lleva al hotel, la brisa helada que confunde a las aves migratorias, un restaurante peruano en cuya terraza no exigen el Green Pass —documento que aún no poseo, pese a múltiples gestiones—, un decreto del ministerio de salud italiano que tendré que cargar para sustentar que mi certificado de vacunación colombiano es equivalente al inefable Green Pass. 

Entonces comprendo: la ardua labor operativa de pedir a los colombianos toda suerte de requisitos la realizan en gran medida los mismos colombianos. Entretanto, nuestro flamante gobierno no se atreve a imponer ninguna medida a los extranjeros. Ni siquiera una prueba negativa, nada, basta una mochila y rellenar un formulario de mentiras que ningún burócrata leerá…

Facebook
Twitter
Messenger
Whatsapp

Más Columnas de Opinión

El Heraldo
Marcela Garcia Caballero

La justicia desleal

Creo que pocos casos han despertado tantos sentimientos en los colombianos como el del doble asesinato del reconocido estilista Mauricio Leal y su madre. Y es que la verdad, parece una historia de esas que se ven en las telenovelas. De esas que un

Leer
El Heraldo
Enrique Dávila

Medio pelo, perlas, guagua, sarda

¿Por qué de algo corroncho se dice que es de medio pelo? Luis Páez, B/quilla Por su denso y sólido entrelazado, su suavidad y su flexibilidad, el pelo de castor es el mejor para la elaboración de sombreros masculinos. Hace algo más de cien

Leer
El Heraldo
Juan Miguel Villa

La cruda realidad

La Misión de Empleo entregó un diagnóstico desafiante sobre el funcionamiento del mercado laboral colombiano: las altas tasas de informalidad laboral son una trampa sin salida que conduce a la mayoría de los trabajadores a un retiro

Leer
Ver más Columnas de Opinión
DETECTAMOS QUE TIENES UN BLOQUEADOR DE ANUNCIOS ACTIVADO
La publicidad nos ayuda a generar un contenido de alta calidad
No quiero apoyar el contenido de calidad
X
COMO REPORTAR A WASAPEA
1. Agrega a tu celular el número de Wasapea a EL HERALDO: +57 310 438 3838
2. Envía tus reportes, denuncias y opiniones a través de textos, fotografías y videos. Recuerda grabar y fotografiar los hechos horizontalmente.
3. EL HERALDO se encargará de hacer seguimiento a la información para luego publicarla en nuestros sitio web.
4. Recuerda que puedes enviarnos un video selfie relatándonos la situación.